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Clima y naturaleza

Agricultura urbana: qué puede y qué no puede hacer por la ciudad

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Puntos clave

  1. Seto: la expansión urbana hasta 2030 ocupará entre el 2 y el 3 % de las tierras de cultivo, las más productivas del planeta.
  2. De Zeeuw: en Lima, Kampala o Rosario la agricultura urbana ocupa a cientos de miles de familias y aporta verduras frescas.
  3. La producción urbana cubre una fracción de la demanda; su valor está en la resiliencia, la justicia y el suelo protegido.

La agricultura urbana es la producción de alimentos dentro y alrededor de las ciudades, en huertos comunitarios, azoteas, solares, parques agrarios y cinturones periurbanos, y se ha convertido en una de las respuestas más citadas a la vulnerabilidad alimentaria de unas ciudades que importan casi todo lo que comen. Dos investigadores ayudan a situar su potencial real: Karen Seto, geógrafa de la Universidad de Yale y autora principal de los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, que ha medido cómo la expansión urbana consume las mejores tierras agrícolas del planeta, y Henk de Zeeuw, fundador de la fundación neerlandesa RUAF, que ha asesorado durante décadas a ciudades del Sur global en políticas de agricultura urbana. Su lección común es que la agricultura urbana no alimentará a las ciudades, pero puede hacerlas más resilientes, más justas y más sostenibles.

Karen Seto: la expansión urbana consume las mejores tierras de cultivo

Seto aporta la advertencia. Sus estudios de 2012 y 2017 proyectaron que la expansión urbana hasta 2030 ocupará entre el dos y el tres por ciento de las tierras de cultivo del mundo, pero que esas tierras son de las más productivas, porque las ciudades nacieron junto a suelos fértiles y ríos, de modo que la pérdida de producción es mayor que la de superficie, y se concentra en Asia y África. La primera política alimentaria de una ciudad, en su lectura, es no destruir su cinturón agrícola con urbanización dispersa; conservar y activar el suelo periurbano, como hacen los parques agrarios de Milán o del Baix Llobregat, protege más comida que cualquier huerto urbano.

Henk de Zeeuw y RUAF: agricultura urbana en las ciudades del Sur

De Zeeuw aporta la experiencia del Sur. En ciudades como Lima, Kampala, Rosario o Accra, la agricultura urbana ocupa a cientos de miles de familias que cultivan hortalizas, crían animales y reciclan residuos orgánicos en solares, riberas y patios, y aporta una parte significativa de las verduras frescas que se consumen. Su trabajo con RUAF mostró que integrarla en la planificación, con acceso seguro a suelo y agua, apoyo técnico y mercados locales, mejora la seguridad alimentaria de los hogares pobres, crea empleo, gestiona residuos y reduce la vulnerabilidad ante crisis de suministro y de precios. Rosario, en Argentina, convirtió desde la crisis de 2001 cientos de hectáreas en huertos que hoy abastecen mercados municipales.

Beneficios ambientales medidos con cuidado: La Habana y Detroit

Los beneficios ambientales son reales pero deben medirse con cuidado. Acortar la distancia entre producción y consumo reduce emisiones del transporte, aunque esas emisiones son una fracción pequeña de la huella alimentaria total, dominada por la producción y la dieta. Los huertos y las azoteas verdes aportan además sombra, retención de agua de lluvia, biodiversidad y espacio público, y la agricultura periurbana mantiene paisajes que amortiguan inundaciones y calor. La Habana, que desarrolló desde los años noventa una red de organopónicos por necesidad, y Detroit, que ha convertido solares vacíos en granjas, muestran que la agricultura urbana prospera donde hay suelo disponible y política que la sostiene.

Límites y política alimentaria urbana

Los límites son igualmente claros. La producción urbana cubre una fracción de la demanda de una gran ciudad, sobre todo en frescos, y no puede sustituir a cereales, proteínas y aceites que exigen extensión; la agricultura vertical y de interior consume mucha energía y solo es rentable en nichos; y los huertos pueden convertirse en instrumento de gentrificación verde si encarecen los barrios que los reciben. Seto y De Zeeuw coinciden en que la política alimentaria urbana debe combinar la producción local con el suelo periurbano protegido, los mercados de proximidad, la reducción del desperdicio y el acceso económico a la comida.

La lección de la agricultura urbana es que su valor está en la resiliencia y en la justicia más que en la autosuficiencia. Una ciudad con huertos, parques agrarios, mercados locales y cinturón agrícola protegido resiste mejor una crisis de suministro, ofrece alimentos frescos a quien menos los puede pagar y conserva los suelos que la urbanización dispersa destruye. Seto enseña a proteger el suelo y De Zeeuw a cultivarlo con quienes lo necesitan, y esa combinación es la política alimentaria que las ciudades pueden decidir por sí mismas.

Preguntas frecuentes

¿Puede la agricultura urbana alimentar a las ciudades?

No por completo: cubre una fracción de la demanda, sobre todo en hortalizas frescas, y no sustituye cereales, proteínas y aceites que exigen extensión; su valor está en la resiliencia ante crisis de suministro, en el acceso de los hogares pobres a alimentos frescos y en la conservación del suelo periurbano.

¿Qué advierte Karen Seto sobre la urbanización y la comida?

Que la expansión urbana hasta 2030 ocupará entre el dos y el tres por ciento de las tierras de cultivo del mundo, pero que esas tierras son de las más productivas porque las ciudades nacieron junto a suelos fértiles, de modo que la primera política alimentaria urbana es no destruir el cinturón agrícola con urbanización dispersa.

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