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Clima y naturaleza

Agua y poder: gestión hídrica urbana según Swyngedouw, Kaika y Bakker

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Puntos clave

  1. Guayaquil nunca tuvo escasez natural sino producida: los barrios ricos con red subvencionada y los pobres comprando a cisternas.
  2. Kaika: las infraestructuras hídricas ocultan la dependencia de la naturaleza hasta que una sequía la devuelve a la política.
  3. Bakker: el agua es una mercancía poco cooperativa y más de doscientas ciudades han remunicipalizado el servicio.

La gestión del agua en las ciudades es una cuestión de poder antes que de tuberías: decide quién recibe agua limpia, a qué precio, quién sufre las inundaciones y las sequías y quién gobierna un recurso del que depende toda la vida urbana. Tres investigadores de la ecología política urbana lo han demostrado con casos concretos: Erik Swyngedouw, con la historia del agua en Guayaquil; Maria Kaika, con la modernización hidráulica de Atenas y de las ciudades europeas; y Karen Bakker, con la privatización y remunicipalización del agua en todo el mundo. Sus trabajos explican por qué el agua urbana, presentada como problema técnico, es siempre una disputa política.

Erik Swyngedouw: la escasez producida de Guayaquil

Swyngedouw, en Social Power and the Urbanization of Water (2004), reconstruye un siglo de agua en Guayaquil, Ecuador, y muestra que la ciudad nunca tuvo escasez natural sino escasez producida: mientras los barrios acomodados recibían agua de la red a precio subvencionado, más de la mitad de la población de los asentamientos compraba agua a camiones cisterna a precios muchas veces superiores. Esa geografía del agua reflejaba y reproducía la del poder, y cada plan de modernización, financiado con deuda externa, reordenaba quién ganaba y quién pagaba. Su concepto de ciclo hidrosocial resume la tesis: el agua que llega al grifo es a la vez naturaleza y sociedad, y no se puede gestionar sin decidir para quién.

Maria Kaika: la ciudad de flujos y la sequía como momento político

Kaika, en City of Flows (2005), sigue el agua de Atenas desde las fuentes hasta las presas del siglo XX para mostrar cómo la modernidad construyó ciudades que ocultan su dependencia de la naturaleza. El agua entra en casa por tuberías invisibles y sale por desagües que nadie ve, y esa domesticación produce una ilusión de autonomía que se rompe en cada sequía. Kaika analiza la sequía de Atenas de 1989 a 1991 como un momento en que la naturaleza volvió a la política: racionamientos, campañas de ahorro, nuevas presas y un debate sobre quién debía sacrificarse. Su lección es que las infraestructuras hídricas son también ideologías, y que las crisis las hacen visibles.

Karen Bakker: por qué el agua es una mercancía poco cooperativa

Bakker, en Privatizing Water (2010) y en su estudio sobre Inglaterra y Gales, An Uncooperative Commodity (2003), examina la ola de privatizaciones de los años noventa impulsada por el Banco Mundial y la experiencia posterior. Su hallazgo es que el agua es una mercancía poco cooperativa: pesada, local, monopolio natural, imposible de sustituir, y por eso el mercado la gestiona mal. Las privatizaciones de Buenos Aires, Manila o Cochabamba, donde la guerra del agua de 2000 expulsó a la concesionaria, terminaron en conflictos y renegociaciones, y desde 2000 más de doscientas ciudades, París en 2010 y Berlín en 2013 entre ellas, han remunicipalizado el servicio. Bakker no idealiza lo público: exige que sea transparente, participativo y equitativo.

Cambio climático, día cero e inundaciones: repartir agua y riesgo

El cambio climático añade presión. Ciudad del Cabo estuvo en 2018 a semanas del día cero en que los grifos se cerrarían, y salió mediante racionamiento, tarifas escalonadas y campañas que redujeron el consumo a la mitad, con un debate sobre si los ricos con pozos y piscinas cargaban con la misma parte. Las inundaciones de Valencia en 2024 o de Yakarta recuerdan que el exceso de agua es tan político como su falta: quién vive en la zona inundable y quién tiene drenaje. Swyngedouw, Kaika y Bakker coinciden en que la adaptación hídrica exige repartir agua, riesgo y decisiones, y no solo construir presas o desaladoras.

La ciudad sostenible, en esta lectura, es la que gobierna el agua como bien común: con tarifas que garanticen un mínimo vital y cobren el derroche, con infraestructuras que retengan la lluvia en lugar de expulsarla, con participación de los usuarios en las decisiones y con transparencia sobre quién recibe qué. El agua y el poder van juntos, y una política del agua que no lo reconozca seguirá produciendo escasez para unos y abundancia para otros.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el ciclo hidrosocial de Swyngedouw?

Es la idea de que el agua que llega al grifo es a la vez naturaleza y sociedad, producida por lluvia, presas, tuberías, tarifas y leyes en un único proceso, de modo que gestionar el agua es siempre decidir para quién y a qué precio.

¿Por qué fracasaron las privatizaciones del agua según Karen Bakker?

Porque el agua es una mercancía poco cooperativa, pesada, local, monopolio natural e insustituible, que el mercado gestiona mal; las concesiones de Buenos Aires, Manila o Cochabamba terminaron en conflictos y desde 2000 muchas ciudades han remunicipalizado el servicio.

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