Puntos clave
- Judd: la burbuja turística concentra la inversión en un recinto seguro y homogéneo y produce una ciudad dual.
- Richards: el turismo cultural financia patrimonio y festivales pero convierte la cultura local en producto para visitantes.
- Hannam: el turismo crea empleo e infraestructuras, pero el empleo es precario y estacional y la ciudad destino compite con la ciudad hogar.
El turismo como motor de cambio urbano es la idea de que las ciudades pueden usar a los visitantes para transformar su economía, su infraestructura y su imagen, y la investigación sobre turismo urbano de las últimas tres décadas ha estudiado tanto lo que promete como lo que cuesta. Dennis Judd, politólogo de la Universidad de Illinois en Chicago, describió con Susan Fainstein en The Tourist City (1999) cómo, tras la desindustrialización, ciudades como Baltimore, Boston o Bilbao apostaron por convertirse en destinos, construyendo centros de convenciones, museos, estadios y frentes marítimos para atraer inversión y empleo. La pregunta es si ese motor mueve la ciudad entera o solo la parte que los turistas ven.
Judd y la burbuja turística: la ciudad dual del puerto reconvertido
Judd acuñó para ello el concepto de burbuja turística: un recinto delimitado, seguro, limpio y homogéneo, el puerto reconvertido, el distrito de museos, el casco antiguo restaurado, donde se concentra la inversión y por el que el visitante circula sin ver el resto de la ciudad. La burbuja atrae dinero pero también produce una ciudad dual: dentro, arquitectura icónica y servicios; fuera, barrios que no reciben la inversión y cuyos habitantes trabajan dentro por salarios bajos. Judd advirtió que el modelo estandariza las ciudades, porque todas copian los mismos ingredientes, y que la identidad local que atrae al turista se pierde en el proceso de empaquetarla.
Richards: el turismo cultural revitaliza y convierte la cultura en producto
Greg Richards, investigador del turismo cultural en la Universidad de Tilburg, estudió esa paradoja desde la cultura. El turismo cultural revitaliza áreas urbanas, financia patrimonio, museos y festivales y da valor a tradiciones que declinaban, pero convierte la cultura local en producto: las fiestas se programan para el calendario turístico, la gastronomía se adapta al paladar del visitante y los barrios con carácter se transforman en escenarios. Richards observó después el giro hacia el turismo creativo, en que el visitante busca vivir como un local, y señaló su efecto perverso: cuanto más se busca lo auténtico, más se penetra en los barrios residenciales y más se desplaza la vida que se quería experimentar.
Hannam: empleo, infraestructuras y el conflicto del sobreturismo
Kevin Hannam, geógrafo del turismo, aporta la mirada de las movilidades: el turismo crea empleo e infraestructuras, aeropuertos, transporte, hoteles, que sirven también a los residentes, pero genera desigualdades y conflictos cuando no se gestiona. El empleo turístico es en gran parte precario, estacional y feminizado, limpieza de hoteles, restauración, comercio, y la infraestructura se orienta al flujo de visitantes antes que a la vida cotidiana. Las protestas contra el sobreturismo en Barcelona, Venecia, Lisboa o Canarias desde 2017 muestran el conflicto que Hannam anticipaba: la ciudad como destino y la ciudad como hogar compiten por el mismo espacio y el mismo suelo.
El contraargumento de Bilbao y cómo gestionar el motor
El contraargumento merece exposición leal. El turismo es la primera industria de muchas ciudades, genera empleo donde la industria desapareció, financia patrimonio que de otro modo se perdería y pagó la regeneración de puertos y centros que nadie más iba a financiar; Bilbao, con el Guggenheim, es el ejemplo que todas las ciudades citan. La respuesta de Judd, Richards y Hannam no es rechazar el turismo sino gestionarlo: limitar el alojamiento turístico donde compite con la vivienda, repartir la inversión fuera de la burbuja, proteger la cultura viva y no solo su escenografía y garantizar empleo digno en el sector.
La lección es que el turismo puede ser motor de cambio, y que la dirección del cambio depende de quién lo conduce. Una ciudad que planifica el turismo desde las necesidades de sus residentes, vivienda, empleo, cultura y espacio público, consigue que la inversión se reparta; una que se diseña desde la mirada del visitante acaba siendo un decorado bien conservado donde cada vez vive menos gente. Que los beneficios se distribuyan equitativamente no es un resultado del turismo sino de la política que lo gobierna.
Preguntas frecuentes
¿Es el turismo un buen motor de cambio para una ciudad?
Puede serlo: genera empleo donde la industria desapareció, financia patrimonio y pagó la regeneración de puertos y centros, como en Bilbao; pero concentra la inversión en una burbuja turística, convierte la cultura en producto y produce empleo precario, de modo que el resultado depende de la política que lo gobierna.
¿Qué es la burbuja turística según Dennis Judd?
Un recinto delimitado, seguro, limpio y homogéneo, el puerto reconvertido, el distrito de museos o el casco antiguo restaurado, donde se concentra la inversión y por el que el visitante circula sin ver el resto de la ciudad, cuyos habitantes trabajan dentro por salarios bajos.