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Ciudades del Futuro
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Vivienda

El centro histórico, una fachada engañosa

  • 18 de julio de 2026
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Camina por el centro histórico de una gran ciudad y todo parece perfecto. Fachadas restauradas, calles limpias, terrazas llenas. Pero mira con atención. Muchas de esas casas no tienen vecinos. Tienen huéspedes que cambian cada tres noches. La panadería de siempre es ahora una tienda de imanes. La plaza donde jugaban los niños es un punto de fotos. El barrio sigue en pie, pero ya casi nadie vive en él. El verano pasado, en algunas ciudades, los vecinos salieron a la calle con pistolas de agua. Mojaban a los turistas y les gritaban que se fueran a casa. La pregunta que sostiene este vídeo es incómoda. ¿Cuándo deja una ciudad de ser un lugar de vida y se convierte en un decorado? Para entenderlo hay que mirar el mecanismo, no solo la molestia. Una vivienda alquilada a residentes da una renta estable y modesta. La misma vivienda alquilada por noches a turistas puede rendir mucho más. Esa diferencia lo cambia todo. El propietario deja de buscar un vecino y busca un visitante. Piso a piso, el barrio se vacía de vida y se llena de maletas. El comercio sigue el mismo camino. La ferretería y la mercería no pagan lo que paga una tienda de recuerdos. Así desaparece el comercio de proximidad. La ciudad no se destruye. Se transforma en un producto. Y un producto no necesita vecinos, necesita clientes de paso. El ejemplo más citado es Barcelona. En un solo año, la ciudad recibió alrededor de veintitrés millones de visitantes que pernoctaron. Su población apenas supera el millón y medio de habitantes. Es decir, muchos más turistas que residentes. Ese turismo aporta una parte considerable de los ingresos de la ciudad. Pero también tensa el mercado de la vivienda hasta romperlo. Muchos vecinos ya no pueden pagar el alquiler en su propio barrio. Por eso las protestas se han vuelto constantes. Manifestaciones bajo el lema de que la ciudad no se vende. E incluso amenazas de huelga de alquileres si los precios no bajan. El malestar ya no es anecdótico. Es estructural. Y no es un caso aislado. La misma tensión recorre el sur de Europa. Existe una red vecinal que agrupa protestas en varias ciudades a la vez. Palma, San Sebastián, Lisboa, Venecia y otras se han sumado al mismo grito. En las islas Canarias, decenas de miles de personas marcharon contra el modelo turístico. La consigna se repite en todas partes. Menos turismo y más vida. Los gobiernos empiezan a reaccionar. Alguna ciudad ha anunciado que prohibirá miles de pisos turísticos en los próximos años. Pero la maquinaria lleva mucha ventaja. Detrás de cada piso turístico hay un propietario que gana, y ahí está la raíz del conflicto. Aquí conviene nombrar las cosas con rigor. El geógrafo David Harvey habla de acumulación por desposesión. Es la idea de que el capital crece quitando a unos lo que da a otros. La turistificación encaja en ese molde. Se extrae valor de un barrio hasta agotarlo, como si fuera una mina. Por eso muchos lo llaman extractivismo urbano. El filósofo Henri Lefebvre defendió lo que llamó el derecho a la ciudad. El derecho de quien la habita a decidir sobre ella. Frente al desplazamiento silencioso, los vecinos reclaman algo más básico todavía. Lo podríamos llamar el derecho a quedarse. No a llegar, no a invertir. Simplemente, el derecho a permanecer donde uno ha hecho su vida. Conviene detenerse en el argumento contrario y presentarlo con lealtad. El turismo no es un mal en sí mismo. Da trabajo a miles de familias. Sostiene bares, hoteles, taxis y pequeños negocios. Financia la restauración de un patrimonio que, sin visitantes, quizá se caería. Muchas ciudades serían más pobres sin él. Y prohibir sin más también tiene un coste social alto. Quien vive del turismo también es vecino. El problema, dicen los expertos, no es que venga gente a conocer la ciudad. El problema es un modelo sin límites, que convierte la visita en despojo. La diferencia entre visitar y vaciar es política. Depende de las reglas que cada ciudad decida ponerse. Y aquí aparece la idea de fondo. El conflicto no es entre vecinos y turistas. Es entre dos formas de entender la propiedad. Para una, la vivienda es un lugar donde vivir. Para otra, es un activo del que extraer la máxima renta. Cuando gana la segunda, la ciudad se convierte en escenario. Cabe sostener que el turista es la cara visible de un proceso que decide otro. El propietario que retira una casa del mercado de vecinos. El fondo que compra un edificio entero para alquilarlo por noches. Los datos muestran expulsión. El relato oficial habla de riqueza y de marca ciudad. Y entre esas dos versiones se juega el futuro del centro histórico. Volvamos a la pregunta inicial. ¿Cuándo deja una ciudad de ser vida y se vuelve decorado? Ocurre cuando la renta pesa más que el arraigo. Cuando importa más la noche que se paga que el vecino que se queda. No hace falta renunciar al turismo para evitarlo. Basta con decidir que una ciudad es, antes que nada, de quien la habita. Un centro histórico puede recibir visitas sin vaciarse por dentro. Per

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