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Tecnología y poder

¿Inteligente para quién? Los rankings de ciudades inteligentes

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Puntos clave

  1. Los indicadores decretan qué debe perseguir una ciudad; la informalidad, los cuidados y el desplazamiento no se miden y dejan de existir.
  2. Se mide lo que existe en formato descargable: las ciudades del Sur global caen al final del listado por la geografía del privilegio estadístico.
  3. Söderström: la ciudad inteligente es un relato corporativo en que la métrica y la solución vienen del mismo ecosistema de proveedores.

Inteligente para quién es la pregunta que casi nadie hace cuando un ayuntamiento celebra su puesto en un ranking de ciudades inteligentes: puesto catorce, puesto siete, tercera del mundo. Los grandes índices, del Smart City Index del IMD al Cities in Motion del IESE, se presentan como termómetros neutrales de una realidad medible, y no lo son: son dispositivos de gobierno disfrazados de estadística, y basta abrir la metodología para ver la maquinaria funcionando. El primer problema es que los indicadores no describen la ciudad, la definen. Cuando un ranking decide que la inteligencia urbana se mide por densidad de sensores, ancho de banda, trámites digitalizados o plazas de aparcamiento conectadas, decreta que eso es lo que una ciudad debe perseguir, y todo lo que queda fuera de la planilla deja de existir para la política pública.

Los indicadores no describen la ciudad: la definen

No se mide la informalidad, ni el trabajo de cuidados que sostiene el metabolismo cotidiano de cualquier metrópoli, ni el desplazamiento silencioso de los vecinos que ya no pueden pagar el barrio que hicieron habitable, ni el poder. Rob Kitchin lo advirtió con claridad: los datos urbanos nunca son crudos, siempre están cocinados, y alguien eligió la receta. El segundo problema es de manual: la mayoría de los índices se construye sobre la disponibilidad del dato, no sobre su relevancia, se mide lo que existe en formato descargable, y el resultado es una tautología, las ciudades más digitalizadas puntúan mejor en digitalización y las del Sur global aparecen al final, no porque funcionen peor sino porque no producen sus datos en el formato que el ranking sabe leer. Es una geografía del privilegio estadístico vestida de mérito tecnológico.

Disponibilidad, ponderación y ley de Goodhart: la opinión con decimales

El tercer problema es la ponderación, ese momento escondido en un anexo metodológico en que alguien decide que la conectividad pesa el triple que la vivienda; cambie esos pesos y el podio se reordena entero. Un ranking no es un hallazgo sino una opinión con decimales, y cuando esa opinión se convierte en objetivo ocurre lo que la ley de Goodhart describe: la medida deja de ser una buena medida. Los ayuntamientos optimizan el indicador en lugar de la ciudad, instalan farolas inteligentes en la avenida principal mientras la periferia sigue sin transporte nocturno, porque la farola puntúa y el autobús no.

Söderström, Hollands, Zuboff y Kitchin: el ranking como catálogo corporativo

Los índices no salen de la nada. Ola Söderström, Till Paasche y Francisco Klauser mostraron en 2014 cómo la ciudad inteligente funciona como relato corporativo, una narrativa construida por proveedores que primero fabrican la métrica y después venden la solución que esa métrica exige; el ranking es el catálogo, y la consultora que lo publica y la empresa que instala los sensores comparten ecosistema, patrocinio y lenguaje. Shoshana Zuboff lo llamaría extracción de datos convertida en infraestructura de acumulación; Robert Hollands preguntó en 2008 si la verdadera ciudad inteligente tendría la decencia de ponerse de pie; y Paolo Cardullo y Kitchin demostraron que en la escalera de participación de estos modelos el ciudadano casi nunca es ciudadano: es usuario, consumidor, generador de datos, nunca quien decide.

Qué habría que medir y por qué no cabe en un podio

Qué habría que medir es la pregunta que sigue. Quizá el tiempo real que tarda una persona sin coche en llegar a un hospital público; cuántos hogares fueron desalojados el último año; qué parte del presupuesto tecnológico municipal quedó atrapada en licencias privativas que el ayuntamiento no puede auditar ni abandonar; quién es dueño de los datos que la ciudad produce cada segundo. Ninguna de esas preguntas cabe en un podio, y por eso no está. Existen alternativas, como los indicadores de acceso a servicios por barrio, los presupuestos de género o los registros públicos de algoritmos, que miden la ciudad por lo que hace con sus habitantes y no por lo que compra.

La lección es que la próxima vez que un alcalde celebre haber subido cuatro puestos en un ranking global de ciudades inteligentes conviene no aplaudir todavía y preguntar quién construyó la regla, quién la vende y quién queda fuera del cuadro. La ciudad que no se mide no desaparece: simplemente deja de contar, y esa, y no otra, es la decisión política más importante que se toma en una hoja de cálculo.

Preguntas frecuentes

¿Por qué los rankings de ciudades inteligentes son engañosos?

Porque definen la inteligencia urbana por lo que pueden medir en formato descargable, sensores, ancho de banda, trámites digitales, omiten la informalidad, los cuidados, el desplazamiento y el poder, dependen de ponderaciones arbitrarias que reordenan el podio y funcionan como catálogo de los proveedores que venden las soluciones que la métrica exige.

¿Qué debería medir una ciudad en lugar de un ranking?

El tiempo real que tarda una persona sin coche en llegar a un hospital público, cuántos hogares fueron desalojados el último año, qué parte del presupuesto tecnológico está atrapada en licencias que no se pueden auditar y quién es dueño de los datos que la ciudad produce, indicadores que miden lo que la ciudad hace con sus habitantes y no lo que compra.

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