Puntos clave
- Caldeira: el muro necesita discursos, el habla del crimen, que convierten a pobres, negros y migrantes en amenazas.
- Los enclaves fortificados separan el interior protegido y dejan la calle sin los ojos ni el uso que la mantenían viva.
- La fortificación de São Paulo creció con la democratización: las élites respondieron a la igualdad retirándose a espacios privados.
El miedo urbanizado es el proceso por el que una emoción social, el temor a la violencia, adquiere forma física en muros, accesos controlados y seguridad privada y acaba decidiendo quién comparte la ciudad con quién, y la antropóloga brasileña Teresa Caldeira, profesora en Berkeley, lo explicó en Ciudad de muros (2000) a partir de São Paulo. Un muro separa dos calles que están a pocos metros: de un lado hay vigilancia y accesos controlados, del otro continúa la vida urbana abierta. La pregunta de Caldeira es qué ocurre cuando el miedo empieza a diseñar la ciudad, y su respuesta es que los enclaves fortificados, urbanizaciones cerradas, centros comerciales y oficinas vigiladas, reorganizan el territorio, pero que el muro no aparece solo: necesita discursos que conviertan ciertos espacios y personas en amenazas.
El habla del crimen: cómo el discurso convierte a personas en amenazas
El mecanismo empieza por la palabra. Caldeira analizó lo que llama el habla del crimen, las conversaciones cotidianas sobre asaltos, secuestros y violencia con que los paulistanos de todas las clases ordenan su experiencia, y mostró que ese discurso simplifica el mundo en categorías de bien y mal, asocia el peligro a los pobres, los negros y los migrantes del nordeste, y justifica la separación como respuesta natural. El miedo real, alimentado por el aumento del crimen desde los años ochenta, se convierte así en un miedo que produce ciudad: primero cambia la manera de imaginar la seguridad, después la manera de construirla, y por último la experiencia cotidiana del territorio y las relaciones entre grupos.
Enclaves fortificados: Alphaville, Morumbi y la calle que queda fuera
El enclave fortificado es el resultado material. Caldeira describe conjuntos residenciales cerrados como Alphaville, en la periferia de São Paulo, y torres del Morumbi con muros, garitas y cámaras junto a favelas, como espacios privatizados, cerrados y monitoreados para residencia, consumo, trabajo y ocio que dan la espalda a la calle y usan la seguridad como criterio de estatus. Su efecto es doble: la parte protegida se separa del espacio público y la parte que queda fuera pierde los ojos que la vigilaban y el uso que la mantenía viva. La ciudad, que en el modelo moderno se organizaba en torno a calles abiertas y mezcla, pasa a organizarse mediante espacios que reducen el contacto entre poblaciones diferentes.
La paradoja democrática: más derechos políticos, más muros
La paradoja central de Caldeira es la democracia. La violencia y la fortificación de São Paulo crecieron precisamente durante la democratización brasileña de los años ochenta y noventa, cuando se ampliaban los derechos políticos y sociales, y ella lo explica por la disyunción entre ciudadanía política y ciudadanía civil: los brasileños ganaron el voto mientras el derecho a la vida y a la integridad seguía sin garantizarse para los pobres, sometidos a la violencia policial y delictiva, y las élites respondieron a la democracia retirándose a espacios privados. La segregación espacial, concluye, es también una forma de rechazar la igualdad que la democracia prometía.
Resistencia y salida: hip hop, pichação y seguridad con derechos
La resistencia forma parte del cuadro. Caldeira ha estudiado después cómo los jóvenes de las periferias responden con el hip hop, el grafiti y la pichação, la escritura críptica que cubre los muros de São Paulo, prácticas que intervienen en la ciudad fortificada y reclaman presencia en un espacio que los excluye, y ha mostrado en su trabajo sobre urbanización periférica que los habitantes de los bordes construyen ciudad y ciudadanía con sus propias reglas. El miedo urbanizado, en su lectura, no es un destino: es una configuración que las políticas de seguridad pública, la garantía de derechos civiles y el espacio público de calidad pueden revertir.
La lección de Caldeira es que la seguridad construida con muros produce más segregación, más espacio público abandonado y más miedo, mientras que la seguridad construida con derechos, presencia legítima del Estado y ciudad abierta reduce las tres cosas. Para el urbanismo, su obra obliga a preguntar, ante cada recinto cerrado y cada cámara, qué discurso los justifica, a quién convierten en amenaza y qué calle dejan atrás; y a recordar que la ciudad que se protege del miedo separándose acaba habitando el miedo que quiso evitar.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el habla del crimen según Teresa Caldeira?
Es el conjunto de conversaciones cotidianas sobre asaltos, secuestros y violencia con que los habitantes de São Paulo ordenan su experiencia, que simplifica el mundo en bien y mal, asocia el peligro a los pobres, los negros y los migrantes y justifica la separación mediante muros y seguridad privada como respuesta natural.
¿Por qué la violencia y los muros crecieron con la democracia en Brasil?
Por la disyunción entre ciudadanía política y civil: los brasileños ganaron el voto en los años ochenta y noventa mientras el derecho a la vida y a la integridad seguía sin garantizarse para los pobres, y las élites respondieron a la igualdad prometida retirándose a enclaves fortificados.