Puntos clave
- Friedmann: el régimen alimentario corporativo fija qué se cultiva y quién come qué; los desiertos alimentarios son su resultado, no un accidente.
- Viljoen propone integrar la agricultura en el diseño urbano como red continua de huertos, cubiertas y corredores, no como autosuficiencia.
- Belo Horizonte redujo el hambre infantil con compra pública y mercados regulados; más de doscientas ciudades firmaron el Pacto de Milán.
La soberanía alimentaria urbana es el derecho de las ciudades y sus habitantes a decidir cómo se producen, distribuyen y consumen sus alimentos, en lugar de depender de un sistema globalizado que concentra la decisión en pocas empresas y a miles de kilómetros. El concepto nace del movimiento campesino La Vía Campesina, que lo formuló en 1996 frente a la seguridad alimentaria entendida solo como disponibilidad, y su traslado a la ciudad plantea una pregunta que parece paradójica: cómo puede recuperar el control de su comida un lugar que, por definición, no la produce. La respuesta pasa por entender el sistema alimentario como una infraestructura urbana más, comparable al agua o al transporte.
Friedmann y los regímenes alimentarios: por qué la desigualdad no es accidente
La socióloga Harriet Friedmann explicó el mecanismo con su concepto de regímenes alimentarios: sistemas históricos que ligan la producción agrícola, el comercio internacional y el poder político, desde el régimen imperial británico del siglo XIX al régimen corporativo actual, en que las cadenas de supermercados y las multinacionales de semillas, insumos y distribución fijan qué se cultiva, a qué precio y quién come qué. En la ciudad ese régimen produce desiertos alimentarios en los barrios pobres, donde la comida fresca queda lejos y cara, y una dependencia de importaciones que la pandemia y las guerras han mostrado frágil. Friedmann sostiene que la desigualdad en el acceso es un resultado del régimen, no un accidente, y que cambiarlo exige recuperar circuitos locales.
Viljoen y el paisaje urbano productivo continuo
El arquitecto Andre Viljoen, con Katrin Bohn, propuso una respuesta espacial: el paisaje urbano productivo continuo, formulado en 2005, que integra la agricultura en el diseño de la ciudad como una red de huertos, parques productivos, cubiertas cultivadas y corredores verdes conectados que atraviesan los barrios. No se trata de que la ciudad se alimente sola, algo que ninguna metrópoli puede, sino de que la producción de alimentos forme parte de la vida cotidiana, acorte cadenas, cree empleo local, reduzca la isla de calor y eduque en lo que cuesta comer. Los huertos comunitarios, los mercados de productores y las cooperativas de consumo son sus piezas sociales.
La Habana, Detroit, Belo Horizonte y el Pacto de Milán: la escala posible
Las experiencias muestran la escala posible. La Habana desarrolló desde los años noventa, forzada por el fin de las importaciones soviéticas, una red de organopónicos que llegó a producir una parte sustancial de las hortalizas de la ciudad; Detroit convirtió miles de solares vacíos en huertos y granjas urbanas; Belo Horizonte creó en 1993 una política municipal de abastecimiento con restaurantes populares, mercados regulados y compra pública a agricultores familiares que redujo el hambre infantil; y el Pacto de Milán de 2015 comprometió a más de doscientas ciudades a desarrollar políticas alimentarias urbanas. Ninguna alcanza la autosuficiencia, y todas demuestran que la ciudad puede gobernar parte de su comida.
Suelo, ordenanzas y gentrificación verde: obstáculos y contraargumento
Los obstáculos son reales. Falta suelo, y el que hay vale más para vivienda que para lechugas; las ordenanzas prohíben con frecuencia la venta, el compostaje o los animales; los huertos urbanos producen cantidades modestas y a veces se convierten en ocio de clase media que anticipa la gentrificación de un barrio; y la eficiencia energética y de agua de cultivar en la ciudad no siempre supera a la del campo cercano. El contraargumento más serio es que la soberanía alimentaria urbana puede distraer de lo decisivo, que es la relación de la ciudad con su territorio agrícola próximo y la regulación del régimen corporativo a escala estatal y global.
La lección es que la soberanía alimentaria urbana no consiste en que la ciudad se alimente sola sino en que decida sobre su sistema alimentario: proteger el suelo agrícola periurbano, usar la compra pública de escuelas y hospitales para sostener a productores locales, garantizar comida fresca y asequible en cada barrio y tratar los huertos y mercados como infraestructura social. Reclamar el control de los alimentos, en la ciudad, es reclamar que comer no dependa de la renta ni del código postal.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la soberanía alimentaria urbana?
El derecho de las ciudades y sus habitantes a decidir cómo se producen, distribuyen y consumen sus alimentos en lugar de depender de un sistema global concentrado en pocas empresas; no significa autosuficiencia sino gobernar el sistema alimentario como una infraestructura urbana más, con suelo agrícola protegido, compra pública, mercados y huertos.
¿Puede una ciudad producir su propia comida?
No en su totalidad: La Habana llegó a producir una parte sustancial de sus hortalizas en organopónicos y Detroit cultivó miles de solares, pero ninguna metrópoli se alimenta sola; lo decisivo es acortar cadenas, sostener a los productores cercanos y garantizar comida fresca y asequible en cada barrio.