La feminización de la pobreza urbana se refiere a la mayor vulnerabilidad de las mujeres frente a la pobreza en las ciudades debido a múltiples factores interrelacionados, como la desigualdad salarial, el trabajo no remunerado y la falta de acceso a recursos básicos. Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado por académicas como Sylvia Chant y Caroline Moser, quienes han identificado que las mujeres, especialmente en los sectores más vulnerables, enfrentan barreras específicas que las sitúan en una posición de desventaja económica respecto a los hombres.
Uno de los principales factores que contribuye a la feminización de la pobreza es la desigualdad salarial. En muchas ciudades, las mujeres suelen recibir salarios más bajos que los hombres por trabajos de igual valor, lo que limita su capacidad para acceder a recursos como la vivienda y la educación. Chant ha argumentado que esta disparidad no solo afecta a las mujeres en términos de ingresos, sino que también restringe su movilidad social y su capacidad para salir de la pobreza. Además, la precarización laboral en sectores donde predominan las mujeres, como el servicio doméstico o el comercio informal, refuerza estas desigualdades.
Otro aspecto clave es el trabajo de cuidados no remunerado que realizan las mujeres. Moser ha señalado que este tipo de trabajo, aunque esencial para el funcionamiento de los hogares y las economías, no es reconocido ni compensado de manera justa. Las mujeres dedican una gran cantidad de tiempo y esfuerzo al cuidado de niños, ancianos y otros familiares, lo que limita su participación en el mercado laboral y, por tanto, su acceso a ingresos estables. Esta doble carga de trabajo, tanto en el hogar como fuera de él, aumenta la vulnerabilidad de las mujeres a la pobreza.
La falta de acceso a recursos básicos, como el agua potable, el saneamiento y la vivienda adecuada, también agrava la situación de pobreza de las mujeres en áreas urbanas. Según Chant, las políticas urbanas a menudo no consideran las necesidades específicas de las mujeres, lo que resulta en la creación de entornos urbanos que perpetúan su marginación. Las mujeres, especialmente aquellas que viven en barrios marginales, enfrentan desafíos adicionales para acceder a estos recursos debido a la inseguridad y la falta de infraestructura adecuada.
Además, la feminización de la pobreza no solo afecta a las mujeres individualmente, sino que también tiene un impacto directo en sus familias, especialmente en los hogares monoparentales encabezados por mujeres. En muchas ciudades, las madres solteras enfrentan mayores dificultades para encontrar trabajos bien remunerados y acceder a servicios sociales, lo que perpetúa un ciclo de pobreza intergeneracional. Las políticas públicas no siempre están diseñadas para abordar estas realidades, lo que refuerza la vulnerabilidad de estos hogares.
En conclusión, la feminización de la pobreza urbana es un fenómeno complejo que requiere un enfoque integral para ser abordado. La desigualdad salarial, el trabajo de cuidados no remunerado y la falta de acceso a recursos básicos son algunos de los factores que perpetúan la pobreza entre las mujeres en las ciudades. Para avanzar hacia una mayor equidad, es fundamental que las políticas públicas reconozcan estas disparidades y adopten medidas específicas para mejorar las condiciones de vida de las mujeres en contextos urbanos.











