Puntos clave
- Kitchin: los datos no son neutrales y la ciudad en tiempo real privilegia el atasco sobre la desigualdad.
- Jasanoff: conocer la ciudad por sensores es gobernarla como sistema a optimizar; conocerla por asambleas, como comunidad.
- Toronto canceló Sidewalk Labs por la soberanía de datos; Barcelona apostó por Decidim, código abierto y datos públicos.
La tecnopolítica urbana es el conjunto de decisiones sobre qué datos recoge una ciudad, quién los posee, qué algoritmos los procesan y qué se decide con ellos, y se ha convertido en el terreno donde se disputa la gobernanza urbana del siglo XXI. Dos autores ayudan a entenderla: el geógrafo irlandés Rob Kitchin, que en The Data Revolution (2014) y en sus trabajos sobre la ciudad en tiempo real analizó la ciudad inteligente como régimen de datos, y la socióloga de la ciencia Sheila Jasanoff, de Harvard, cuya teoría de la coproducción muestra que el conocimiento técnico y el orden político se producen juntos. Ambos coinciden en que la tecnología no gobierna la ciudad: la gobiernan quienes la diseñan y la controlan.
Rob Kitchin: la ciudad gobernada por el cuadro de mando
Kitchin parte de la ciudad inteligente tal como la venden las empresas: sensores en semáforos, contadores y cámaras, plataformas que integran los datos y cuadros de mando desde los que el gobierno municipal optimiza tráfico, energía, residuos y seguridad. Su crítica es triple. Los datos no son neutrales: qué se mide, cómo y con qué categorías incorpora decisiones que favorecen a unos usos y a unos usuarios. La gestión en tiempo real privilegia lo medible y lo inmediato sobre lo estructural, el atasco sobre la desigualdad. Y la infraestructura de datos suele pertenecer a proveedores privados, IBM, Cisco, Siemens, Alphabet, lo que convierte la gobernanza urbana en dependencia tecnológica. Kitchin llama a esto la ciudad gobernada por el cuadro de mando.
Sheila Jasanoff: coproducción e imaginarios sociotécnicos
Jasanoff aporta el marco más amplio. Su idea de coproducción sostiene que las formas de conocer el mundo y las formas de gobernarlo se constituyen mutuamente: una ciudad que se conoce mediante datos de sensores se gobierna como sistema a optimizar, y una que se conoce mediante asambleas y relatos se gobierna como comunidad a deliberar. Su concepto de imaginarios sociotécnicos, desarrollado con Sang-Hyun Kim, describe las visiones colectivas de futuro que impulsan las tecnologías, la ciudad inteligente, la ciudad sostenible, y que deciden qué se financia y qué se considera progreso. Jasanoff pide que esos imaginarios se sometan a deliberación democrática en lugar de imponerse como destino técnico.
Toronto frente a Barcelona: dos modelos de soberanía de datos
Los casos muestran la disputa. Sidewalk Labs, filial de Alphabet, propuso en 2017 construir un barrio inteligente en Toronto con sensores en cada superficie y una entidad privada gestionando los datos; la oposición vecinal por la privacidad y la soberanía de los datos, y la falta de respuestas sobre quién los poseería, llevaron a la cancelación en 2020. Barcelona, en cambio, apostó desde 2016 por la soberanía tecnológica: plataforma de participación Decidim de código abierto, datos como bien público, cláusulas de propiedad municipal en los contratos y el proyecto europeo DECODE para que los ciudadanos controlen sus datos. Ámsterdam y Helsinki han creado registros públicos de los algoritmos que usan.
Algoritmos, sesgos y las condiciones de una tecnopolítica democrática
La tecnopolítica tiene también una dimensión de poder cotidiano. Los algoritmos que asignan patrullas, priorizan reparaciones o detectan fraude en ayudas sociales toman decisiones sobre barrios y personas con sesgos heredados de los datos históricos, y sin posibilidad de recurso cuando nadie puede explicar por qué el sistema decidió. Kitchin y Jasanoff reclaman lo mismo desde disciplinas distintas: transparencia sobre qué algoritmos operan, evaluación de sus efectos sobre grupos vulnerables, participación en su diseño y capacidad técnica pública para no depender de cajas negras privadas.
La lección para la gobernanza urbana es que la tecnología es una decisión política que se disfraza de solución técnica. Una ciudad que compra un cuadro de mando compra también una forma de conocerse y de gobernarse, y quien controla los datos controla una parte de la ciudad. Kitchin y Jasanoff invitan a preguntar, ante cada sensor y cada algoritmo, qué imaginario lo impulsa, quién lo posee, a quién beneficia y cómo puede la ciudadanía discutirlo. Esa pregunta es la tecnopolítica, y decide si la ciudad inteligente es una ciudad más democrática o solo más vigilada.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la tecnopolítica urbana?
Es el conjunto de decisiones sobre qué datos recoge una ciudad, quién los posee, qué algoritmos los procesan y qué se decide con ellos; según Kitchin y Jasanoff, la tecnología no gobierna la ciudad, la gobiernan quienes la diseñan y controlan.
¿Qué es la coproducción según Sheila Jasanoff?
Es la idea de que las formas de conocer el mundo y las formas de gobernarlo se constituyen mutuamente: una ciudad conocida mediante datos de sensores se gobierna como sistema a optimizar, y una conocida mediante deliberación se gobierna como comunidad.