Una plaza de barrio, un sábado por la mañana. Voluntarios con rodillos pintan grandes círculos de colores en el asfalto. Colocan jardineras hechas con palés y unos bloques de hormigón que hacen de bancos. Al mediodía cortan una cinta, hay aplausos y una foto para la web municipal: espacio recuperado para la gente. Tres años después, la pintura está desconchada, las plantas secas y los bloques llenos de pintadas. Nadie volvió a tocar nada. La escena se repite en muchas ciudades, y de ahí sale la pregunta de este vídeo. Cuando una intervención se llama provisional, ¿es el primer paso de una transformación real o la última que va a ocurrir en ese lugar? Para responder hay que entender de dónde viene todo esto. El urbanismo táctico nació como una idea potente y honesta. Ante una burocracia lenta, unos vecinos decidían actuar: recuperar una plaza de aparcamiento para las personas, probar un carril bici con pintura, ensayar antes de construir. Los urbanistas Mike Lydon y Anthony Garcia lo resumieron en una fórmula memorable: acciones a corto plazo para un cambio a largo plazo. La clave está en la segunda mitad de la frase. Lo provisional tenía sentido como prueba de algo que luego se consolidaba. El problema aparece cuando se conserva la primera mitad y se olvida la segunda. Queda la acción barata y desaparece el cambio duradero. Aquí está el mecanismo que este vídeo quiere iluminar. Una administración con poco presupuesto descubre que la pintura es barata y la obra es cara. Descubre, además, que lo provisional se comunica muy bien: genera fotos vistosas, suena innovador y participativo, y no obliga a comprometer una gran partida. El resultado es una tentación difícil de resistir. Lo táctico deja de ser un ensayo hacia lo permanente y se convierte en el destino final. Se inaugura, se fotografía y se abandona. El geógrafo Neil Brenner planteó la pregunta incómoda: ¿es el urbanismo táctico una alternativa al urbanismo neoliberal, o su cómplice? Su respuesta es inquietante. Al asumir un papel debilitado de lo público, puede acabar reforzando justo aquello que decía combatir. Primer caso, el más común. Una ciudad con calles peligrosas anuncia un plan de plazas tácticas. Pinta cruces, coloca bolardos, instala mobiliario ligero. Sobre el papel, decenas de espacios recuperados. Sobre el terreno, los datos muestran otra cosa: mantenimiento nulo, materiales degradados en pocos años y ninguna consolidación posterior. Esto puede leerse como falta de recursos, y muchas veces lo es. Pero también puede leerse como una operación de imagen. La ciudad exhibe una cifra de intervenciones sin asumir el coste de urbanizar de verdad. La precariedad se presenta como método, cuando en realidad es presupuesto. Segundo caso, más sofisticado. Aquí lo táctico no ahorra dinero público: prepara dinero privado. El investigador Oli Mould ha mostrado cómo estas intervenciones ligeras se usan para activar un solar vacío, llenarlo de vida temporal y hacerlo atractivo antes de una operación inmobiliaria. Un mercadillo, unos food trucks, un mural. La gente joven llega, el barrio se pone de moda, los precios suben. Cuando el suelo alcanza su valor, lo provisional desaparece y llega la torre. Cabe sostener que en este caso lo táctico no es lo contrario de la especulación, sino su avanzadilla. La creatividad vecinal se convierte, sin quererlo, en trabajo gratis para revalorizar el suelo de otro. Tercer caso, para no ser injustos, muestra lo que sí funciona. Algunas ciudades usaron intervenciones rápidas durante la pandemia para ampliar aceras y crear carriles bici de emergencia. Muchos eran pintura y bloques. La diferencia es que varios se consolidaron después en obra estable, con presupuesto y proyecto. Ahí lo táctico cumplió su promesa original: fue prueba, no coartada. La distinción es nítida. No se mide por los materiales ni por el coste. Se mide por lo que ocurre después. Un urbanismo táctico honesto lleva incorporada, desde el principio, la pregunta de qué pasa cuando la pintura se borre. Seamos leales con el contraargumento, porque es sólido. Lo provisional tiene virtudes reales. Permite probar sin arriesgar una fortuna, corregir errores antes de fijarlos en hormigón, e implicar a los vecinos en el diseño de su calle. En contextos de escasez, una plaza pintada es mejor que un aparcamiento, aunque sea imperfecta. Y hay un argumento de justicia: los barrios pobres llevan décadas esperando obras que nunca llegan, y lo táctico al menos ofrece algo ahora. Todo esto es cierto. Pero ninguna de estas virtudes exige que la intervención se quede a medias para siempre. Probar es valioso. Probar y no consolidar nunca es otra cosa. Y aquí aparece un riesgo que rara vez se nombra.
¿Innovación o austeridad disfrazada en el urbanismo táctico?
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