Puntos clave
- La fórmula se repite: la ciudad pone la infraestructura y la empresa captura el valor, de los autobuses de Google a Airbnb.
- Las plataformas poseen la intermediación, no los taxis, hoteles ni tiendas: una ciudad con casero digital.
- Sidewalk Labs se hundió en Toronto en 2020 por una pregunta sin respuesta: de quién son los datos de la ciudad.
Las ciudades siliconadas son las transformadas por plataformas tecnológicas que no necesitaron construir un solo edificio en el barrio para cambiarlo por completo: el momento en que las empresas tecnológicas se convirtieron en el sistema operativo del capitalismo, empezaron a devorar las ciudades desde dentro, y el patrón tiene una fórmula, la ciudad pone la infraestructura y la empresa captura el valor. San Francisco es el laboratorio.
Durante décadas ciudad de poetas, hippies e inmigrantes, se convirtió en el lugar donde un ingeniero de una gran tecnológica gana cuatro o cinco veces el salario medio y decenas de miles de personas así compiten por las mismas viviendas, hasta que el maestro, la enfermera y el bombero no pueden vivir en la ciudad a la que sirven. La imagen icónica de esa gentrificación tecnológica son los autobuses privados de Google recogiendo empleados en paradas públicas.
Las plataformas no compiten en la ciudad: compiten por ser la ciudad
La clave es que las plataformas no compiten dentro de la ciudad: compiten por ser la ciudad. Uber es una capa privada sobre el transporte público, Airbnb una capa privada sobre la vivienda, Deliveroo o Glovo una capa privada sobre el comercio de barrio, Amazon una capa privada sobre toda la calle comercial. Ninguna posee taxis, hoteles, restaurantes ni tiendas; poseen la intermediación, el peaje digital por el que ahora tiene que pasar la vida urbana. Investigadoras como Sarah Barns lo llaman urbanismo de plataformas; es una ciudad con casero digital, donde uno sigue viviendo en el mismo sitio pero cada movimiento paga renta a alguien en California.
Vivienda, logística y trabajo: los efectos en el espacio físico
Los efectos sobre el espacio físico son concretos. Primero, la vivienda deja de ser vivienda: cuando un piso en el centro de Barcelona, Lisboa o Ciudad de México gana tres veces más en Airbnb que con un inquilino, el edificio entero cambia de función sin cambiar de forma, los vecinos son sustituidos por maletas de ruedas y la ferretería por la tienda de recuerdos. Segundo, la calle se vuelve logística: cada compra en línea genera un viaje, y las ciudades se llenan de furgonetas en doble fila, repartidores pedaleando contra el cronómetro de un algoritmo, supermercados oscuros y cocinas fantasma, locales cerrados al público que son almacenes disfrazados. El barrio deja de ser un lugar para estar y se convierte en la última milla de una cadena de suministro global.
Centros de datos y Sidewalk Labs: la geografía de la siliconización
Tercero, y más invisible, el trabajo se disuelve en la ciudad. La economía de plataformas creó una nueva clase trabajadora urbana sin fábrica, sin oficina, sin horario y casi sin derechos: el repartidor que espera pedidos sentado en el bordillo, el conductor que duerme en el coche entre viajes. La ciudad entera se convirtió en su lugar de trabajo, pero ningún lugar de la ciudad les pertenece. Es la paradoja perfecta: nunca hubo tanta actividad económica en la calle y nunca esa actividad dejó tan poco en la calle. La regulación ha llegado despacio, de la ley rider española a la directiva europea sobre trabajo en plataformas de 2024.
De quién son los datos de la ciudad: el verdadero negocio
La siliconización también construye su propia geografía. La nube no es una nube sino hangares de hormigón llenos de servidores que consumen electricidad como ciudades medianas y agua suficiente cada día para llenar piscinas olímpicas, solo para refrigerarse; Irlanda, Virginia del Norte, Querétaro o Aragón compiten por atraer centros de datos con suelo barato, energía y exenciones fiscales, y la infraestructura más importante del siglo XXI se decide casi siempre sin que los vecinos se enteren. Cuando las tecnológicas intentaron diseñar ciudades directamente, como Sidewalk Labs de Google en Toronto, con sensores en cada esquina y calles que se reconfiguran, el proyecto se hundió en 2020 entre protestas ciudadanas por una pregunta que nadie supo responder: de quién son los datos de una ciudad.
Esa pregunta es el corazón oscuro del asunto, porque el verdadero negocio de la siliconización urbana no son los viajes, los alquileres ni los repartos sino el conocimiento que generan: dónde vive, se mueve, come y gasta la gente, un mapa de la ciudad más preciso que cualquier padrón, en manos de empresas privadas que lo revenden como servicios. La lección es que una ciudad que no gobierna sus datos, sus plataformas y su suelo es gobernada por ellos, y que las herramientas existen, de la obligación de datos abiertos y las licencias condicionadas a los límites al alquiler turístico y el control público de la infraestructura digital. Toronto dijo que no; la respuesta sigue abierta en cada ciudad cuyo sistema operativo cotidiano se escribe en otra parte.
Preguntas frecuentes
¿Qué es una ciudad siliconada?
Es una ciudad transformada por plataformas tecnológicas que, sin construir nada, se convirtieron en una capa privada sobre el transporte, la vivienda, el comercio y el trabajo, poseyendo la intermediación por la que pasa la vida urbana y capturando el valor de la infraestructura que la ciudad pone, como muestran la gentrificación tecnológica de San Francisco y el efecto de Airbnb en Barcelona o Lisboa.
¿Cuál es el verdadero negocio de la siliconización urbana?
No los viajes, los alquileres ni los repartos sino los datos que generan: un mapa de dónde vive, se mueve, come y gasta la gente más preciso que cualquier padrón, en manos de empresas privadas, y por eso los vecinos de Toronto frenaron Sidewalk Labs en 2020 preguntando de quién son los datos de una ciudad.