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Guía · Calle y movilidad

Urbanismo con perspectiva de género: guía completa

Cómo la ciudad trata distinto a hombres y mujeres: movilidad del cuidado, seguridad, participación real y los casos de Viena y Barcelona.

El urbanismo con perspectiva de género no consiste en hacer ciudades para mujeres. Consiste en dejar de diseñarlas para un habitante imaginario que va de casa al trabajo por la mañana y vuelve por la tarde, sin acompañar a nadie, sin cargar nada y sin miedo a ninguna hora. Ese habitante existe, pero es una minoría, y durante un siglo ha sido el único que aparecía en los planes.

Esta guía recoge lo que la investigación y la práctica de las ciudades saben sobre el asunto: cómo se mueve realmente quien cuida, por qué la seguridad no se resuelve con cámaras, qué se ha construido en Viena y en Barcelona, cómo se hace una participación que no sea un trámite y qué indicadores permiten comprobar si un plan ha cambiado algo.

El habitante que nunca existió

La planificación funcionalista del siglo XX separó la ciudad en zonas: aquí se vive, allí se trabaja, más allá se compra. Ese esquema solo es cómodo para quien hace un viaje de ida y otro de vuelta, con coche y sin obligaciones intermedias. La zonificación estricta y la periferia residencial se pensaron, sin decirlo, para un hogar con un sueldo fuera y una persona dentro que se ocupaba de todo lo demás.

Cuando esa persona también trabaja fuera, el esquema deja de funcionar y el coste lo paga ella. Dolores Hayden lo documentó en What Would a Non-Sexist City Be Like? (1980) y en The Grand Domestic Revolution (1981): el suburbio estadounidense no fue una forma neutra de construir, sino una organización espacial del trabajo doméstico no pagado.

En Europa, el colectivo vienés Frauen-Werk-Stadt y los grupos catalanes Col·lectiu Punt 6 y Equal Saree han demostrado lo mismo en ciudades densas. El problema no es la densidad sino la monofuncionalidad: un barrio donde solo se duerme obliga a desplazarse para todo, y quien más se desplaza por obligación ajena es quien cuida.

La movilidad del cuidado: viajes que no cuentan las encuestas

Las encuestas de movilidad clásicas cuentan viajes por motivo principal, y el motivo estrella es el trabajo. Así desaparecen estadísticamente los desplazamientos de cuidado: llevar al colegio, ir a la farmacia, hacer la compra, visitar a un mayor, recoger, acompañar. Inés Sánchez de Madariaga propuso nombrarlos y contarlos aparte con el concepto de movilidad del cuidado, hoy incorporado a encuestas oficiales en España y en varios países europeos.

Al contarlos aparecen cuatro rasgos. Son viajes encadenados, con varias paradas cortas seguidas, no un trayecto de ida. Son polivalentes: se va acompañando a alguien y cargando algo. Son de proximidad, dentro del barrio o entre barrios vecinos, no radiales hacia el centro. Y se hacen sobre todo a pie y en transporte público, en horarios que no son la hora punta.

La consecuencia tarifaria es concreta y casi nunca se corrige: un sistema que cobra por viaje penaliza a quien hace cinco cortos frente a quien hace uno largo, y un abono pensado para el trayecto casa-trabajo no sirve a quien se mueve a media mañana. Los transbordos gratuitos durante un tiempo amplio y los billetes por zona en lugar de por trayecto son la respuesta técnica.

Seguridad: lo que funciona y lo que solo tranquiliza

El miedo en el espacio público no se distribuye igual: limita horarios, recorridos y modos de transporte de una parte de la población, y ese es un coste real aunque las estadísticas de delito sean bajas. Lo decisivo no es solo lo que ocurre, sino lo que se evita hacer por si ocurre.

Lo que la evidencia respalda es sencillo y poco espectacular: gente en la calle, que es lo que Jane Jacobs llamó ojos en la calle; usos mezclados para que haya actividad a distintas horas; plantas bajas activas en vez de muros ciegos y garajes; visibilidad, sin recovecos ni vegetación que corte la vista a la altura de los ojos; iluminación uniforme y dirigida a la acera y a las caras, no solo a la calzada; y recorridos alternativos, porque un solo camino posible es una trampa.

Lo que funciona menos de lo que se cree son las cámaras, que desplazan el delito más que reducirlo y no mejoran la sensación de seguridad si el lugar sigue vacío. Las marchas exploratorias, en las que un grupo de vecinas recorre el barrio de noche y señala los puntos concretos que evita, siguen siendo el método más barato y más fiable para saber dónde actuar, y son el instrumento característico del Col·lectiu Punt 6.

Viena: treinta años de política sostenida

Viena es el caso más documentado porque lleva desde 1991 haciendo lo mismo sin interrupción. La ciudad creó una oficina específica y sometió sus proyectos a revisión de género, empezando por lo pequeño: análisis del uso de los parques, que reveló que a partir de los nueve años las niñas dejaban de ir, y rediseño posterior con espacios divididos, más accesos y actividades diversas en lugar de una pista central.

El proyecto insignia es Frauen-Werk-Stadt, un conjunto residencial de 1997 proyectado por arquitectas, con guardería, farmacia y consulta médica en el propio complejo, patios visibles desde las cocinas, escaleras amplias y bien iluminadas en lugar de rellanos oscuros, aparcamiento de bicicletas y carritos junto al portal y no en un sótano remoto.

La lección que Viena repite es de procedimiento, no de diseño: lo que cambió las cosas no fue un edificio ejemplar, sino obligar a que cada proyecto municipal, desde una parada de autobús hasta un plan parcial, respondiera por escrito a quién lo usará y en qué condiciones. Más de sesenta proyectos piloto después, ese trámite es rutina administrativa.

Barcelona y las supermanzanas: proximidad como política

Barcelona ha trabajado la misma idea desde otra puerta, la de la proximidad. La supermanzana agrupa varias manzanas del Eixample y saca el tráfico de paso a su perímetro, dejando el interior para estancia, juego, terrazas y desplazamiento a pie. El efecto pretendido no es solo ambiental: es que las actividades cotidianas se resuelvan a distancia caminable.

La ciudad ha añadido herramientas específicas: los caminos escolares seguros, el urbanismo de los cuidados en el plan de barrios, la revisión de la iluminación con criterios de percepción y no solo de lux, y la red de puntos de atención en fiestas y espacios de ocio nocturno. El Col·lectiu Punt 6 ha participado en buena parte de esos procesos.

También hay críticas fundadas que conviene tener presentes. La transformación de una calle aumenta su atractivo y puede encarecerla, de modo que sin política de vivienda simultánea la mejora acaba beneficiando a quien llega después. Y la supermanzana funciona bien en una trama regular como la del Eixample, pero no se traslada tal cual a tejidos irregulares o de baja densidad.

Participación: cómo no hacer un trámite

La escalera de la participación de Sherry Arnstein, publicada en 1969, sigue siendo la mejor herramienta para juzgar un proceso. Sus peldaños bajos son manipulación y terapia, que son no participación; los medios son información, consulta y apaciguamiento, donde la gente habla y otro decide; y los altos son colaboración, delegación de poder y control ciudadano. La mayoría de los procesos municipales se quedan en los peldaños medios y se presentan como si fueran altos.

La prueba práctica es sencilla: preguntar qué parte de la decisión está realmente abierta y qué pasa si el resultado no gusta al ayuntamiento. Si la respuesta es que se elige entre el color de los bancos, es información disfrazada. Si hay presupuesto asignado y compromiso de ejecutar lo decidido, es participación.

Hay además una desigualdad de partida en quién puede participar. Una asamblea a las ocho de la tarde, sin servicio de cuidado de niños, de dos horas y en un lenguaje técnico, selecciona a sus asistentes antes de empezar. Las medidas que corrigen eso son conocidas y baratas: horarios variados, cuidado infantil, sesiones cortas, lenguaje llano, ir al barrio en vez de esperar en el ayuntamiento y trabajar con las asociaciones que ya existen.

Cómo se comprueba que algo ha cambiado

Sin indicadores, la perspectiva de género se queda en declaración. Los que mejor funcionan son concretos: proporción de viajes de cuidado en la encuesta de movilidad y su reparto por sexos; tiempo de acceso a pie a escuela, centro de salud, mercado y parque desde cada portal; porcentaje de plantas bajas activas por calle; nivel y uniformidad de la iluminación en las aceras; uso de los parques por edad y sexo a distintas horas; y presencia de mujeres en el espacio público nocturno.

Muchos de esos datos ya se recogen, pero sin desagregar por sexo y edad, que es justamente lo que los vuelve útiles. La regla mínima de cualquier plan que quiera llamarse de género es que todo dato que se recoja sobre personas se desagregue, y que se publique.

Conviene por último evitar dos errores frecuentes. El primero es tratar a las mujeres como un grupo homogéneo: la ciudad no la viven igual una mujer mayor con movilidad reducida, una adolescente y una trabajadora nocturna. El segundo es reducir la perspectiva de género a la seguridad: el grueso del problema es de tiempo, de distancia y de reparto del trabajo no pagado, y se resuelve con proximidad, servicios y transporte, no solo con farolas.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el urbanismo con perspectiva de género?
Una forma de planificar que parte de que la ciudad se usa de maneras distintas según el trabajo de cuidados, la edad y la seguridad percibida, y que diseña en consecuencia. No es hacer ciudades para mujeres, sino dejar de diseñarlas solo para el trayecto casa-trabajo en coche.
¿Qué es la movilidad del cuidado?
El conjunto de desplazamientos que se hacen para atender a otras personas o sostener el hogar: llevar al colegio, comprar, acompañar, ir a la farmacia. Son viajes cortos, encadenados, de proximidad y fuera de hora punta, y las encuestas clásicas no los contaban.
¿Qué medidas mejoran de verdad la seguridad?
Gente en la calle, usos mezclados, plantas bajas activas, visibilidad sin recovecos, iluminación dirigida a la acera y varios recorridos posibles. Las cámaras ayudan poco si el lugar sigue vacío. Las marchas exploratorias vecinales señalan dónde actuar mejor que cualquier informe.
¿Qué es la escalera de Arnstein?
Una clasificación de 1969 con ocho peldaños que va de la manipulación al control ciudadano, y que sirve para juzgar si un proceso participativo reparte poder de verdad o solo informa. La prueba práctica es preguntar qué parte de la decisión está realmente abierta.
¿Qué ciudad es la referencia?
Viena, por continuidad: desde 1991 revisa sistemáticamente sus proyectos con criterios de género, desde los parques hasta el conjunto residencial Frauen-Werk-Stadt. Lo que la hace ejemplar no es un edificio, sino haber convertido esa revisión en trámite obligatorio.

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