Puntos clave
- Fanon describió la ciudad colonial cortada en dos; hoy la línea la trazan el precio del suelo, la infraestructura y el muro.
- Graham y Marvin: las redes desagregadas producen espacios premium conectados al mundo y zonas puenteadas sin servicios.
- Caldeira y Holston: los derechos políticos se ampliaron mientras los civiles siguieron negados a los pobres; la ley legitima la desigualdad.
La fragmentación urbana en las ciudades poscoloniales es la división del espacio en enclaves conectados a las redes globales y periferias desconectadas de los servicios básicos, una herencia de la ciudad colonial que la independencia no deshizo y que la globalización ha profundizado. Frantz Fanon describió en 1961 la ciudad colonial como un mundo cortado en dos, la ciudad del colono, iluminada y asfaltada, y la ciudad del colonizado, hambrienta y hacinada, separadas por cuarteles y comisarías; medio siglo después, en São Paulo, Johannesburgo, Lagos o Bombay, la línea ya no la traza el ejército sino el precio del suelo, la infraestructura y el muro, y la pregunta es por qué las ciudades que se liberaron del colonialismo siguen fragmentadas.
Infraestructura desagregada: Graham, Marvin y el urbanismo astillado
El mecanismo tiene dos capas. La primera es la infraestructura: Stephen Graham y Simon Marvin mostraron en Splintering Urbanism (2001) que las redes de agua, electricidad, telecomunicaciones y transporte, que en la ciudad moderna prometían servir a todos por igual, se han desagregado y privatizado, produciendo espacios de red premium, torres de oficinas, urbanizaciones cerradas, aeropuertos y autopistas de peaje conectados entre sí y con el mundo, junto a zonas puenteadas por donde las redes pasan sin detenerse. Matthew Gandy documentó en Lagos cómo el colapso de la infraestructura pública convivía con generadores, pozos y guardias privados para quien podía pagarlos: la ciudad no carece de servicios, los reparte por renta.
Caldeira y Holston: democracia disyuntiva y ciudadanía diferenciada
La segunda capa es la ciudadanía, y la analizaron Teresa Caldeira y James Holston en Brasil. En su artículo conjunto de 1999 sobre democracia y violencia, y después en Ciudad de muros y en Ciudadanía insurgente, describieron una democracia disyuntiva en que los derechos políticos se ampliaron mientras los civiles, la integridad física, la justicia, la protección frente a la policía, siguieron negados a los pobres; las élites respondieron con enclaves fortificados y las periferias con la autoconstrucción y una ciudadanía diferenciada que otorga a cada uno derechos según lo que posee. Holston señala que esa desigualdad se legitima con la ley misma, con normas de propiedad y planeamiento heredadas del orden colonial que convierten en ilegal la ciudad que la mayoría construye.
Johannesburgo: una ciudad dividida que la democracia no unió
Johannesburgo muestra la persistencia. El apartheid diseñó una ciudad de townships alejados de los centros blancos, y desde 1994 la democracia levantó los muros legales pero no los espaciales: Sandton se convirtió en el nodo financiero de África con centros comerciales y urbanizaciones cerradas mientras Alexandra, a pocos kilómetros, seguía con hacinamiento y servicios intermitentes, y Jo Beall, Owen Crankshaw y Susan Parnell describieron en 2002 la dificultad de unir una ciudad dividida cuando el mercado reemplaza al Estado como agente de segregación. La violencia hace el resto: donde el Estado no garantiza seguridad, el miedo justifica nuevos muros y la fragmentación se realimenta.
Resistencia, contraargumento y qué haría falta para unir la ciudad
La resistencia forma parte del cuadro. Holston mostró que las periferias de São Paulo produjeron una ciudadanía insurgente que reclamó derechos a partir de la autoconstrucción; el movimiento Abahlali baseMjondolo, nacido en Durban en 2005, defiende a los habitantes de asentamientos frente a los desalojos; el MTST paulista ocupa suelo vacío para exigir vivienda, y Ananya Roy y Jennifer Robinson han propuesto leer esas prácticas no como carencia sino como formas propias de producir ciudad. El contraargumento es que la fragmentación no es solo poscolonial, existe en Los Ángeles o París, y que atribuirla al colonialismo puede eximir a los gobiernos actuales de su responsabilidad; la respuesta es que la herencia colonial no explica todo pero fija el punto de partida, y que las políticas posteriores decidieron profundizarla en vez de corregirla.
La lección es que la ciudad poscolonial no está fragmentada por accidente sino por capas sucesivas de decisiones, coloniales, estatales y de mercado, que reparten infraestructura, derechos y seguridad según la renta. Unirla exige más que derribar muros: redes públicas que sirvan a todos, una ciudadanía civil garantizada para los pobres y el reconocimiento de la ciudad autoconstruida como parte legítima de la ciudad. Donde eso no ocurre, la línea que Fanon describió sigue en pie, con otro nombre.
Preguntas frecuentes
¿Por qué las ciudades poscoloniales siguen fragmentadas?
Porque la división colonial descrita por Fanon fue heredada y profundizada por capas sucesivas de decisiones: infraestructuras privatizadas que sirven a enclaves y puentean periferias, normas de propiedad que convierten en ilegal la ciudad autoconstruida, una ciudadanía civil negada a los pobres y un miedo que justifica nuevos muros.
¿Qué es la democracia disyuntiva de Caldeira y Holston?
Una democracia en que los derechos políticos, el voto, se ampliaron mientras los derechos civiles, la integridad física, la justicia y la protección frente a la policía, siguieron negados a los pobres; las élites respondieron retirándose a enclaves fortificados y las periferias con la autoconstrucción y una ciudadanía insurgente.