Puntos clave
- Las relaciones sociales están geografiadas: moverse por la ciudad no cuesta lo mismo a todo el mundo.
- Un lugar no tiene esencia fija: es el cruce de las relaciones que lo atraviesan en cada momento.
- La globalización conecta a todos, pero unos deciden el flujo y otros solo lo reciben.
El espacio tiene género. Es la tesis de Doreen Massey (1944–2016), geógrafa británica, en Space, Place and Gender (1994): las relaciones de poder y el género intervienen en cómo se construye y se organiza el espacio, y por eso el espacio no es algo fijo ni natural sino un producto social, moldeado sin cesar por las interacciones entre personas y grupos. Espacio y lugar están atados a estructuras de poder que deciden quién accede a ellos y cómo se usan, y eso cambia la manera de entender la geografía y las relaciones sociales.
Un punto central de su obra es que las relaciones sociales están profundamente geografiadas: las formas en que nos movemos y ocupamos el espacio llevan la marca del poder, y en particular del género. La tradición asoció a las mujeres con el espacio privado, el hogar, y a los hombres con el espacio público. Massey cuestiona esa dicotomía y muestra que la división refuerza las estructuras patriarcales y limita el acceso de las mujeres al poder y a la participación en la esfera pública: la calle, la plaza y el trabajo remunerado.
Las geometrías del poder
De ahí su concepto de geometrías del poder, que describe cómo personas y grupos experimentan el espacio de manera distinta según su posición en las jerarquías sociales. Esas geometrías no se aplican solo al género sino también a la clase y a la raza. Mientras algunos tienen libertad para moverse entre espacios y acceder a recursos, otros encuentran barreras por su género, su etnia o su condición económica; y algunos, además, controlan la movilidad de los demás. El análisis explica cómo la organización espacial refuerza las desigualdades sociales en lugar de reflejarlas sin más.
El lugar no es estático
Massey reflexiona también sobre espacio e identidad. El lugar no es algo estático sino algo en cambio constante, definido por las relaciones que se desarrollan en él y que lo atraviesan desde fuera. Los lugares no tienen una identidad fija: los forman las experiencias de quienes los habitan y las interacciones que ocurren en ellos, y por eso las identidades son también relacionales y se construyen en diálogo con el espacio. Su ejemplo favorito era Kilburn, su barrio de Londres, hecho de conexiones con medio mundo.
Globalización desigual
Otra aportación importante es su crítica a la idea de compresión espacio-temporal asociada a la globalización. Aunque la tecnología y la globalización han reducido las distancias y aumentado la interconexión, no todos experimentan esos cambios igual: para algunos el mundo se ha vuelto accesible; otros siguen frente a barreras considerables, o son movidos sin haberlo decidido. Esa desigualdad en el acceso al espacio y a los beneficios de la globalización es la expresión más clara de las geometrías del poder.
Space, Place and Gender ofrece así un marco para entender cómo espacio, poder y género están conectados. Su análisis desafía la concepción del espacio como escenario pasivo y muestra cómo las relaciones sociales lo producen y lo reproducen, y da una herramienta crítica para examinar las desigualdades espaciales y su efecto en la vida de las personas. Buena parte del urbanismo con perspectiva de género que hoy aplican ciudades como Viena o Barcelona parte de esta lectura.
Preguntas frecuentes
¿Qué son las geometrías del poder de Doreen Massey?
La idea de que las personas y los grupos experimentan el mismo espacio de forma distinta según su posición en las jerarquías sociales: unos controlan los flujos, otros los aprovechan y otros simplemente los padecen.
¿Por qué Massey dice que el lugar no es estático?
Porque un lugar no tiene una identidad propia que preservar, sino que se define por las relaciones que lo atraviesan en un momento dado, y esas relaciones cambian constantemente.