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Vivienda

El Airbnb cambia la ciudad, vecinos desaparecen, alquileres suben

  • 30 de julio de 2026
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En el portal hay ocho cajas metálicas atornilladas junto a la puerta. Dentro guardan llaves. Al amanecer se oyen ruedas de maleta bajando la escalera, y por la noche vuelven a subir otras distintas. En los buzones ya no hay nombres, hay números. La panadería de abajo cerró y ahora vende bocadillos y sombreros de paja. El edificio sigue en pie, intacto en la fotografía. Lo que ha desaparecido es otra cosa. La pregunta que sostiene este vídeo no es cuántos turistas caben en una ciudad. Es más incómoda. ¿Cuándo deja un barrio de ser un barrio, aunque todos sus edificios sigan exactamente donde estaban? Conviene mirar el mecanismo antes que los efectos, y el mecanismo es aritmético. Una vivienda alquilada a un hogar produce una renta mensual estable. Esa misma vivienda alquilada por noches a visitantes produce una tarifa mucho más alta por día, con vacíos entre estancias. En los centros históricos de muchas ciudades europeas, un piso ocupado apenas diez noches al mes ya iguala lo que rendiría alquilado a una familia durante treinta. A partir de ahí no hace falta ninguna conspiración. Basta con que cada propietario haga bien sus cuentas. La vivienda deja de competir consigo misma y pasa a competir con el hotel. Y el hotel siempre paga más por metro cuadrado. Esa diferencia de rentabilidad hace algo más profundo que subir precios. Cambia la naturaleza del activo. El piso deja de ser un lugar donde alguien vive y se convierte en una unidad de negocio con ocupación, tarifa y temporada. Los investigadores Cocola-Gant y Gago documentaron este proceso en un barrio histórico de Lisboa y no encontraron economía colaborativa por ninguna parte. Encontraron compra sistemática de inmuebles para explotarlos por noches. A eso lo llamaron desplazamiento inducido por el turismo. El vecino no se marcha porque quiera. Se marcha porque no le renuevan, porque el edificio entero cambia de uso, o porque el precio del piso de al lado ha redefinido lo que vale el suyo. Los efectos aparecen luego, en cadena, y siempre en el mismo orden. Primero cambia el comercio. La mercería, la ferretería y la frutería no pueden pagar el alquiler que paga una tienda de recuerdos, porque el consumidor turista compra más caro y compra una sola vez. Después cambia el servicio público. Con menos hogares, las escuelas del barrio pierden matrícula y algunas cierran aulas. Luego cambia la convivencia. Convivir exige repetición: reconocer caras, saber quién vive arriba, prestar una herramienta. Con rotación diaria eso es imposible, no por maldad del visitante, sino por física social. Un vecindario es una red de relaciones sostenidas en el tiempo, y el tiempo es justamente lo que la estancia corta elimina. El caso portugués está bien medido. Un estudio de los economistas Franco y Santos halló que el aumento de la proporción de anuncios turísticos elevó de forma clara los precios de la vivienda, con un efecto mucho más intenso en los centros históricos y en las zonas atractivas para el visitante. Es decir, el impacto no se reparte por la ciudad, se concentra donde el barrio es más fotogénico. En Barcelona el conflicto ha llegado más lejos, hasta la decisión política. El ayuntamiento ha anunciado que dejará caducar todas las licencias de vivienda de uso turístico a finales de esta década, con la intención de devolver alrededor de diez mil pisos al mercado residencial. Varios municipios del área metropolitana han copiado la medida. Aquí conviene distinguir el hecho de la interpretación. El hecho es que la actividad turística en viviendas encarece y reduce la oferta residencial en zonas concretas. La interpretación crítica es que ese proceso convierte el barrio en escenario: una ciudad que conserva las fachadas y sustituye la población, un decorado habitado por rotación. La opinión editorial, y la señalo como tal, es que ese resultado no es un accidente del turismo, sino una consecuencia previsible de tratar la vivienda como activo financiero antes que como derecho. Cuando el suelo urbano central es escaso y la ley permite cualquier uso rentable, el uso más rentable gana siempre. Y vivir nunca es el uso más rentable. Ahora el contraargumento, que merece respeto. El alojamiento turístico representa una fracción pequeña del parque de viviendas de casi cualquier ciudad grande. Difícilmente puede explicar por sí solo una crisis habitacional que también existe en ciudades sin apenas turismo. Los datos muestran que el efecto es fuerte donde hay concentración y débil o nulo en el conjunto metropolitano. Además, muchas familias propietarias han usado esa renta para sostener ingresos bajos, y hay barrios que salieron de la degradación gracias a la llegada de visitantes. Los representantes del sector advierten también de que prohibir sin capacidad de inspección solo traslada la actividad al mercado sumergido, donde nadie protege a nadie. Cabe sostener, aun así,

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