Puntos clave
- La institucionalización convierte la participación en un trámite que el proyecto debe superar, no en un espacio donde puede cambiar.
- Arnstein: no preguntes cuánta gente participó, pregunta cuánto poder cambió de manos.
- Porto Alegre desplazó la inversión hacia los barrios pobres; al viajar, el modelo perdió el dinero y el carácter vinculante.
El teatro participativo es el proceso que invita a los vecinos a participar para legitimar una decisión ya tomada, y se reconoce en una escena que se repite cada semana en cientos de ciudades: un martes por la tarde en un centro cívico, sillas en círculo, café, pósits de colores y en la pared los paneles de un proyecto urbano ya aprobado; los vecinos llegan con propuestas sobre vivienda, tráfico y zonas verdes, y el equipo dinamizador les pide opinar sobre el color de los bancos y la ubicación de los árboles, porque todo lo demás ya viene definido. Se llama proceso participativo, y a menudo es otra cosa. La pregunta es si, cuando te invitan a participar, te dan poder de decidir o te piden legitimar.
Institucionalizar la participación: el trámite diseñado hacia atrás
El mecanismo es la institucionalización. La participación ciudadana tiene hoy leyes que la exigen, técnicos que la gestionan, empresas que la dinamizan y memorias que la certifican, y esa institucionalización tiene una consecuencia paradójica: convierte la participación en un trámite que el proyecto debe superar, no en un espacio donde el proyecto puede cambiar. El proceso se diseña hacia atrás, desde la decisión ya tomada, eligiendo las preguntas que no comprometen, los temas que no tocan el presupuesto y los formatos que dispersan el desacuerdo, y el resultado es un ritual con apariencia democrática en que la ciudadanía participa en la participación mientras el poder de decidir permanece intacto en otro lugar.
La escalera de Arnstein: cuánto poder cambió de manos
Hace más de medio siglo, Sherry Arnstein propuso en 1969 la imagen que sigue siendo la mejor brújula: la escalera de la participación. En los peldaños bajos está la manipulación, donde el proceso sirve para fabricar apoyo; en los intermedios, la información y la consulta, donde la gente tiene voz pero ninguna garantía de que cambie nada, lo que Arnstein llamó participación simbólica, la ficha que sustituye al dinero real; y solo en los altos aparecen la asociación efectiva, el poder delegado y el control ciudadano. La escalera ofrece un criterio afilado: no preguntes cuánta gente participó, pregunta cuánto poder cambió de manos.
España y el informe Auken: participación tardía y formal
España ofrece un ejemplo cercano. El planeamiento urbano incluye por ley trámites de exposición pública y alegaciones, y sobre el papel cualquier vecino puede opinar sobre un plan antes de su aprobación; en la práctica, el informe Auken del Parlamento Europeo de 2009 sobre el urbanismo español fue demoledor: la participación llegaba tarde, era meramente formal y carecía de transparencia, el plan ya estaba negociado cuando el ciudadano podía leerlo y sus alegaciones recibían respuestas tipo redactadas para cumplir el expediente. Puede leerse como un fallo de diseño o como un diseño que funciona: el trámite produce la evidencia documental de que hubo participación.
Tres preguntas, Porto Alegre y el viaje que vació el modelo
La prueba no está en el proceso sino en el poder, y ante cualquier convocatoria conviene hacer tres preguntas. Qué puede cambiar de verdad como resultado: si la respuesta es el mobiliario y no los usos del suelo, hay escenografía. Cuándo llega la participación: si llega después del convenio firmado o del proyecto redactado, llega tarde a propósito.
Y quién responde y cómo: una participación seria devuelve razones, qué se incorporó, qué se descartó y por qué, mientras el lavado participativo devuelve fotos, nubes de palabras y agradecimientos. El otro extremo existe: Porto Alegre inventó en 1989 el presupuesto participativo, asambleas que decidían inversiones reales priorizadas por necesidad, y la inversión se desplazó hacia los barrios pobres; según Ernesto Ganuza y Gianpaolo Baiocchi, el modelo viajó por el mundo y en el viaje se vació, quedando la marca sin el dinero ni el carácter vinculante.
El contraargumento es serio: no toda información ni toda consulta son teatro, hay decisiones con fuerte componente técnico donde someterlo todo a votación sería irresponsable, informar bien ya es un avance en muchos lugares y la participación total puede ser capturada por quienes tienen más tiempo y voz. La respuesta no es abolir la consulta sino nombrarla por su nombre y reservar la palabra participación para los peldaños en que se comparte poder. La lección es que un proceso participativo se juzga por lo que puede cambiar, cuándo llega y qué razones devuelve, y que la ciudad que responde a esas tres preguntas con honestidad, aunque decida poco, hace más democracia que la que responde con fotos.
Preguntas frecuentes
¿Cómo se detecta un proceso participativo de escaparate?
Con tres preguntas: qué puede cambiar de verdad como resultado, si solo el mobiliario y no los usos del suelo hay escenografía; cuándo llega la participación, si después del convenio firmado o el proyecto redactado llega tarde a propósito; y quién responde y cómo, si con razones sobre lo incorporado y descartado o con fotos y nubes de palabras.
¿Qué es la escalera de la participación de Arnstein?
Es el esquema de 1969 que ordena la participación en peldaños: manipulación abajo, donde el proceso fabrica apoyo; información y consulta en el medio, participación simbólica en que la gente tiene voz sin garantía de cambiar nada; y asociación, poder delegado y control ciudadano arriba, donde el poder de decidir se comparte de verdad.