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Calle y movilidad

La seguridad en muros: ¿protección o segregación?

  • 1 de agosto de 2026
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La calle termina en un muro. No hay puerta, no hay acera que continúe, no hay nada que mirar. Para llegar al colegio que está justo al otro lado, una niña debe bordear el perímetro durante casi un kilómetro, por un camino sin sombra y sin comercios. Dentro del muro hay césped, piscina y una cámara que la observa mientras pasa. Fuera hay una vía rápida y ninguna razón para detenerse. Ambos espacios se construyeron a la vez y por el mismo promotor. La pregunta que sostiene este vídeo no es si alguien tiene derecho a proteger su casa. Es otra. ¿De quién es la calle cuando cada conjunto se protege por su cuenta? Empecemos por el mecanismo, porque el muro hace mucho más que separar. Un conjunto cerrado privatiza funciones que antes eran urbanas: la vigilancia, el parque, el juego infantil, a veces hasta la basura y el asfalto. Al hacerlo, retira esas actividades del espacio compartido. La antropóloga Jacobs describió hace décadas que la seguridad real de una calle depende de los ojos que la miran desde ventanas y comercios. Un perímetro ciego elimina exactamente eso. La consecuencia es paradójica y perfectamente previsible: cuanto mejor protegido está el interior, más desierto y menos vigilado queda el exterior. El muro no elimina el riesgo, lo empuja unos metros más allá y lo deja en el lado de quien no puede pagarlo. Ese desplazamiento crea un ciclo que se alimenta solo. La calle vacía se percibe como peligrosa, y esa percepción justifica el siguiente muro. La socióloga Caldeira estudió el fenómeno en una gran metrópoli brasileña y lo llamó enclaves fortificados. Su descripción es precisa: espacios privatizados, cerrados y monitoreados, destinados a residencia, consumo y trabajo, que dan la espalda a la calle y usan la seguridad como criterio de estatus. El miedo deja de ser una reacción y se convierte en mercancía. Se vende junto al piso, con la piscina y el gimnasio. Y una vez comprado, hay que seguir justificándolo, porque nadie quiere creer que pagó de más por un temor exagerado. La forma urbana resultante es medible. Las manzanas se agrandan hasta perder toda escala peatonal. Los recorridos cotidianos se alargan y obligan al coche, incluso para trayectos cortos. Las revisiones de la literatura sobre conjuntos cerrados señalan de forma consistente mayor dependencia del automóvil y menor caminabilidad. Además, la mezcla desaparece: el comercio de barrio no encuentra clientes en una acera sin gente, y sin comercio la acera queda todavía más sola. Lo que se pierde no es únicamente belleza urbana. Se pierde el lugar donde personas distintas coinciden sin haberlo planeado, que es la definición más simple y más útil de espacio público. Ahora los datos, que son menos rotundos de lo que ambos bandos suelen decir. Un estudio comparativo entre conjuntos cerrados y abiertos de renta alta encontró que los residentes amurallados se sentían claramente más seguros, pero que no había diferencia significativa en la tasa real de delito. El mismo estudio detectó algo más incómodo: en esos conjuntos el sentido de comunidad era menor que en los barrios abiertos equivalentes. Otras investigaciones sí hallan menos robos en vivienda dentro de los recintos, y una investigación sudafricana encontró incluso más robos en los enclaves y su entorno inmediato. Las revisiones recientes concluyen que la evidencia sobre reducción del delito es mixta, y advierten de una falsa sensación de seguridad. Los casos latinoamericanos muestran hasta dónde llega el modelo. En Santiago de Chile, los condominios cerrados se convirtieron en la principal forma de producción residencial para clases medias y altas, primero en el oriente acomodado y luego en municipios periféricos de origen popular. En São Paulo y en Buenos Aires el mismo formato se combinó con autopistas y centros comerciales cerrados hasta permitir una vida entera sin pisar una calle abierta. La antropóloga Low, estudiando casos norteamericanos, describió algo revelador en las entrevistas: dentro de los muros la gente relataba inseguridad, ansiedad de estatus y preocupación constante. El encierro no calmaba el miedo, lo mantenía activo. Ahora el contraargumento, y es más fuerte de lo que parece. Los investigadores Sabatini y Brain sostienen que en América Latina los muros hicieron algo inesperado: permitieron que familias de renta alta se instalaran junto a barrios populares en lugar de concentrarse todas en un único sector rico. A escala metropolitana, eso redujo la distancia física entre clases, aunque a escala de calle levantara una barrera. Hay que añadir que en contextos con violencia realmente alta, cerrar un conjunto no es un capricho sino una respuesta razonable de familias que no reciben protección pública suficiente. Culpar a los residentes es cómodo y poco justo. Ellos responden a un problema que el Estado no resolvió. Cabe sostener, aun así, que esa respuesta racional produce un resultado

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