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Ciudades del Futuro
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Calle y movilidad

¿Quién controla el espacio público de tu ciudad?

  • 25 de julio de 2026
  • 4 min de lectura
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Una plaza recién estrenada, con bancos de madera, arbolado joven y chorros de agua a ras de suelo. Alguien saca el móvil para grabar la fachada. En menos de un minuto se acerca un guardia de seguridad y le pide que deje de hacerlo. La persona protesta: está en una plaza pública. El guardia responde que no, que es propiedad privada. Ambos tienen algo de razón, y ahí empieza el problema. Esa plaza está abierta, se cruza sin pagar y parece de todos. Pero el suelo pertenece a una empresa, y las reglas también. La pregunta que sostiene este vídeo es incómoda. Cuando cruzamos lo que parece una plaza, ¿estamos habitando lo común o estamos pisando el vestíbulo de una compañía inmobiliaria? Conviene empezar por el mecanismo, porque no hay conspiración: hay una norma urbanística. Muchas ciudades permiten que un promotor construya más altura o más superficie edificable a cambio de ceder al uso público una parte del suelo. El ayuntamiento consigue plazas sin gastar dinero. El promotor consigue metros que valen mucho más que la plaza. El intercambio suena razonable y por eso se ha extendido por medio mundo. La letra pequeña está en la titularidad. El suelo sigue siendo privado; solo el uso es público. Y quien conserva la propiedad conserva también la potestad de fijar horarios, prohibir actividades, contratar vigilancia y decidir quién sobra. La ciudad gana superficie y pierde jurisdicción sobre ella. Los efectos se notan en las cosas pequeñas, que son las que definen un espacio. En estas plazas suele prohibirse dormir, aunque tumbarse un rato esté permitido. Se limita fotografiar sin autorización previa. Se desaconseja repartir panfletos, tocar música, sentarse demasiado tiempo sin consumir. Nada de esto aparece en un cartel visible. Cuando un periódico británico investigó estos espacios en la capital, los responsables de una gran operación urbana reconocieron que existía un reglamento interno para los usuarios, pero se negaron a hacerlo público. Ahí está el corazón del asunto. En la calle, las normas son conocidas y se pueden recurrir. En estos recintos, las normas son privadas, cambiantes y las aplica alguien que no responde ante un electorado. El caso más elocuente ocurrió durante las grandes protestas contra la desigualdad de hace algo más de una década. Los manifestantes quisieron acampar en la plaza situada frente a la bolsa londinense, un lugar que cualquiera habría descrito como público. Fueron expulsados en pocas horas porque el suelo pertenecía a un grupo empresarial japonés. Protestar allí no era manifestarse; era, jurídicamente, allanar una propiedad. Terminaron acampando delante de una catedral, que resultó ser un terreno más accesible que la supuesta plaza cívica. Los datos muestran que este patrón se repite en decenas de ciudades. El espacio donde tradicionalmente se ejercía el derecho de reunión se ha llenado de recintos donde ese derecho, sencillamente, no existe. El segundo caso nos lleva al otro lado del atlántico, donde este modelo nació. Un profesor de derecho urbanístico, Jerold Kayden, catalogó una por una las plazas cedidas por promotores en una gran metrópoli norteamericana. Encontró más de quinientas. Su conclusión fue doble y sigue vigente. Primero, la cantidad de espacio obtenido era impresionante. Segundo, la calidad dejaba mucho que desear, y una parte significativa de los propietarios había cerrado o privatizado ilegalmente esos espacios. Auditorías posteriores confirmaron que cerca de cuatro de cada diez no cumplían los estándares mínimos exigidos. Es decir: la ciudad regaló edificabilidad a cambio de una contraprestación que, en muchos casos, nunca llegó a prestarse del todo. Hasta aquí los hechos. La interpretación va un paso más allá. Estas plazas no están diseñadas para que la gente se quede; están diseñadas para que la gente circule hacia las tiendas y oficinas que las rodean. Son escaparate, no ágora. Por eso repiten un mismo repertorio: mobiliario incómodo para tumbarse, música ambiental, jardinería impecable, ausencia total de conflicto. Como sostiene el trabajo del sociólogo Richard Sennett, una plaza viva necesita fricción, mezcla y usos imprevistos. Aquí ocurre lo contrario: se filtra la incomodidad antes de que aparezca. Cabe sostener que el resultado es una ciudad más limpia, más ordenada y bastante menos pública, donde la sensación de libertad se ofrece como un servicio incluido en el alquiler de oficinas. El contraargumento merece atención, porque no es débil. Muchas administraciones no tienen presupuesto para abrir y mantener nuevas plazas, y estos acuerdos generan espacio abierto de calidad donde antes había un solar o un aparcamiento. Buena parte de estos lugares se usan, se disfrutan y están mejor cuidados que el equipamiento municipal cercano. Como plantea el investigador Matthew Carmona, quizá la propiedad importe menos que las reglas del juego. Su propuesta es una carta de

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