Puntos clave
- La tragedia de los comunes no es inevitable: hay comunidades que llevan siglos desmintiéndola.
- Ostrom identificó ocho condiciones concretas que hacen que la autogestión de un recurso funcione.
- El espacio público, el agua y la infraestructura verde son bienes comunes urbanos gobernables así.
El gobierno de los bienes comunes (Governing the Commons, 1990), de Elinor Ostrom, desmonta la idea de que los recursos compartidos solo pueden gestionarse privatizándolos o poniéndolos bajo control estatal. La teoría dominante, la tragedia de los comunes de Garrett Hardin (1968), sostenía que un recurso de uso común acaba sobreexplotado porque cada usuario persigue su interés individual, y que la única salida es la propiedad privada o la regulación estricta. Ostrom demostró con casos reales que las comunidades pueden gobernar sus recursos de forma sostenible mediante instituciones de autogobierno, y por ese trabajo recibió el Premio Nobel de Economía en 2009.
En lugar de depender del Estado o del mercado, Ostrom muestra que, en ciertas condiciones, las comunidades desarrollan sus propias reglas y sistemas de vigilancia para gestionar agua, bosques o pesquerías durante generaciones. Esas instituciones locales adaptan las normas a las necesidades concretas y al entorno, y a menudo administran mejor que los enfoques centralizados. De sus casos extrajo un conjunto de principios de diseño que comparten los comunes que funcionan: límites claros del recurso y de sus usuarios, participación de los usuarios en la elaboración de las reglas, mecanismos de vigilancia y sanciones graduadas, resolución de conflictos a nivel local y reconocimiento por parte de las autoridades superiores.
De los recursos naturales a la ciudad
Esos principios se han aplicado mucho más allá de los recursos naturales, y en especial a los comunes urbanos. Las ciudades gestionan bienes compartidos —el espacio público, la infraestructura verde, el agua— que sufren el mismo dilema: privatizarlos o regularlos en exceso suele producir una gestión menos eficiente y menos equitativa. Siguiendo a Ostrom, las comunidades urbanas pueden desarrollar mecanismos colectivos para cuidar esos recursos sin caer en ninguno de los dos extremos, con reglas propias, vigilancia mutua y sanciones que ellas mismas acuerdan.
Gobernanza policéntrica y comunes urbanos
El estudio de los comunes urbanos ha explorado desde entonces cómo pueden participar los ciudadanos en la gestión de lo compartido: huertos comunitarios, plazas gestionadas por vecinos, redes de movilidad compartida. Muchos de esos bienes exigen la colaboración de partes muy distintas, y ahí es útil la gobernanza policéntrica que Ostrom defendía: varios centros de decisión que cooperan y se ajustan entre sí, en lugar de una sola autoridad. En contextos urbanos, donde las dinámicas son complejas y los intereses de los usuarios divergen, esa flexibilidad es una ventaja frente al plan único.
Las tecnologías de la información han ampliado esas posibilidades: permiten vigilar en tiempo real el estado de un recurso urbano y facilitan que los vecinos participen en las decisiones, lo que refuerza la capacidad de las comunidades para gestionar sus bienes. La idea de fondo de Ostrom sigue siendo la misma: las personas pueden autoorganizarse para crear reglas eficaces y sostenibles. Trasladada a la ciudad, muestra cómo gestionar de forma más equitativa los espacios compartidos, en un mundo que presiona cada vez más sobre lo común.
Preguntas frecuentes
¿Qué son los bienes comunes urbanos?
Recursos compartidos de una ciudad —espacio público, infraestructura verde, agua, huertos comunitarios, redes de movilidad compartida— que las comunidades pueden gestionar colectivamente sin recurrir ni a la privatización ni a la regulación estatal estricta.
¿Qué principios propuso Ostrom para gestionar recursos compartidos?
Límites claros del recurso, participación de los usuarios en la creación de las reglas, mecanismos de monitoreo y sanciones, y resolución de conflictos a nivel local.