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Clima y naturaleza

Ciudad animal: urbanismo para palomas, ratas y zorros

Ciudad Animal. ¿Y si diseñáramos las ciudades para los animales y no solo para nosotros? Exploramos la Zoöpolis, la ciudad no humana: un urbanismo que rompe el enfoque antropocéntrico y piensa la coexistencia con palomas, zorros, ríos y árboles. Hablamos de derechos de los animales, biodiversidad urbana, diseño multiespecie y por qué la ciudad nunca fue solo nuestra, con Jennifer Wolch, Donaldson y Kymlicka. Recorremos la Zoöpolis de Jennifer Wolch, la ciudadanía animal que proponen Sue Donaldson y Will Kymlicka, y la pregunta de Christopher Stone sobre si los árboles deberían tener derechos. Vemos al zorro que aprendió los horarios de la basura, al halcón que anida en una cornisa como si fuera un acantilado, y por qué el río enterrado bajo el asfalto sigue estando ahí.

Puntos clave

  1. Wolch propuso la zoópolis: una ciudad pensada también para los animales que ya viven en ella.
  2. Donaldson y Kymlicka dividen a los animales urbanos en domésticos, liminales y salvajes.
  3. Puentes verdes, ladrillos con huecos y vidrio visible son medidas concretas, no metáforas.

Mira por la ventana de cualquier ciudad. Una paloma se posa en un cable. Una rata cruza el borde de una alcantarilla. Un zorro camina de noche por un parque vacío. Un halcón anida en la cornisa de una torre. Nadie los invitó, pero ahí están. Construimos las calles como si solo viviéramos nosotros. Y aun así, cada esquina está llena de vida no humana. Algunos animales incluso se han vuelto nocturnos para evitarnos. Salen cuando dormimos, porque el día nos pertenece. La ciudad es su hábitat, aunque fue diseñada en su contra. Y aquí surge una pregunta extraña. ¿Y si diseñáramos las ciudades también para ellos? Esa idea tiene un nombre. Se llama Zoöpolis, la ciudad no humana.

El término lo acuñó la geógrafa Jennifer Wolch. Ella observa un problema en cómo pensamos las ciudades. Las diseñamos de forma antropocéntrica, es decir, solo para el ser humano. La naturaleza queda como decorado o como molestia. Wolch va más allá con una idea incómoda. Nuestra distancia con los animales no es natural. Está construida en la propia estructura de la ciudad. Las calles, los edificios y la economía nos separan de lo vivo. Frente a eso, Wolch imagina otra cosa. Una ciudad donde muchas especies conviven y pertenecen. No un zoológico, sino un lugar compartido. La ciudad, sugiere Wolch, también podría ser su casa. La Zoöpolis no encierra a los animales. Aprende a vivir con ellos.

Zoópolis: tres grupos de animales

Otros pensadores llevaron la idea al terreno político. Sue Donaldson y Will Kymlicka escribieron un libro clave. Se preguntan qué derechos tienen los animales sobre la ciudad. Y proponen tres grandes grupos. Primero, los domésticos, como el perro o el gato. Los trajimos a casa, así que serían casi ciudadanos. Segundo, los liminales, como la paloma o el zorro. Viven entre nosotros sin invitación, como vecinos silenciosos. Tercero, los salvajes, que tienen su propio territorio. En su mundo, mandan ellos, no nosotros. Este esquema cambia por completo la mirada. El animal deja de ser plaga o propiedad. Pasa a ser alguien con un lugar y unos derechos. La justicia, dicen, no debería detenerse en nuestra especie.

Fijémonos en el grupo del medio, el más incómodo. La rata y la paloma nos parecen enemigos. Lanzamos campañas para exterminarlas de raíz. Donaldson y Kymlicka hacen aquí una comparación dura. Dicen que esas guerras recuerdan a las purgas de poblaciones no deseadas. La idea escuece, pero obliga a pensar. Esos animales no invadieron nada. Se adaptaron a la ciudad que nosotros creamos. Nuestros restos de comida los atraen. Nuestros edificios les dan refugio. En cierto sentido, son refugiados de nuestro propio mundo. No llegaron contra la ciudad. Llegaron gracias a ella. Tratarlos solo como plaga esconde esa responsabilidad.

Por qué la ciudad les conviene

Antes de rediseñar nada, conviene entender por qué vienen. La ciudad no es mal sitio para vivir si eres pequeño. Es varios grados más cálida que el campo que la rodea, sobre todo de noche. Ese calor permite pasar el invierno a especies que antes no podían. Hay comida constante y previsible, en horarios que se aprenden. Un zorro urbano sabe qué día se saca la basura en su calle. Y hay muchos menos depredadores grandes que en un bosque. Las torres de oficinas funcionan además como acantilados artificiales. Por eso el halcón peregrino, que criaba en riscos, hoy anida en rascacielos. No se ha equivocado de sitio. Ha encontrado un acantilado con palomas incluidas. Nada de esto es una anomalía. Es lo que haría cualquier especie con opciones.

Y la ciudad no solo los acoge. También los está cambiando. El biólogo Hans Slabbekoorn comparó el canto de los carboneros en varias ciudades. Los urbanos cantan más agudo, porque el grave se pierde bajo el ruido del tráfico. Un análisis global de cámaras trampa encontró algo parecido en los mamíferos. Cerca de la actividad humana se vuelven alrededor de un tercio más nocturnos. La bióloga Kristin Winchell midió lagartijas en San Juan de Puerto Rico. Las de ciudad tienen las patas más largas y las almohadillas de los dedos más grandes. Agarran mejor el cristal y el hormigón que sus parientes del bosque. Esto ya no es solo adaptación de conducta. Es evolución ocurriendo a la velocidad de una obra.

Ese ajuste tiene un precio, y lo pagan ellos. El ornitólogo Daniel Klem lleva décadas estudiando un problema casi invisible. Las aves no ven el vidrio. Ven el reflejo del cielo o de los árboles, y vuelan hacia él. Las estimaciones hablan de cientos de millones de aves al año solo en Estados Unidos. No mueren en accidentes espectaculares, sino de una en una, contra ventanas. La luz nocturna hace algo parecido con los insectos. Las farolas los atraen y los agotan hasta que caen. Y desorientan a las aves migratorias que se guían por las estrellas. Nada de esto se decidió. Es el efecto secundario de dos materiales que nos gustan mucho. Bastaría con marcar el vidrio y apagar lo que nadie está usando.

Puentes verdes, ladrillos huecos y vidrio visible

Y entonces, ¿cómo se construye una ciudad así? La respuesta es más concreta de lo que parece. Existen puentes verdes para que los animales crucen las autopistas. Existen ladrillos con huecos para que aniden vencejos y murciélagos. Se pueden dejar estanques, setos y rincones oscuros. Se puede usar vidrio que las aves no confundan con el cielo. Se pueden apagar luces que desorientan a los insectos de noche. A esto algunos lo llaman diseño asistido por animales. La filósofa Donna Haraway lo resume bien. Nos volvemos quienes somos a través de otras especies. Bajo esa mirada, el jardín no es un lujo. Es una forma de compartir el suelo. Diseñar con los animales, y no solo para nosotros, cambia la ciudad entera.

Hay un habitante que solemos olvidar del todo. El agua. Casi todas las ciudades crecieron sobre arroyos que después enterraron. Se les puso una bóveda encima y acabaron convertidos en alcantarillas. Pero el río sigue ahí abajo, y sigue mandando. Marca por dónde se curvan las calles y dónde se inunda cada tormenta. Seúl hizo el experimento contrario hace unas dos décadas. Derribó una autopista elevada y descubrió el arroyo que corría debajo. La temperatura de la zona bajó varios grados en verano. Volvieron peces, insectos y aves que llevaban generaciones ausentes. Y el tráfico que usaba aquella autopista no reapareció entero en otro sitio. Desenterrar un río resultó ser también una decisión de movilidad.

La idea se puede estirar todavía más lejos. ¿Y si no hablamos solo de animales? El jurista Christopher Stone lanzó una pregunta famosa. ¿Deberían los árboles tener derechos ante la ley? Sonaba absurdo, pero la semilla creció. Hoy existen ríos reconocidos como personas jurídicas. Alguien puede defenderlos en un tribunal, como a un ciudadano. La Zoöpolis se convierte así en una comunidad amplia. No solo de personas, sino de seres vivos con voz. El río, el árbol y el animal dejan de ser cosas. Empiezan a ser parte del cuerpo político de la ciudad. Ya no son un fondo, sino un actor. Es un cambio enorme en quién cuenta como sujeto.

Objeciones serias y cómo medirlo

Conviene, sin embargo, escuchar las objeciones serias. ¿No es todo esto demasiado romántico? La ciudad protege a las personas de enfermedades y peligros. Alguien debe decidir cuándo un animal es una amenaza real. Dar derechos a las ratas suena, para muchos, a locura. Y hay un riesgo más sutil todavía. A veces, embellecer la naturaleza sube los precios del barrio. El parque nuevo puede expulsar a los vecinos más pobres. Así, la ciudad verde se vuelve una ciudad excluyente. Pero el antropocentrismo también tiene un coste enorme. Ciudades estériles, biodiversidad en caída y una soledad profunda. Entre controlar la naturaleza y convivir con ella hay una tensión real.

Y si esto va en serio, hace falta poder medirlo. El investigador Cecil Konijnendijk propuso una regla fácil de recordar. Tres árboles visibles desde cada vivienda. Un treinta por ciento de copa cubriendo cada barrio. Y un parque decente a menos de trescientos metros de tu puerta. La gracia está en que cualquiera puede comprobarla desde su ventana. Y cuando se comprueba, aparece siempre el mismo patrón. Los barrios con menos árboles son los barrios con menos renta. En varias ciudades, el mapa de la sombra se parece al mapa antiguo de la discriminación. Esas calles son hoy varios grados más calurosas que las del centro acomodado. La biodiversidad urbana no es un adorno. Es también una cuestión de reparto.

Volvamos entonces a la pregunta del inicio. ¿Y si diseñáramos las ciudades también para los animales? Quizá la pregunta no trate solo de ellos. Trata de admitir algo que olvidamos. La ciudad nunca fue únicamente nuestra. Siempre la compartimos con miles de vidas ajenas. La Zoöpolis no pide renunciar a lo humano. Pide ampliar el círculo de a quién llamamos vecino. Reconocer al otro no nos hace menos humanos. Tal vez una buena ciudad no se mida solo por nosotros. Se mida por cuánto espacio deja a lo que no somos. La paloma en el cable ya vive aquí. La pregunta es si la seguimos viendo como intrusa.

Preguntas frecuentes

¿Qué es una zoópolis?

La ciudad pensada también para los animales que ya viven en ella, propuesta por la geógrafa Jennifer Wolch frente a un urbanismo que solo atiende a las necesidades humanas.

¿Qué medidas hacen una ciudad más habitable para la fauna?

Puentes verdes sobre las autopistas, ladrillos con huecos para vencejos y murciélagos, vidrio con marcas visibles para las aves, ríos enterrados devueltos a la superficie y arbolado suficiente.

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