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Future of City
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Technology & power

Who controls the city when software is privately owned?

  • 24 July 2026
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Hace unos años, el primer ministro de Canadá bajó al puerto de Toronto para anunciar un experimento sin precedentes. Una filial urbana de Google iba a diseñar un barrio entero, construido, según sus propias palabras, desde internet hacia arriba. Prometía aceras calefactadas, taxis sin conductor y semáforos que aprenden del tráfico. Y debajo de todo eso, sensores. Miles de sensores registrando datos de cada persona que cruzara la calle. Ese barrio nunca llegó a construirse, y su fracaso importa más que muchos éxitos. Porque deja al descubierto la pregunta que este vídeo quiere sostener hasta el final. Cuando los programas que gestionan una ciudad son propiedad de una empresa privada, ¿quién gobierna realmente esa ciudad? ¿El ayuntamiento que firma el contrato o el proveedor que escribe el código?Para responder conviene entender primero el mecanismo, porque el modelo de ciudad inteligente funciona casi siempre igual. Un ayuntamiento compra a un proveedor tecnológico una plataforma que promete eficiencia: gestión del tráfico, del riego, del alumbrado, de la seguridad. La empresa instala los sensores, opera los servidores y diseña los algoritmos que convierten datos en decisiones. Sobre el papel es una compra de servicios. En la práctica encierra una transferencia de poder. Los datos urbanos pasan a circular por infraestructura privada. Los criterios que priorizan una avenida o un barrio quedan protegidos como secreto industrial. Y cambiar de proveedor resulta tan caro y tan complejo que la ciudad queda atrapada dentro del sistema. Los especialistas llaman a esto dependencia tecnológica: el cliente público ya no puede marcharse.Los efectos aparecen después, cuando ya no hay marcha atrás. Decisiones que antes se discutían en un pleno municipal ahora se ejecutan dentro de una caja negra. Qué calle se patrulla más, qué semáforo se abre antes, qué barrio recibe mantenimiento prioritario. Nadie vota esos criterios; alguien los programa en una oficina lejana. Y cuando una concejala pide auditar el sistema, la respuesta habitual es que el código está protegido por propiedad intelectual. Esto se llama opacidad algorítmica, y convierte la política urbana en un servicio técnico externalizado. Los datos muestran, además, que estos grandes contratos concentran el mercado en un puñado de corporaciones globales. La ciudad, que en teoría es de todos, empieza a funcionar con reglas que casi nadie puede leer.Volvamos a Toronto, porque es el caso más revelador. La filial urbana de Google no se conformaba con instalar tecnología. En sus documentos fundacionales llegó a plantear cobrar tasas, gestionar el transporte público y ensayar formas propias de policía y de justicia local. El empresario tecnológico canadiense Jim Balsillie definió el proyecto como un experimento de colonización del capitalismo de vigilancia. La ciudadanía organizada respondió con audiencias, protestas y peticiones formales. Preguntaban algo muy simple: quién sería el dueño de los datos y ante quién respondería el sistema. La empresa nunca ofreció una respuesta convincente y acabó abandonando el proyecto sin colocar un solo ladrillo. Toronto demostró dos cosas a la vez: que el modelo puede frenarse, y lo agotador que resulta frenarlo.El segundo caso está en Corea del Sur. Songdo se levantó desde cero como la ciudad inteligente perfecta: cableada, sensorizada, exhibida en ferias internacionales como el futuro urbano definitivo. Hoy muchos investigadores la describen como una ciudad de catálogo: técnicamente impecable y socialmente tibia, con bastante menos vida urbana de la prometida. Songdo funciona sobre todo como escaparate comercial de sus propios proveedores. Y aquí conecta con algo que ya vimos en este canal: los índices que clasifican ciudades inteligentes. Esos listados no solo miden; también venden. Premian a las ciudades que compran más tecnología y presionan a las demás para imitarlas. El índice hace de catálogo, el proveedor pone el producto, y la ciudad subcontratada es el resultado final.Hasta aquí los hechos. Ahora, la interpretación. Como sostiene la investigación de Shoshana Zuboff, este modelo traslada a la calle la lógica del capitalismo de vigilancia: extraer comportamiento humano y convertirlo en negocio. La crítica de Evgeny Morozov añade otra capa, el solucionismo: la creencia de que todo problema urbano se arregla comprando tecnología. Esto puede leerse como una mutación del urbanismo neoliberal. Antes se privatizaban empresas de agua o de autobuses; ahora se externaliza algo más profundo, la capacidad misma de decidir. Quien controla la plataforma controla la información, y quien controla la información condiciona la política. El proveedor no necesita ganar elecciones para gobernar una ciudad. Le basta con firmar el contrato adecuado y esperar a que nadie lo relea.Conviene escuchar el contraargumento, porque tiene peso real. Ningún ayuntamiento puede

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