El “cohousing” y el “coliving” son nuevas formas de habitar que han emergido en respuesta a los desafíos sociales y económicos que enfrentan las ciudades contemporáneas. Estas modalidades proponen una forma de vida en comunidad que promueve la colaboración, la sostenibilidad y la eficiencia en el uso de los recursos. A medida que el acceso a la vivienda se ha vuelto más difícil debido al encarecimiento de los inmuebles y la individualización de las formas de vida, el cohousing y el coliving ofrecen alternativas que pueden mejorar la cohesión social y hacer más accesible la vida urbana. Autores como Charles Durrett y Kathryn McCamant han sido pioneros en el estudio de estos modelos y en su implementación en diversas partes del mundo.
Charles Durrett, junto a Kathryn McCamant, popularizó el concepto de “cohousing” en los Estados Unidos en la década de 1980. El cohousing es un modelo de vivienda colaborativa en el que un grupo de personas se organiza para compartir espacios comunes mientras conservan su privacidad en unidades de vivienda individuales. Durrett argumenta que este modelo fomenta un sentido de comunidad y apoya a sus miembros en su vida diaria, ya que los residentes suelen compartir responsabilidades como el cuidado de niños, la jardinería o las comidas comunes. Además, este enfoque promueve una forma de vida más sostenible al reducir el consumo de recursos mediante la compartición de espacios e infraestructuras, como cocinas, salas de recreación o talleres.
Kathryn McCamant también resalta los beneficios sociales y emocionales que ofrece el cohousing. Según McCamant, vivir en comunidad ayuda a combatir el aislamiento, un problema creciente en las grandes ciudades, donde muchas personas viven solas y tienen menos oportunidades para crear lazos sociales. En un entorno de cohousing, los residentes interactúan con regularidad, lo que fortalece el sentido de pertenencia y apoyo mutuo. Este tipo de convivencia intergeneracional, donde personas de diferentes edades coexisten y colaboran, también ofrece beneficios como el cuidado compartido de los ancianos, lo que reduce la carga sobre las familias y fomenta la solidaridad entre generaciones.
Ambos autores coinciden en que el cohousing también tiene ventajas económicas significativas. Durrett señala que, al compartir ciertos recursos y reducir la duplicación de infraestructuras, los costos de vida en este tipo de comunidades pueden ser más bajos que en las viviendas tradicionales. Además, la toma de decisiones conjunta sobre el diseño y la gestión de las viviendas permite que los residentes controlen mejor los costos y adapten sus comunidades a sus necesidades específicas. Este modelo se vuelve especialmente relevante en un contexto urbano donde el precio de la vivienda sigue aumentando y las opciones asequibles son cada vez más limitadas.
En cuanto al coliving, aunque similar al cohousing, se orienta más hacia una comunidad de residentes temporales, a menudo jóvenes profesionales o estudiantes, que comparten espacios y servicios, como cocinas y áreas de trabajo. McCamant observa que el coliving responde a la necesidad de flexibilidad en un mundo cada vez más móvil, donde las personas buscan alojamientos asequibles, cómodos y que ofrezcan una comunidad integrada. Al igual que el cohousing, el coliving contribuye a un uso más eficiente del espacio urbano y puede ser una solución para las ciudades con escasez de vivienda.
Sin embargo, tanto Durrett como McCamant advierten que estos modelos no son una solución única para todos los contextos. Si bien el cohousing y el coliving ofrecen beneficios claros en términos de sostenibilidad social y económica, su éxito depende de una planificación cuidadosa y de la disposición de los residentes a participar activamente en la vida comunitaria. Además, es fundamental que las ciudades implementen políticas que promuevan estos tipos de viviendas y faciliten su creación, como la asignación de terrenos o incentivos para el desarrollo de proyectos colaborativos.
En conclusión, el cohousing y el coliving representan nuevas formas de habitar que tienen el potencial de mejorar la sostenibilidad social y económica de las ciudades. Charles Durrett y Kathryn McCamant han demostrado que, al promover la colaboración, la compartición de recursos y la creación de comunidades más cohesionadas, estos modelos pueden ofrecer una alternativa viable a las formas tradicionales de vivienda urbana. Si bien enfrentan desafíos en su implementación, con el apoyo adecuado, estas formas de convivencia pueden contribuir a la creación de ciudades más inclusivas, sostenibles y resilientes.











