Puntos clave
- Ciudad del Cabo fijó en 2018 cincuenta litros por persona y día y se preparó para el día cero.
- Una cuarta parte del agua se pierde en fugas bajo las calles y la demanda se diseña con dispersión, césped y piscinas.
- Los hogares de élite usaban más de dos mil litros diarios frente a cuarenta y uno en los asentamientos informales.
El agua es un recurso que no todos pueden disfrutar en igual medida, y quién se queda sin ella primero casi nunca lo decide el clima. En 2018 Ciudad del Cabo, una ciudad de casi cuatro millones de habitantes, ordenó a sus vecinos consumir cincuenta litros por persona y día y se preparó para el llamado día cero, la fecha en que se cerrarían los grifos y la gente recogería veinticinco litros diarios en puntos de reparto vigilados; llenar una bañera consume unos doscientos litros y una cisterna gasta quince en cada descarga.
Ese día no llegó, por muy poco, y la imagen dio la vuelta al mundo. La pregunta que dejó no es cuándo volverá a llover sino por qué la escasez alcanza a unos hogares años antes que a otros, y la respuesta está en las fugas, la planificación y el reparto, no en el cielo.
El recorrido del agua: una cuarta parte perdida bajo las calles
Sigamos el recorrido del agua. Nace en una cuenca, se acumula en un embalse o un acuífero, viaja por una conducción, pasa por una potabilizadora y entra en una red de distribución hasta el grifo, y en cada tramo hay pérdidas: la evaporación se lleva parte del embalse con calor y viento, y la red se lleva una parte enorme. La propia Ciudad del Cabo estima que pierde cerca de una cuarta parte de su agua en fugas y consumo no contabilizado, y muchas ciudades pierden más. La primera reserva de agua de una ciudad no está en las montañas sino enterrada bajo sus calles, y suele ser la más barata de recuperar, aunque renovar tuberías lleva años y no se inaugura con una foto.
La demanda se diseña: dispersión, césped, piscinas y turismo
El segundo punto es de planificación, y es el que casi nunca se debate. La demanda de agua no cae del cielo: se diseña. El crecimiento disperso de casas unifamiliares con jardín y piscina multiplica el consumo por habitante frente al tejido compacto de bloques, un campo de golf o un parque de césped en clima seco bebe como un barrio entero, y el turismo concentra su pico de demanda justo en los meses de menos reservas. Lo que importa es el orden de las decisiones: el plan aprueba el crecimiento primero y pregunta después de dónde saldrá el agua, tratando el recurso como suministro garantizado y no como límite físico.
Quién usa el agua: dos mil litros frente a cuarenta y uno
El tercer punto es distributivo, y es el más incómodo. Un estudio de la crisis de Ciudad del Cabo estimó consumos muy distintos por grupo social: los hogares de élite podían superar los dos mil litros diarios, los de bajos ingresos rondaban los 178 y los asentamientos informales apenas llegaban a 41, y una minoría de alrededor del 14 % de la población usaba cerca de la mitad del agua potable. Cuando llega una restricción general, el hogar de dos mil litros recorta lujos; el de cuarenta y uno no tiene nada que recortar, porque ya vivía su propio día cero. Las restricciones por hogar golpean con más fuerza a quienes nunca fueron el problema.
El ensayo de Barcelona, el problema de memoria y el contraargumento
España ya ha hecho el ensayo general. Durante la sequía de 2022 a 2024, las reservas de las cuencas internas de Cataluña cayeron a un mínimo histórico cercano al 14 % y el embalse de Sau bajó a alrededor del 5 % de su capacidad; se declaró la emergencia en el sistema que abastece al área metropolitana de Barcelona, con un tope de 210 litros por habitante y día, prohibición de llenar piscinas privadas, riego de jardines solo con agua regenerada y algunos municipios abastecidos con camiones cisterna.
Todo eso ocurrió en un país europeo con infraestructura moderna, y cuando volvió la lluvia apareció el efecto más peligroso: el consumo regresó a los niveles anteriores, se reanudaron las aprobaciones y cada ciclo de sequía encuentra una demanda base mayor que el anterior, porque el agua se gestiona mirando el nivel de hoy y no la tendencia de la década.
El contraargumento es sólido: el consumo doméstico urbano es una parte menor del total, el regadío se lleva la inmensa mayoría del agua en países como España, y la desalación, la reutilización y los trasvases pueden ampliar la oferta, de modo que la escasez sería un problema técnico y financiero antes que urbano. Pero eso confunde volumen con criticidad. Las ciudades consumen una proporción pequeña pero la consumen de forma inaplazable y concentrada, compitiendo en el mismo mes crítico, la planificación decide dónde estará la demanda y a qué coste de bombeo, y la desalación tiene un precio energético que alguien paga. La cuestión urbana del agua es quién recibe los últimos litros, y eso lo deciden tuberías, planes y tarifas mucho antes de que llegue la sequía.
Preguntas frecuentes
¿Por qué la escasez de agua golpea antes a unos hogares que a otros?
Porque el consumo es desigual y las restricciones son generales: en la crisis de Ciudad del Cabo los hogares de élite podían usar más de dos mil litros diarios mientras los asentamientos informales usaban cuarenta y uno, de modo que ante un tope los ricos recortan lujos y los pobres, que ya vivían su propio día cero, no tienen nada que recortar.
¿Es el consumo urbano el verdadero problema si el regadío usa la mayor parte del agua?
Las ciudades usan una proporción pequeña del agua total, pero la usan de forma inaplazable y concentrada en el mismo mes crítico, la planificación decide dónde estará la demanda y a qué coste de bombeo, y la desalación tiene un precio energético; la cuestión urbana es quién recibe los últimos litros, y eso lo deciden tuberías, planes y tarifas.