Puntos clave
- Markusen: los artistas exportan su obra, mejoran otros sectores y sostienen la vida cultural; retenerlos rinde más que atraer empresas.
- El creative placemaking apuesta por espacios asequibles, arte público y festivales de barrio frente al gran equipamiento.
- Los artistas que revitalizan un barrio son los primeros desplazados; el éxito se mide por su permanencia.
Ann Markusen es la economista estadounidense, profesora emérita de la Universidad de Minnesota, que convirtió a los artistas y las industrias culturales en objeto de la economía urbana y que, al mismo tiempo, advirtió contra las recetas fáciles de la ciudad creativa. Sus estudios de los años 2000 midieron por primera vez cuántos artistas viven en cada región metropolitana estadounidense, qué aportan a la economía local y qué necesitan para quedarse; y su informe Creative Placemaking (2010), escrito con Anne Gadwa para el Fondo Nacional de las Artes, definió el urbanismo cultural que cientos de ciudades han adoptado desde entonces. Su tesis es que la cultura regenera barrios cuando se apoya a quienes la producen, no cuando se usa como marca.
El dividendo del artista: qué aportan los artistas a la economía local
Markusen partió de una anomalía estadística. Al comparar regiones, encontró que Los Ángeles, Nueva York, San Francisco o Minneapolis concentraban artistas muy por encima de su tamaño, y que esa concentración no dependía de la industria cultural comercial sino de un tejido de centros de artistas, talleres, organizaciones sin ánimo de lucro, universidades y vivienda asequible que ella llamó el dividendo del artista. Los artistas, mostró, trabajan por cuenta propia, exportan su obra fuera de la región, mejoran los productos de otros sectores, del diseño al turismo, y sostienen la vida cultural local, y por eso una política que los retenga rinde más que una que atraiga empresas.
Creative placemaking: intervenciones pequeñas frente al icono cultural
El concepto de creative placemaking sistematizó esa idea. Frente al gran equipamiento cultural, museo, auditorio, distrito de las artes, Markusen y Gadwa propusieron intervenciones pequeñas y distribuidas: espacios de trabajo asequibles, arte en el espacio público, festivales de barrio, alianzas entre artistas, comercios y asociaciones vecinales, que activan calles y crean vínculos entre residentes. Su estudio de casos, de Paducah, en Kentucky, que ofreció casas baratas a artistas para repoblar su centro, a los distritos de Providence o Minneapolis, mostró que la escala pequeña y la participación local producen más regeneración por dólar que el icono.
Crítica a la clase creativa de Richard Florida
Su crítica a la clase creativa de Richard Florida es la otra cara. En 2006 sostuvo que la categoría mezcla a ingenieros, abogados y artistas sin nada en común, que la correlación entre creativos y crecimiento no prueba causalidad y que la receta de atraer talento con cafés y tolerancia sirve para justificar políticas de imagen y gasto en consumo de élite. Markusen defendió en su lugar políticas de oferta: formación, espacios, crédito y redes para los trabajadores culturales que ya viven en la ciudad, y atención a los sectores manufactureros y de servicios que sostienen a la mayoría del empleo.
Gentrificación y permanencia: medir si los artistas siguen allí
La gentrificación es el riesgo que ella misma señaló. Los artistas que revitalizan un barrio suelen ser los primeros desplazados cuando los precios suben, como mostró Sharon Zukin en el SoHo, y el creative placemaking puede convertirse en instrumento de promoción inmobiliaria si no protege la vivienda y los espacios de trabajo. Markusen propuso medir el éxito por la permanencia de artistas y residentes y no por el aumento del valor del suelo, y apoyó modelos como los fideicomisos comunitarios de suelo, las cooperativas de talleres y la vivienda para artistas de renta limitada, como las promovidas por Artspace en Minneapolis.
La lección de Ann Markusen es que la economía creativa existe y es urbana, pero que su beneficio depende de a quién se apoya. Una política cultural que invierte en las personas que producen cultura, en sus espacios y en sus redes, genera empleo, cohesión y vida de barrio; una que invierte en iconos y en marca produce turismo, precios y desplazamiento. Frente a la ciudad creativa como eslogan, Markusen dejó un método: contar a los artistas, preguntarles qué necesitan y medir si siguen allí cuando el barrio prospera.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el creative placemaking?
Es el enfoque definido por Ann Markusen y Anne Gadwa en 2010 para el Fondo Nacional de las Artes que regenera barrios con intervenciones pequeñas y distribuidas, espacios de trabajo asequibles, arte en el espacio público, festivales y alianzas entre artistas, comercios y vecinos, en lugar de grandes equipamientos culturales.
¿Por qué critica Markusen la clase creativa de Richard Florida?
Porque la categoría mezcla ingenieros, abogados y artistas sin nada en común, la correlación entre creativos y crecimiento no prueba causalidad y la receta de atraer talento con cafés y tolerancia justifica políticas de imagen; ella propone apoyar con formación, espacios y redes a los trabajadores culturales que ya viven en la ciudad.