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Ciudades rebeldes de David Harvey: del eslogan al derecho a la ciudad

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Puntos clave

  1. Harvey: la revolución urbana la hacen todos los que producen y reproducen la ciudad, no solo el obrero fabril.
  2. El derecho a la ciudad se vacía cuando lo firman promotores, alcaldes y ONU-Hábitat sin nombrar quién controla el excedente.
  3. El común urbano es una práctica, el acto de poner en común, que exige decisión a escala frente a los comunes de Ostrom.

Ciudades rebeldes, de David Harvey, es el libro de 2012 que convirtió el derecho a la ciudad en el programa de una lucha anticapitalista urbana, y su punto de partida es una pregunta sobre quién hace la revolución. Harvey recuerda que la Comuna de París de 1871 no fue obra solo de obreros fabriles sino de artesanos, jornaleros, desempleados y mujeres que producían y reproducían la ciudad, y sostiene que el sujeto de la transformación no es únicamente el trabajador de la fábrica sino todos los que hacen la vida urbana: quienes construyen, limpian, transportan, cuidan y sostienen la ciudad. Esa ampliación es la clave del libro y lo que lo distingue de la tradición marxista clásica.

Lefebvre, ONU-Hábitat y Brasil: el derecho a la ciudad como significante vacío

El derecho a la ciudad, tomado de Henri Lefebvre, es en Harvey un derecho colectivo, no individual, a decidir cómo se reinvierte el excedente que la urbanización produce, y su preocupación principal es que el eslogan se vacíe. Cuando Harvey publicó el ensayo original en la New Left Review en 2008, la expresión ya circulaba en ONU-Hábitat, en el Foro Urbano Mundial y en el Estatuto de la Ciudad de Brasil de 2001, y advirtió que un derecho que todos suscriben, promotores, alcaldes y organismos internacionales, corre el riesgo de convertirse en un significante vacío: un catálogo de buenas intenciones sin disputa por el poder. Para que signifique algo, escribe, tiene que nombrar a quién se le quita el control del excedente.

Ostrom frente a Harvey: el común urbano como práctica y el problema de la escala

El común urbano es la segunda aportación. Frente a Elinor Ostrom, que estudió cómo comunidades pequeñas gestionan pastos, pesquerías y acequias con reglas propias, Harvey plantea el problema de la escala: los comunes urbanos, el aire, el espacio público, la cultura de un barrio, no se gestionan con asambleas de cien personas, y su respuesta es que el común no es un recurso sino una práctica social, el acto de poner en común, que exige jerarquías anidadas de decisión y un Estado transformado en lugar de la mera autogestión. También muestra que el capital captura los comunes creados por los vecinos mediante la renta de monopolio: el barrio auténtico se vende por lo que sus habitantes crearon.

Merrifield, Purcell, Federici y el Sur global: la recepción crítica

La recepción fue intensa. Andy Merrifield reprochó en La nueva cuestión urbana (2014) que el derecho a la ciudad fuera demasiado vago para orientar una política; Mark Purcell sostuvo que Harvey lee a Lefebvre de forma economicista y deja fuera la autogestión y la vida cotidiana; feministas como Silvia Federici señalaron que los comunes urbanos de Harvey ignoran el trabajo reproductivo que los sostiene, y desde el Sur global se preguntó si un libro centrado en París, Nueva York y Londres explica ciudades donde la mayoría construye su propia casa. Harvey ha respondido incorporando El Alto, Cochabamba y las periferias autoconstruidas como ejemplos de que la política urbana anticapitalista existe fuera del Norte.

El contraargumento de la inversión y la vigencia del libro

El contraargumento de fondo es sencillo: las ciudades necesitan inversión y el excedente urbano que Harvey quiere controlar es el que financia obra nueva, transporte y servicios, de modo que disputarlo puede paralizar la ciudad. Harvey no niega la necesidad de inversión; discute quién decide su destino, y su respuesta es que un excedente reinvertido por decisión democrática construye vivienda y transporte con la misma eficacia con que, reinvertido por el mercado, construye torres vacías y centros comerciales.

La lección de Ciudades rebeldes es que el derecho a la ciudad se vacía si lo firma todo el mundo y se llena cuando nombra un conflicto: quién produce la ciudad, quién se apropia de lo que produce y quién decide. Los movimientos de vivienda, las plataformas de afectados por las hipotecas y los sindicatos de inquilinos que crecieron en la década posterior tomaron el libro como referencia precisamente por esa claridad, y su vigencia se mide en cada ciudad donde el excedente urbano se disputa en la calle.

Preguntas frecuentes

¿Qué propone David Harvey en Ciudades rebeldes?

Que el derecho a la ciudad es un derecho colectivo a decidir cómo se reinvierte el excedente que la urbanización produce, que la lucha anticapitalista debe organizarse en el territorio urbano y no solo en la fábrica, y que los comunes urbanos son una práctica social que el capital captura mediante la renta de monopolio.

¿Qué críticas ha recibido Ciudades rebeldes?

Merrifield consideró el derecho a la ciudad demasiado vago, Purcell reprochó a Harvey una lectura economicista de Lefebvre que deja fuera la autogestión, Federici señaló que sus comunes ignoran el trabajo reproductivo y desde el Sur global se preguntó si un libro centrado en París, Nueva York y Londres explica las ciudades autoconstruidas.

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