Puntos clave
- El flâneur nació de una infraestructura concreta: pasajes cubiertos, bulevares anchos y escaparates de vidrio.
- Benjamin vio la trampa: la mirada ociosa del paseante era la atención que el escaparate necesitaba.
- Pasear sin rumbo fue siempre un privilegio repartido según el género y la clase.
Imagina una galería comercial de París. Hace casi dos siglos, un hombre pasea entre los escaparates. No tiene prisa. No compra nada. Lleva una tortuga atada a una correa y deja que ella marque el ritmo. Camina a paso de tortuga mientras el resto de la ciudad se acelera. Esta escena, que recuerda el filósofo Walter Benjamin, no es una excentricidad cualquiera. Es una pequeña protesta. El paseante se niega a correr en una ciudad que empieza a medir el tiempo como dinero. Y aquí nace una pregunta incómoda. ¿Puede caminar sin rumbo, sin destino y sin comprar, ser todavía un acto de rebeldía?
Qué es un flâneur y de dónde viene
A esa figura la llamamos flâneur. El término aparece en el París que la industria transforma. El poeta Charles Baudelaire lo usa para nombrar a quien recorre la ciudad como un espectáculo. El flâneur observa la multitud sin mezclarse del todo con ella. Consume la calle con los ojos. Benjamin dice que el flâneur botaniza sobre el asfalto, como un naturalista que estudia flores. Solo que sus flores son los rostros, las vitrinas y los gestos anónimos. Su oficio no es llegar a ningún sitio. Su oficio es mirar. Lee la ciudad igual que otros leen un libro, buscando historias en cada esquina.
Conviene preguntarse por qué esa figura aparece en ese sitio y no en otro. El paseo necesitaba una ciudad que lo permitiera. Las galerías cubiertas fueron exactamente eso. Pasajes con suelo de piedra, techo de vidrio y luz de gas, cuando la calle todavía era barro, oscuridad y carros. Dentro se podía andar sin mancharse y sin esquivar caballos. Más tarde llegaron los grandes bulevares, con aceras anchas y terrazas de café. Y llegó el escaparate de vidrio grande, que convirtió la pared en pantalla. El flâneur no nació de una idea. Nació de una infraestructura muy concreta. Cuando abrieron los grandes almacenes, esos pasajes se vaciaron y quedaron como reliquias. Benjamin los estudió justo cuando ya eran ruinas. El paseante siempre depende del suelo que pisa.
Mirar tiene un precio: multitud, cámara y escaparate
Pero mirar nunca es inocente. El flâneur observa y, al mismo tiempo, la ciudad lo observa a él. Camina expuesto entre desconocidos que también lo miran. El sociólogo Georg Simmel estudia esta tensión en la gran ciudad. Describe una mente saturada de estímulos que aprende a defenderse con indiferencia. El paseante finge frialdad para soportar el ruido y las miradas. Esa distancia elegante es su armadura. Susan Sontag lleva la idea más lejos con la cámara de fotos. Dice que el fotógrafo es una versión armada del paseante solitario. El objetivo caza escenas y el caminante voyerista descubre la ciudad como un paisaje de extremos.
Conviene distinguir al flâneur de su sombra. Edgar Allan Poe escribe un cuento sobre un hombre de la multitud. Un narrador, sentado en un café de Londres, observa a la gente pasar tras el cristal. De pronto sigue a un anciano de rostro extraño por toda la ciudad. Camina horas sin descanso, incapaz de detenerse. Benjamin advierte que ese hombre ya no es un flâneur. En él la calma se ha vuelto manía. El flâneur pasea por placer y elige su ritmo. El hombre de la multitud camina por angustia y no puede parar. Entre ambos hay una frontera fina, y la ciudad moderna empuja hacia el segundo.
Quién podía pasear sin rumbo y quién puede hoy
Aquí aparece la trampa. El flâneur cree ser un espectador libre. Recorre las galerías convencido de que solo mira. Pero esos pasajes de hierro y vidrio no existen para pasear. Existen para vender. Benjamin los llama las ruinas de una clase que sueña con mercancías. El paseante entra como observador y sale como comprador potencial. Su mirada ociosa alimenta el escaparate. Cada vitrina está diseñada para atrapar justo esa atención distraída. Así, el gesto que parecía resistencia se vuelve motor del comercio. El flâneur no domina la ciudad del consumo. Muchas veces la ciudad del consumo lo usa a él. La libertad de mirar tiene dueño.
Y falta una pregunta mayor. ¿Quién puede permitirse pasear sin rumbo? El flâneur clásico es un hombre con tiempo y dinero de sobra. Rebecca Solnit recuerda que casi siempre fue un varón de clase acomodada. La mayoría de la gente camina para trabajar, no para contemplar. Además, durante mucho tiempo la calle no fue igual para todas. Una mujer sola que vagaba despertaba sospecha o peligro. Lauren Elkin reivindica entonces a la flâneuse. Muestra que muchas mujeres caminaron y miraron la ciudad pese a todo. Pasear libremente nunca fue un derecho neutro. Fue un privilegio repartido de forma desigual, marcado por el género y la clase. Solnit añade algo más, y va al fondo del asunto. Sostiene que la mente trabaja a la velocidad del paso humano. Quien no puede caminar tranquilo tampoco puede pensar así.
Hay otra manera de leer el paseo. El pensador Michel de Certeau observa a los caminantes desde lo alto de la ciudad. Ve que cada persona traza su propio recorrido por las calles. Ninguna sigue el plano exacto que dibujó el urbanista. Para él, caminar es como hablar. Cada paso es una palabra y cada ruta, una frase. La gente escribe la ciudad con los pies, sin darse cuenta. El flâneur convierte ese gesto común en un arte consciente. No solo recorre el mapa oficial. Inventa atajos, se detiene donde nadie mira y descubre rincones olvidados. Caminar, entonces, no es obedecer la ciudad. Es reescribirla en silencio, calle a calle.
Un grupo de artistas quiso convertir ese gesto en un método. Guy Debord y los situacionistas llamaron deriva a caminar dejando de lado los motivos de siempre. Nada de ir al trabajo ni de hacer un recado. Se trata de dejarse llevar por lo que el terreno atrae o rechaza. A ese estudio lo llamaron psicogeografía. El efecto preciso del entorno sobre las emociones y la conducta de cada persona. Debord citaba el mapa de una estudiante de París seguido durante un año entero. Sus recorridos dibujaban un triángulo minúsculo. Su casa, su facultad y la casa de su profesora de piano. Vivía en una ciudad inmensa y usaba una esquina mínima de ella. La deriva era el intento de romper ese triángulo. Caminar mal, a propósito, para ver el resto.
Hay además un motivo material por el que hoy cuesta pasear. La calle dejó de ser del peatón, y eso se decidió. El historiador Peter Norton reconstruyó cómo ocurrió en las ciudades norteamericanas hace un siglo. Cuando los coches empezaron a matar gente, la culpa recaía sobre el conductor. La industria del automóvil invirtió mucho dinero en darle la vuelta al asunto. Difundió la palabra jaywalking, que venía a significar paleto que cruza mal. Ridiculizó al peatón en la prensa, en la radio y en campañas escolares. En pocos años, cruzar la calle pasó de ser normal a ser una infracción. El caminante quedó confinado a una franja estrecha junto a los edificios. No perdió la calle por comodidad. La perdió en una disputa que ganó otro.
Y queda una condición menos obvia. Caminar despacio depende de lo que hay a los lados. El arquitecto Jan Gehl pasó años contando gente en las calles de Copenhague. Descubrió que el mismo peatón cambia de velocidad según la planta baja. Frente a fachadas abiertas, con puertas y ventanas cada pocos metros, la gente se detiene. Frente a muros ciegos, aprieta el paso y no vuelve. El psicólogo Colin Ellard lo midió en Nueva York con sensores. Llevó a varias personas ante la fachada larga y cerrada de un supermercado. El aburrimiento y la inquietud se dispararon en apenas un tramo de acera. Unas calles más allá, entre locales pequeños, el ánimo cambiaba por completo. Una ciudad caminable no es solo una ciudad con aceras. Es una ciudad con algo que mirar a la altura de los ojos.
Volvamos entonces al presente. Hoy casi nadie camina sin mirar una pantalla. Nuestra atención se ha vuelto la mercancía más cotizada. Cada aplicación compite por capturar los ojos que antes vagaban por la calle. En este contexto, el paseo del flâneur cambia de sentido. Salir sin destino, sin teléfono y sin producir nada suena casi subversivo. No se trata solo de andar. Se trata de recuperar una mirada que nadie mide ni vende. Diversos estudios sobre la atención señalan que caminar despacio serena la mente. Pero cabe leerlo también como un pequeño acto político. Devolver los ojos a la ciudad, y no a la pantalla, es hoy una elección. Y es una elección que se toma varias veces al día, casi sin pensarla. Cada semáforo es una pequeña oportunidad de mirar o de bajar la vista.
Y así regresamos a la pregunta del inicio. ¿Puede caminar sin rumbo ser un acto de rebeldía? La respuesta no es simple. El flâneur nunca fue del todo libre ni del todo inocente. Miró la ciudad, pero también fue mirado y usado. Su paseo escondía un privilegio y alimentaba un escaparate. Y sin embargo, algo de su gesto sigue vivo. En una época que quiere nuestra atención a cada segundo, detenerse a mirar cuesta esfuerzo. Quizá caminar sin destino no cambie la ciudad. Pero cambia la forma en que la ciudad nos cambia a nosotros. Tal vez el sentido nunca estuvo en llegar. Estaba en atreverse a mirar.
Preguntas frecuentes
¿Qué es un flâneur?
Un paseante que recorre la ciudad sin destino ni prisa, con el único propósito de mirarla. Baudelaire fijó la figura en 1863 y Walter Benjamin la estudió en su Libro de los pasajes como producto del París del siglo XIX.
¿Qué es la deriva situacionista?
Un recorrido urbano sin plan que Guy Debord y los situacionistas propusieron en los años cincuenta para descubrir cómo el trazado de la ciudad empuja y retiene a quien camina. Es la base de la psicogeografía.