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Calle y movilidad

Flâneur y deriva urbana: caminar sin rumbo en la ciudad

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Puntos clave

  1. El flâneur nació de una infraestructura concreta: pasajes cubiertos, bulevares anchos y escaparates de vidrio.
  2. Benjamin vio la trampa: la mirada ociosa del paseante era la atención que el escaparate necesitaba.
  3. Pasear sin rumbo fue siempre un privilegio repartido según el género y la clase.

El flâneur es el paseante que recorre la ciudad sin destino ni prisa, con el único propósito de mirarla, y es la figura con que la literatura del siglo XIX nombró una forma de estar en la calle que hoy parece casi un gesto de resistencia. Walter Benjamin recuerda que hacia 1839 estuvo de moda en los pasajes de París pasear una tortuga atada con una correa y dejar que ella marcara el ritmo. La anécdota resume la pregunta de fondo: en una ciudad que convierte el tiempo en dinero y cada recorrido en un trayecto con destino, ¿sigue siendo rebelde caminar sin rumbo, sin comprar y sin mirar el móvil?

Qué es un flâneur y de dónde viene

Charles Baudelaire fijó la figura en El pintor de la vida moderna (1863): alguien que hace de la multitud su casa, que está fuera de su hogar y a la vez en todas partes, y que observa sin ser del todo parte de lo que observa. Benjamin, que dedicó a París su inacabado Libro de los pasajes, escribió que el flâneur botaniza sobre el asfalto: estudia rostros, escaparates y gestos como un naturalista estudia plantas. Su oficio no es llegar, es mirar, y lee la ciudad como otros leen un libro.

La figura no nació de una idea sino de una infraestructura concreta. Los pasajes cubiertos de París, con suelo de losa, techo de vidrio y luz de gas, permitían caminar a resguardo cuando la calle era todavía barro, oscuridad y carruajes. Después llegaron los bulevares de Haussmann, con aceras anchas y terrazas, y el escaparate de vidrio grande, que convirtió la fachada en pantalla. Cuando los grandes almacenes vaciaron los pasajes, Benjamin los estudió como ruinas de un sueño comercial. La lección sirve para cualquier ciudad: sin acera, sombra y fachadas que se puedan mirar, el paseo es imposible.

Mirar tiene un precio: multitud, cámara y escaparate

Mirar nunca fue inocente. Georg Simmel describió en La metrópolis y la vida mental (1903) una mente saturada de estímulos que se protege con la actitud blasé, una indiferencia aprendida para soportar el ruido y las miradas. Edgar Allan Poe había escrito en El hombre de la multitud (1840) sobre un anciano que recorre Londres sin poder detenerse, y Benjamin vio en él al flâneur convertido en compulsión. Susan Sontag, en Sobre la fotografía (1977), describió al fotógrafo como una versión armada del paseante solitario, que caza escenas en lugar de contemplarlas.

Aquí aparece la trampa que Benjamin señaló con más claridad. Los pasajes no existían para pasear, sino para vender, y la mirada ociosa del flâneur era exactamente la atención distraída que el escaparate necesitaba. El espectador libre acababa funcionando como comprador en potencia, y el gesto que parecía resistencia se convertía en motor del comercio. Los centros comerciales actuales, con su temperatura constante, sus recorridos sin salida visible y su ausencia de relojes, son herederos directos de esa arquitectura: diseñan el paseo para que termine en la caja.

Quién podía pasear sin rumbo y quién puede hoy

Falta la pregunta que la figura clásica esconde: quién podía permitirse caminar sin rumbo. El flâneur del siglo XIX era casi siempre un hombre con tiempo y renta. Rebecca Solnit recuerda en Wanderlust (2000) que la mayoría de la gente camina para ir a trabajar, y que una mujer sola vagando por la calle despertaba sospecha. Lauren Elkin reivindicó en Flâneuse (2016) a las mujeres que caminaron y miraron la ciudad pese a todo, de George Sand a Virginia Woolf. Pasear sin rumbo nunca fue un derecho neutro: fue un privilegio repartido según el género y la clase.

Hay otra forma de leer el paseo que le devuelve su fuerza política. Michel de Certeau propuso en La invención de lo cotidiano (1980) que caminar es como hablar: cada paso es una palabra y cada recorrido una frase que nadie dictó, porque ningún peatón sigue el plano que dibujó el urbanista. Los situacionistas de Guy Debord llevaron la idea a la práctica con la deriva, un recorrido sin plan para descubrir cómo el trazado urbano empuja y retiene a quien camina. Caminar sin rumbo y sin pantalla sigue incomodando porque produce algo que la ciudad del consumo no sabe cobrar: atención propia.

Preguntas frecuentes

¿Qué es un flâneur?

Un paseante que recorre la ciudad sin destino ni prisa, con el único propósito de mirarla. Baudelaire fijó la figura en 1863 y Walter Benjamin la estudió en su Libro de los pasajes como producto del París del siglo XIX.

¿Qué es la deriva situacionista?

Un recorrido urbano sin plan que Guy Debord y los situacionistas propusieron en los años cincuenta para descubrir cómo el trazado de la ciudad empuja y retiene a quien camina. Es la base de la psicogeografía.

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