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Calle y movilidad

¿Innovación o austeridad disfrazada en el urbanismo táctico?

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Puntos clave

  1. Lo provisional tenía sentido como prueba de algo que luego se consolidaba; sin la segunda mitad queda la acción barata.
  2. Brenner: al asumir un papel debilitado de lo público, lo táctico puede reforzar el urbanismo neoliberal que decía combatir.
  3. Mould: mercadillos y murales activan solares y los revalorizan hasta que llega la torre; la creatividad vecinal como trabajo gratis.

El urbanismo táctico puede ser innovación o austeridad disfrazada, y la diferencia se ve tres años después de la foto. Una plaza de barrio un sábado por la mañana: voluntarios con rodillos pintan círculos de colores en el asfalto, colocan jardineras de palés y bloques de hormigón que hacen de bancos, cortan una cinta y suben una foto a la web municipal, espacio recuperado para la gente. Tres años después la pintura está desconchada, las plantas secas y los bloques llenos de pintadas, y nadie volvió a tocar nada. La pregunta es si una intervención provisional es el primer paso de una transformación real o la última que va a ocurrir en ese lugar.

Lydon y Garcia: acciones a corto plazo para un cambio a largo plazo

El urbanismo táctico nació como una idea potente y honesta. Ante una burocracia lenta, unos vecinos decidían actuar, recuperar una plaza de aparcamiento para las personas, probar un carril bici con pintura, ensayar antes de construir, y los urbanistas Mike Lydon y Anthony Garcia lo resumieron en Tactical Urbanism (2015) con una fórmula memorable: acciones a corto plazo para un cambio a largo plazo. La clave está en la segunda mitad de la frase; lo provisional tenía sentido como prueba de algo que luego se consolidaba, y el problema aparece cuando se conserva la primera mitad y se olvida la segunda, queda la acción barata y desaparece el cambio duradero.

La tentación presupuestaria y la pregunta de Neil Brenner

El mecanismo es una tentación presupuestaria. Una administración con poco dinero descubre que la pintura es barata y la obra cara, y que lo provisional se comunica muy bien, genera fotos vistosas, suena innovador y participativo y no obliga a comprometer una gran partida; lo táctico deja de ser un ensayo hacia lo permanente y se convierte en destino final: se inaugura, se fotografía y se abandona. El geógrafo Neil Brenner planteó en 2015 la pregunta incómoda de si el urbanismo táctico es una alternativa al urbanismo neoliberal o su cómplice, y su respuesta es inquietante: al asumir un papel debilitado de lo público, puede reforzar justo aquello que decía combatir.

Dos caras: precariedad como método y avanzadilla de la especulación

Dos casos muestran las dos caras. En el más común, una ciudad con calles peligrosas anuncia un plan de plazas tácticas, pinta cruces, coloca bolardos e instala mobiliario ligero, y sobre el papel suma decenas de espacios recuperados mientras sobre el terreno el mantenimiento es nulo, los materiales se degradan en pocos años y nada se consolida: la precariedad se presenta como método cuando en realidad es presupuesto. En el más sofisticado, lo táctico no ahorra dinero público sino que prepara dinero privado: el investigador Oli Mould ha mostrado cómo mercadillos, food trucks y murales activan un solar vacío, lo ponen de moda y lo revalorizan hasta que llega la torre, de modo que la creatividad vecinal se convierte en trabajo gratis para revalorizar el suelo de otro.

Lo que funciona: la pandemia, la consolidación y el contraargumento

El tercer caso muestra lo que funciona. Durante la pandemia, ciudades como París, Milán o Bogotá usaron intervenciones rápidas de pintura y bloques para ampliar aceras y crear carriles bici de emergencia, y la diferencia es que muchos se consolidaron después en obra estable, con presupuesto y proyecto; ahí lo táctico cumplió su promesa original, fue prueba y no coartada. La distinción no se mide por los materiales ni por el coste sino por lo que ocurre después: un urbanismo táctico honesto lleva incorporada desde el principio la pregunta de qué pasa cuando la pintura se borre.

El contraargumento es sólido: lo provisional permite probar sin arriesgar una fortuna, corregir errores antes de fijarlos en hormigón e implicar a los vecinos en el diseño de su calle, en contextos de escasez una plaza pintada es mejor que un aparcamiento, y los barrios pobres llevan décadas esperando obras que nunca llegan. Todo es cierto, pero ninguna de esas virtudes exige que la intervención se quede a medias para siempre. La lección es que probar es valioso solo si hay un compromiso de consolidar lo que funciona, con partida, plazo y responsable, y que una ciudad que solo pinta no está innovando: está recortando con colores.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo el urbanismo táctico es austeridad disfrazada?

Cuando una administración con poco presupuesto convierte lo provisional en destino final: inaugura, fotografía y abandona plazas pintadas y mobiliario ligero sin mantenimiento ni consolidación, presentando la precariedad como método, o cuando lo táctico sirve para activar y revalorizar un solar antes de una operación inmobiliaria.

¿Cómo se distingue un urbanismo táctico honesto?

No por los materiales ni por el coste sino por lo que ocurre después: lleva desde el principio un compromiso de consolidar lo que funciona, con partida, plazo y responsable, como los carriles bici de emergencia de París, Milán o Bogotá que se convirtieron en obra estable tras la pandemia.

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