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Clima y naturaleza

¿Dónde va tu basura? Residuos, incineradoras e injusticia ambiental

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Puntos clave

  1. España recicla en torno al 42 % de los residuos municipales, lejos del 55 % que la Unión Europea exige para 2025.
  2. Salud pública de Madrid halló dioxinas cuatro veces mayores en los distritos cercanos a las incineradoras.
  3. Las plantas buscan suelo barato donde las rentas son bajas y cada revisión del plan refuerza la injusticia.

Adónde va tu basura después de desaparecer es el truco urbano más perfecto que existe: a las ocho de la tarde dejas una bolsa negra junto al portal, a las siete de la mañana ya no está, y nada ha desaparecido. La bolsa sigue existiendo, pesa lo mismo y huele igual, y ahora está a veinte kilómetros, en un lugar donde vive otra gente. Un habitante medio genera alrededor de 450 kilos de residuos domésticos al año; multiplicado por una ciudad entera es una montaña que hay que poner en algún sitio concreto, con dirección postal y vecinos. La pregunta es quién vive allí, y la respuesta es la misma en casi todas las ciudades: la gente con menos renta y menos poder para negarse.

El recorrido de la bolsa: 42 % reciclado, el resto quemado o enterrado

El recorrido tiene pocas paradas. La bolsa entra en un camión, llega a una planta de transferencia y de ahí a una instalación de tratamiento donde se separa lo aprovechable. En España la tasa de reciclaje municipal ronda el 42 %, muy por debajo de los objetivos de la Unión Europea del 55 % en 2025 y el 60 % en 2030, de modo que la mayor parte de lo que se tira sigue camino hacia una incineradora, donde se quema recuperando algo de energía, o hacia un vertedero, donde se entierra. Enterrar es la peor opción climática: el metano de los vertederos concentra la mayoría de las emisiones del sector.

Valdemingómez: un parque tecnológico con vecinos

El destino español mejor documentado está al sureste de Madrid, en el complejo de Valdemingómez, que la administración llama parque tecnológico y todo el mundo llama vertedero. Allí se tratan hasta cuatro mil toneladas diarias y su incineradora ha quemado cerca de 300.000 toneladas al año; alrededor viven decenas de miles de personas, en el Ensanche de Vallecas, en la Cañada Real y en varios municipios del este metropolitano, con la chimenea a pocos kilómetros de las viviendas más cercanas y a muchos más de los distritos que producen más basura.

Un estudio del propio servicio de salud pública del ayuntamiento encontró concentraciones de dioxinas y furanos unas cuatro veces mayores en los distritos cercanos a las incineradoras que en el resto de la ciudad, además de años de quejas vecinales por olores y ventanas cerradas en verano. Que haya más dioxinas en el aire es un hecho; que produzcan un daño concreto en una población concreta exige estudios epidemiológicos que casi siempre llegan tarde.

El mecanismo de localización: suelo barato, rentas bajas e injusticia reforzada

El mecanismo de localización es la parte propiamente urbana, y funciona igual casi en todas partes, como mostró Robert Bullard en Estados Unidos desde las protestas del condado de Warren en 1982. Una instalación de residuos necesita mucho suelo, accesos pesados y pocas restricciones, así que se busca suelo barato, y el suelo barato está donde las rentas son bajas, el paisaje ya está degradado o los vecinos tienen menos capacidad de organizarse y litigar. Una vez instalada la planta, el entorno se deprecia más, y esa depreciación atrae después vivienda asequible, asentamientos y usos industriales. La injusticia ambiental no se decide una vez: se refuerza en cada revisión del plan, y llamar parque tecnológico a un vertedero suaviza cualquier acta.

Escala, descentralización y el contraargumento

La escala añade injusticia. Muchas ciudades centralizan todo su sistema en un solo emplazamiento, lo que concentra la eficiencia y concentra también todo el impacto en una población que soporta el cien por cien de la carga mientras el resto de la ciudad no soporta nada. Las asociaciones de vecinos afectados suelen pedir exactamente eso: descentralizar el tratamiento, sobre todo el de la fracción orgánica, que causa la mayor parte del olor y podría gestionarse en plantas pequeñas distribuidas. Parece un debate técnico; es un debate sobre reparto de cargas disfrazado de logística.

El contraargumento merece ser tomado en serio. La basura tiene que ir a algún sitio, la concentración permite economías de escala, mejores sistemas de limpieza de gases y un control ambiental más estricto que veinte plantas dispersas, la recuperación energética con filtros modernos es mejor que enterrar, y en el caso de Madrid el propio ayuntamiento informa de que el vertido ha bajado y las quejas por olores han tocado mínimos; los sistemas pueden mejorar, y a veces lo hacen. Nada de eso responde a la pregunta distributiva. La instalación tiene que existir; no tiene por qué estar siempre en el mismo tipo de barrio, y una ciudad que quiera ser justa con su basura tiene que decidir dónde va la próxima planta con el mismo cuidado con que decide dónde va el próximo parque.

Preguntas frecuentes

¿Adónde van los residuos domésticos después de la recogida?

A un camión, una planta de transferencia y una instalación de tratamiento donde se separa lo aprovechable; en España se recicla en torno al 42 % y el resto va a una incineradora, donde se quema recuperando algo de energía, o a un vertedero, la peor opción climática por sus emisiones de metano.

¿Por qué las instalaciones de residuos están cerca de los barrios pobres?

Porque necesitan mucho suelo barato con pocas restricciones, y el suelo barato está donde las rentas son bajas, el paisaje está degradado o los vecinos tienen menos capacidad de organizarse y litigar; una vez instalada, la planta deprecia el entorno y atrae vivienda asequible e industria en un bucle de injusticia ambiental.

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