Puntos clave
- En cada salto de la palabra, el desastre se volvió hecho natural y la pregunta pasó de por qué ocurrió a cuánto aguantamos.
- Evans y Reid: el sujeto resiliente acepta el peligro permanente; la protección se vuelve deber individual mientras el sistema sigue construyendo en llanuras inundables.
- 100 Ciudades Resilientes se desmanteló en meses al perder la financiación; la resiliencia institucional no fue especialmente resiliente.
La resiliencia puede ser solo un disfraz para la resignación: una calle cubierta de barro, vecinos achicando agua con cubos y escobas desde el amanecer, una comitiva oficial que pisa con cuidado, mira a las cámaras y pronuncia la frase esperada, hay que admirar la resiliencia de esta gente, y nadie pregunta por qué el agua entró hasta los dormitorios. La escena podría ser de cualquier ciudad reciente, y plantea una pregunta que conviene sostener: cuando el poder te llama resiliente, te está elogiando o se está disculpando. Y una provocación: y si pedir ciudades resilientes es aceptar de antemano que las vamos a inundar.
La pista de la palabra: de la física y Holling a la desaparición de las causas
Hay que seguirle la pista a la palabra. Resiliencia viene de la física de materiales, la capacidad de un cuerpo de recuperar su forma tras un golpe; la ecología la adoptó con la investigación de Crawford Holling en 1973 para describir ecosistemas que absorben perturbaciones sin colapsar; de ahí saltó a la psicología y de la psicología al urbanismo y las agendas globales. En cada salto se produjo una operación semántica decisiva: el desastre pasó a ser un hecho externo, casi natural, algo que simplemente ocurre, y la pregunta cambió de por qué ha pasado esto a cuánto podemos aguantar y cuánto tardamos en recuperarnos. Las causas desaparecieron del cuadro; solo quedó la adaptación.
Evans, Reid, Neocleous y Kaika: el sujeto resiliente que no espera seguridad
Ese desplazamiento tiene consecuencias políticas. Como sostienen Brad Evans y Julian Reid en Resilient Life (2014), el sujeto resiliente es el que acepta vivir en peligro permanente y ya no espera seguridad sino que se entrena para absorber el golpe; la protección deja de ser una promesa del sistema y se convierte en un deber individual, contrata un seguro, sube los enchufes, prepara una mochila de emergencia, aprende a evacuar, mientras el sistema sigue construyendo en llanuras inundables, recortando mantenimiento y calentando la atmósfera. Mark Neocleous lo resumió en un lema, no tengas miedo, prepárate, y Maria Kaika mostró en su artículo de 2017 No me llames resiliente otra vez cómo la agenda pide a las comunidades vulnerables absorber crisis que no causaron. El lema convierte la responsabilidad en actitud.
Katrina, 100 Ciudades Resilientes y Valencia: tres casos
Los casos lo confirman. Cuando el huracán Katrina devastó Nueva Orleans en 2005, el discurso público celebró la extraordinaria resiliencia de sus comunidades mientras la reconstrucción avanzaba de forma desigual: los barrios más pobres, los más golpeados por el fallo de los diques, fueron los más lentos en volver, muchos vecinos nunca regresaron y la ciudad recuperada era más blanca y más cara que la inundada. El programa 100 Ciudades Resilientes de la Fundación Rockefeller, lanzado en 2013, financió estrategias, consultorías y un nuevo cargo municipal, el director de resiliencia, y decenas de ciudades compitieron por la etiqueta; cuando la fundación retiró el dinero en 2019, el programa se desmanteló en meses.
La resiliencia institucional resultó no ser especialmente resiliente. Y cuando la dana devastó el sur de Valencia en octubre de 2024, con más de doscientos muertos, la palabra llegó antes que buena parte de la ayuda: se elogió la resiliencia de los vecinos que se organizaban con cubos y comida caliente, con razón, y se dijo mucho menos sobre por qué miles de viviendas y polígonos estaban en zonas de riesgo conocidas o por qué fallaron las alertas.
El contraargumento, la resiliencia transformadora y la capacidad de recursos
El contraargumento es fuerte y merece lealtad. El clima ya ha cambiado, adaptarse protege vidas y renunciar a la adaptación sería irresponsable; la resiliencia ecológica es un campo científico serio, no una excusa; muchas comunidades reivindican la palabra con orgullo legítimo; y autores como Mark Pelling proponen una resiliencia transformadora que no busca volver al estado anterior sino cambiar el modelo que produjo el daño. Todo eso es cierto. La respuesta no es abandonar la adaptación sino nombrarla completa, y geógrafos críticos como Danny MacKinnon y Kate Derickson proponen otro criterio, la capacidad de recursos: importa menos si una comunidad aguanta y más si tiene los recursos, el poder y la voz para decidir cómo se la protege.
La lección es que celebrar la capacidad de aguantar es cómodo para quien produjo el riesgo. La pregunta política no es cuánto aguanta un barrio sino quién fabricó el peligro, quién paga la adaptación y quién decide qué se reconstruye y para quién. Una ciudad que llama resilientes a sus vecinos y sigue aprobando viviendas en llanuras inundables se está disculpando, no elogiando; una que nombra las causas, financia la protección donde el riesgo es mayor y da voz a los inundados en el plan está haciendo lo que la resiliencia debía significar antes de convertirse en disfraz.
Preguntas frecuentes
¿Por qué se critica la resiliencia como disfraz de la resignación?
Porque cuando el concepto viajó de la física y la ecología a las agendas urbanas, el desastre se convirtió en un hecho externo casi natural y la pregunta pasó de por qué ocurrió a cuánto tardamos en recuperarnos, de modo que celebrar la capacidad de aguantar de una comunidad permite a quien produjo el riesgo evitar hablar de causas, responsabilidad y quién paga la adaptación.
¿Criticar la resiliencia significa rechazar la adaptación?
No: adaptarse a un clima que ya ha cambiado protege vidas, la resiliencia ecológica es una ciencia seria y autores como Pelling proponen una resiliencia transformadora que cambie el modelo que produjo el daño; se trata de nombrar la adaptación completa, preguntando quién fabricó el peligro, quién paga y si los afectados tienen recursos y voz para decidir.