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Urbanismo creativo: de Landry y Florida a sus críticas

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Puntos clave

  1. Landry propone la creatividad como método: reutilizar, participar, experimentar; Florida, atraer a la clase creativa.
  2. Peck mostró que las ciudades que aplicaron la receta de Florida no crecieron más y sí se gentrificaron.
  3. Queda lo válido: patrimonio industrial reutilizado, procesos participativos y cultura de barrio como bien común.

El urbanismo creativo es el enfoque de regeneración urbana que apuesta por la cultura, el arte y las industrias creativas como motores para revitalizar ciudades en declive industrial, y desde los años noventa ha sido la estrategia favorita de alcaldes de medio mundo. Sus dos referencias son el consultor británico Charles Landry, autor de The Creative City: A Toolkit for Urban Innovators (2000), que propuso usar la creatividad de los ciudadanos para resolver problemas urbanos, y el economista estadounidense Richard Florida, cuyo libro The Rise of the Creative Class (2002) sostuvo que las ciudades prosperan si atraen a profesionales creativos con tolerancia, talento y tecnología. Ambos convirtieron la cultura en política económica, con resultados que hoy se evalúan con más cautela.

Charles Landry: la creatividad como método para resolver problemas urbanos

Landry parte de una idea amplia de creatividad. No se trata solo de artistas sino de la capacidad de una ciudad para imaginar soluciones distintas a sus problemas: reutilizar edificios industriales, abrir procesos participativos, combinar disciplinas, aceptar el riesgo. Su caja de herramientas propone medir el capital creativo de una ciudad, crear espacios donde la gente experimente y cambiar la cultura de las administraciones para que permitan en lugar de prohibir. Landry cita Glasgow, capital europea de la cultura en 1990, Barcelona tras 1992 o Bilbao como ciudades que usaron la cultura para cambiar su imagen y su economía.

Richard Florida y la clase creativa: tecnología, talento y tolerancia

Florida dio al enfoque una teoría económica y una fórmula. Los profesionales del conocimiento, científicos, ingenieros, diseñadores, artistas, eligen dónde vivir antes que dónde trabajar, y las empresas los siguen; por tanto, la ciudad debe ofrecer lo que buscan: diversidad, vida nocturna, barrios auténticos, tolerancia. Su índice de creatividad, que combinaba indicadores de tecnología, talento y tolerancia, se convirtió en guía para cientos de ayuntamientos que invirtieron en distritos culturales, festivales y marketing urbano. La receta era atractiva porque prometía crecimiento sin fábricas y a bajo coste.

La crítica: gentrificación, desigualdad y una receta que no creció

La evidencia posterior fue menos favorable. Jamie Peck mostró en 2005 que la clase creativa era una categoría vaga que servía para vender políticas ya en marcha, y que las ciudades que la aplicaron no crecieron más que las que no. Los distritos culturales y los barrios auténticos que atraían a los creativos se gentrificaron, expulsando a los artistas y a los vecinos que los habían hecho atractivos, como Sharon Zukin documentó en Nueva York. Y la apuesta por el ocio y el consumo cultural dejó fuera a la mayoría de la población, que no pertenece a la clase creativa y necesita empleo, vivienda y servicios. El propio Florida reconoció en The New Urban Crisis (2017) que su receta había alimentado la desigualdad.

Lo que queda del urbanismo creativo: patrimonio, participación y cultura de barrio

Con esas correcciones, el urbanismo creativo conserva aportaciones válidas. La reutilización de patrimonio industrial para usos culturales ha salvado edificios y barrios en toda Europa. Los procesos que Landry llamó creativos, participación, experimentación, cruce de disciplinas, han mejorado la planificación. Y la cultura sigue siendo un recurso de identidad, cohesión y empleo cuando se gestiona como bien común y no como reclamo inmobiliario. Medellín, con sus parques biblioteca y su cultura en las periferias, o Lille, que usó su capitalidad cultural de 2004 para abrir fábricas a los barrios, muestran versiones más inclusivas.

La lección de dos décadas es que la creatividad no sustituye a la economía ni a la política social, pero puede acompañarlas. Un urbanismo creativo justo invierte en la cultura de los barrios y no solo en los distritos de moda, protege a los creadores y a los vecinos frente a la revalorización que ellos mismos producen, y mide el éxito por quién participa y quién se queda, no por cuántos turistas o profesionales atrae. Landry y Florida abrieron una puerta; sus críticos han enseñado a cruzarla sin dejar a nadie fuera.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la ciudad creativa de Charles Landry?

Es la ciudad capaz de resolver sus problemas de forma imaginativa, reutilizando edificios, abriendo procesos participativos y cruzando disciplinas; Landry propuso en 2000 una caja de herramientas para medir y cultivar ese capital creativo en la administración y la ciudadanía.

¿Por qué se critica la teoría de la clase creativa de Richard Florida?

Porque la categoría era vaga, las ciudades que la aplicaron no crecieron más, los barrios auténticos que atraían creativos se gentrificaron y la apuesta por el consumo cultural dejó fuera a la mayoría; el propio Florida reconoció en 2017 que alimentó la desigualdad.

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