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Clima y naturaleza

Natalie Jeremijenko: la ciudad como laboratorio ecológico

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Puntos clave

  1. Jeremijenko: sensores y dispositivos sacan la información ambiental del ámbito experto y la llevan a la experiencia pública.
  2. Los perros robóticos ferales olfateaban contaminantes para que los vecinos vieran dónde estaba la contaminación y exigieran respuestas.
  3. La visibilidad no resuelve la contaminación, pero cambia quién reconoce el problema y quién se siente con derecho a actuar.

Transformar la ciudad en un laboratorio de ecología participativa es el programa de Natalie Jeremijenko, la artista, ingeniera y científica ambiental australiana que dirige la Clínica de Salud Ambiental de la Universidad de Nueva York, y cuyos dispositivos hacen visibles la contaminación, la biodiversidad y las relaciones entre humanos y otras especies para que los ciudadanos puedan investigarlas y cambiarlas. Un sensor detecta en una calle lo que nuestros ojos no ven, un dispositivo cercano convierte esa información en experiencia pública y la contaminación deja de ser una abstracción. Su pregunta es qué cambia cuando los habitantes pueden investigar directamente los problemas ambientales de su ciudad, y su respuesta es que la observación se convierte en participación y la ciudad en un laboratorio abierto.

Hacer perceptible lo invisible: los perros robóticos ferales

El mecanismo empieza por hacer perceptible lo que suele permanecer oculto. La contaminación puede existir sin dar una señal clara a quien cruza una calle, y las relaciones ecológicas desaparecen de la atención dentro del paisaje construido; sensores, robots y otros dispositivos registran o representan esas condiciones, y después la información sale del ámbito experto y entra en la experiencia pública. Sus perros robóticos ferales de 2002 eran juguetes baratos modificados para olfatear contaminantes y liberados en manada sobre terrenos sospechosos, de modo que niños y vecinos los seguían por el suelo y veían dónde estaba la contaminación, produciendo datos que las agencias no habían recogido y preguntas que tenían que responder.

La Clínica de Salud Ambiental y hablar con el río

La Clínica de Salud Ambiental, abierta en 2007, invierte el modelo médico: en lugar de llegar con un síntoma y salir con una receta, los visitantes llegan con una preocupación ambiental y salen con una prescripción de acción, plantar, medir, rediseñar un espacio. Sus proyectos sobre biodiversidad siguen la misma lógica. Amphibious Architecture, instalada en el East River en 2009, usaba tubos flotantes con sensores y luces que respondían a la calidad del agua y a la presencia de peces, y permitía a los paseantes enviar mensajes de texto al río y recibir respuestas; el Coro de Mejillones convertía la apertura y el cierre de los mejillones, que filtran el agua, en sonido que informaba de la contaminación en tiempo real.

Coexistir con otras especies: la Oficina en el Árbol y la biodiversidad urbana

Esa segunda familia de obras cambia la pregunta ambiental. Ya no se trata solo de proteger la naturaleza en algún lugar fuera de la ciudad sino de cómo los humanos coexisten con las formas de vida ya presentes en el espacio urbano cotidiano: peces bajo los muelles, aves en las azoteas, árboles en alcorques. Su Oficina en el Árbol, un espacio de trabajo construido alrededor de un árbol en un parque de Manhattan, o sus prototipos de puentes para mariposas y agricultura urbana convierten esa coexistencia en un problema de diseño, y la ingeniería se vuelve herramienta para prestar atención a relaciones que la percepción urbana ordinaria deja fuera.

Participación, sus límites y lo que cambia la visibilidad

La participación es el tercer elemento. Un dispositivo entra en un espacio urbano y los ciudadanos interactúan con él, generando conocimiento sobre una condición ambiental mientras cambian su manera de observar el lugar; el experimento ocurre en el mismo territorio que el problema y la gente participa mientras usa la ciudad. Eso distingue su trabajo de la ciencia ciudadana que solo recoge datos para expertos: lo importante es alterar quién reconoce un problema y quién se siente con derecho a actuar. La ironía que cultiva es que un dispositivo pequeño y lúdico puede hacer visible un asunto urbano que los grandes sistemas institucionales mantienen a distancia.

El contraargumento importa. Un sensor, un robot o una intervención artística no resuelven por sí solos la contaminación ni la pérdida de biodiversidad, producir información no garantiza que instituciones o ciudadanos cambien de conducta y la tecnología participativa puede convertirse en coartada para la ausencia de regulación e infraestructura pública. Jeremijenko no afirma lo contrario: sus dispositivos permiten experimentar, conocer y participar, y hacer visible un problema no es lo mismo que resolverlo. Pero la visibilidad cambia quién reconoce el problema y quién exige actuar, y ese desplazamiento, de habitantes como objeto de la política ambiental a habitantes como investigadores de su entorno, es la lección que su laboratorio ofrece a cualquier ciudad.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el laboratorio de ecología participativa de Natalie Jeremijenko?

Es su enfoque, que combina arte, ingeniería y ciencia ambiental, en que dispositivos como perros robóticos modificados, sensores en el río y la Clínica de Salud Ambiental hacen visibles la contaminación y la biodiversidad para que los ciudadanos investiguen su entorno, produzcan conocimiento y actúen en lugar de recibir datos expertos de forma pasiva.

¿Cuáles son los límites de la tecnología ambiental participativa?

Un sensor o una intervención artística no resuelven por sí solos la contaminación ni la pérdida de biodiversidad, la información no garantiza cambios de conducta ni institucionales y esos dispositivos pueden convertirse en coartada de la falta de regulación; su función es permitir la experimentación y la participación, cambiando quién reconoce un problema y quién exige actuar.

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