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Ciudades del Futuro
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Tecnología y poder

¿Inteligente para quién? La ciudad y sus rankings engañosos

  • 13 de julio de 2026
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Hay una promesa que se repite en cada congreso, en cada folleto municipal, en cada nota de prensa: esta ciudad es inteligente, y aquí está el número que lo demuestra. Puesto catorce. Puesto siete. Tercera del mundo. Y la pregunta que casi nadie hace en voz alta es la más elemental de todas: inteligente, ¿para quién? Los grandes rankings de ciudades inteligentes se presentan como termómetros neutrales de una realidad medible. No lo son. Son dispositivos de gobierno disfrazados de estadística. Basta con abrir el capó de la metodología para ver la maquinaria ideológica funcionando a plena marcha. Empecemos por lo más incómodo: los indicadores no describen la ciudad, la definen. Cuando un ranking decide que la inteligencia urbana se mide por densidad de sensores, por ancho de banda, por trámites digitalizados o por plazas de aparcamiento conectadas, está decretando que eso es lo que una ciudad debe perseguir. Y todo lo que queda fuera de la planilla, sencillamente, deja de existir para la política pública. No se mide la informalidad. No se mide el trabajo de cuidados que sostiene el metabolismo cotidiano de cualquier metrópoli. No se mide el desplazamiento silencioso de los vecinos que ya no pueden pagar el barrio que ellos mismos hicieron habitable. No se mide el poder. Rob Kitchin lo advirtió con una claridad que todavía no hemos digerido: los datos urbanos nunca son crudos, siempre están cocinados, y alguien eligió la receta. El segundo problema es de manual. La mayoría de estos índices se construyen sobre la disponibilidad del dato, no sobre su relevancia. Se mide lo que existe en formato descargable, en portal abierto, en interfaz de acceso automático. El resultado es una tautología brillante: las ciudades más digitalizadas son las que mejor puntúan en digitalización, y las ciudades del sur global aparecen sistemáticamente al final del listado, no porque funcionen peor, sino porque no producen sus datos en el formato que el ranking sabe leer. Es una geografía del privilegio estadístico vestida de mérito tecnológico. El tercer problema es la ponderación. Ese momento mágico, casi siempre escondido en un anexo metodológico que nadie lee, en que alguien decide que la conectividad pesa el triple que la vivienda. Cambie usted esos pesos y el podio se reordena entero. Un ranking no es un hallazgo: es una opinión con decimales. Y cuando esa opinión se convierte en objetivo, ocurre lo que ya sabemos desde hace mucho: la medida deja de ser una buena medida. Los ayuntamientos empiezan a optimizar el indicador en lugar de la ciudad. Se instalan farolas inteligentes en la avenida principal mientras la periferia sigue sin transporte nocturno, porque la farola puntúa y el autobús no. Y llegamos al corazón del asunto. Estos índices no salen de la nada. Ola Söderström y sus colegas mostraron cómo la ciudad inteligente funciona como relato corporativo, una narrativa construida por proveedores tecnológicos que primero fabrican la métrica y después venden la solución que esa métrica exige. El ranking es el catálogo. La consultora que lo publica y la empresa que instala los sensores comparten ecosistema, patrocinio y lenguaje. Shoshana Zuboff lo llamaría por su nombre: la extracción de datos convertida en infraestructura de acumulación. Robert Hollands ya preguntaba, cuando casi nadie escuchaba, si la verdadera ciudad inteligente tendría la decencia de ponerse de pie. Y Paolo Cardullo y el propio Kitchin demostraron que, en la escalera de participación de estos modelos, el ciudadano casi nunca es ciudadano: es usuario, es consumidor, es generador de datos. Nunca es quien decide. Entonces, ¿qué habría que medir? Quizá el tiempo real que tarda una persona sin coche en llegar a un hospital público. Quizá cuántos hogares fueron desalojados el último año. Quizá qué parte del presupuesto tecnológico municipal quedó atrapada en licencias privativas que el ayuntamiento no puede auditar ni abandonar. Quizá quién es dueño de los datos que la ciudad produce a cada segundo. Ninguna de estas preguntas cabe en un podio. Y por eso no están. Así que la próxima vez que su alcalde celebre haber subido cuatro puestos en un ranking global de ciudades inteligentes, no aplauda todavía. Pregunte quién construyó la regla, quién la vende y quién queda fuera del cuadro. Porque la ciudad que no se mide no desaparece: simplemente deja de contar. Y esa, y no otra, es la decisión política más importante que se toma en una hoja de cálculo.

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