Puntos clave
- Todo piloto necesita un lugar donde fallar sea barato; el Sur ofrece suelo barato, regulación flexible y poco poder de veto.
- Eko Atlantic protege a quien vive dentro del muro y puede agravar la erosión en las costas de quienes nunca fueron consultados.
- Próspera reclamó cerca de once mil millones de dólares a Honduras cuando el país derogó su régimen especial.
El urbanismo experimental en el Sur global es la costumbre de ensayar las ciudades del futuro lejos de donde se diseñan: un vídeo promocional muestra torres de cristal levantándose sobre el mar frente a la costa de Lagos, avenidas limpias y familias sonrientes generadas por ordenador, y la cámara nunca gira hacia el otro lado de la valla, donde un barrio real se inunda con cada marea alta. El urbanismo actual funciona cada vez más por pilotos, proyectos demostrativos que prueban una tecnología, un modelo de gestión o una solución basada en la naturaleza, y todo piloto necesita un lugar donde fallar sea barato. El Sur ofrece exactamente eso: suelo barato, regulación flexible, gobiernos ávidos de inversión y poblaciones con poco poder de veto. La pregunta es quién diseña, quién financia y quién asume el riesgo.
Robinson, Roy y Watson: el cuestionario poscolonial
La teoría urbana ha nombrado el patrón. Jennifer Robinson mostró en Ordinary Cities (2006) que la teoría urbana se construyó estudiando un puñado de metrópolis del Norte presentadas como universales; Ananya Roy describió cómo los modelos urbanos circulan por el mundo como recetas listas para usar, desligadas de su contexto; y la urbanista sudafricana Vanessa Watson acuñó en 2014 el término fantasías urbanas africanas para las imágenes digitales importadas de ciudades de rascacielos proyectadas sobre ciudades africanas reales. De esa literatura sale un cuestionario poscolonial sencillo: cuando las respuestas a quién diseña, quién financia y quién asume el riesgo señalan lugares distintos, la sospecha está justificada. En medicina, probar un tratamiento en personas que no consintieron sería un escándalo; en urbanismo se llama piloto y se aplaude en congresos.
Eko Atlantic: el experimento climático que externaliza la ola
El primer caso es la ciudad de torres sobre el mar. Frente a Lagos, Eko Atlantic se levanta sobre suelo ganado al océano tras un muro marino, comercializada como refugio frente a la subida del nivel del mar y escaparate del futuro africano, con diseño y capital en gran parte extranjeros. La evidencia disponible muestra dos efectos incómodos: la protección llega solo a quien puede pagar una vivienda dentro del perímetro, y varios estudios advierten de que el propio muro puede agravar la erosión en las costas vecinas, donde vive la gente a la que nunca se consultó. El experimento climático se blinda y externaliza la ola.
Las cien ciudades inteligentes de la India: el urbanismo de la velocidad
El segundo caso es el programa indio de cien ciudades inteligentes, lanzado en 2015: sensores, aplicaciones, centros de control y ciudades nuevas construidas a toda velocidad como escaparate nacional. La geógrafa Ayona Datta, que lo ha estudiado de cerca, describe un urbanismo de la velocidad en que la prisa del piloto atropella el tiempo lento de la democracia local. Para construir algunas de esas ciudades modelo se adquirió tierra agrícola de miles de familias con compensaciones disputadas y sin voto real sobre el proyecto, y el ciudadano inteligente de las imágenes rara vez coincide con el habitante que ya vivía allí. Primero se prueba la tecnología; después se negocian los derechos.
Próspera en Honduras y los créditos de carbono: experimentos que exigen inmunidad
El tercer caso, el más extremo, es la ciudad experimental con leyes propias. En la isla hondureña de Roatán, inversores extranjeros promovieron Próspera, un enclave privado bajo un régimen legal especial con normas, tribunales y gobernanza propios, cuyas comunidades vecinas nunca votaron su creación. Cuando Honduras derogó el marco legal en 2022, los promotores reclamaron al Estado una compensación cercana a once mil millones de dólares ante un arbitraje internacional. Aquí el laboratorio muestra su rasgo más puro: el experimento exige inmunidad frente al territorio que lo acoge. Algo parecido ocurre con ciertos proyectos de compensación de carbono, bosques y manglares gestionados para absorber emisiones ajenas mientras se restringen los usos de las comunidades que vivían de ellos.
El contraargumento merece lealtad. Estos proyectos traen inversión, empleo e infraestructura a lugares que los necesitan, muchos gobiernos del Sur los buscan activamente y experimentar no es malo en sí: el dinero móvil nacido en Kenia y el autobús rápido inventado en Curitiba viajaron de Sur a Norte y fueron copiados en todo el mundo. El problema no es que existan experimentos ni de dónde venga la idea, sino cómo se reparten el consentimiento, el beneficio y el riesgo. Esa distinción separa la cooperación de los ensayos en terceros, y da a los urbanistas una prueba para aplicar a cada ciudad escaparate: si la gente al otro lado de la valla la eligió, gana con ella y podía decir que no.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el urbanismo experimental en el Sur global?
Es la práctica de probar nuevas tecnologías, modelos de gestión o soluciones basadas en la naturaleza mediante proyectos piloto en ciudades del Sur, donde el suelo es barato, la regulación flexible y las poblaciones tienen poco poder de veto, mientras el diseño y la financiación vienen de otra parte y el riesgo se queda con los habitantes.
¿Qué preguntas conviene hacer ante una ciudad escaparate?
Quién diseña, quién financia y quién asume el riesgo; cuando las tres respuestas señalan lugares distintos, y cuando la gente junto al proyecto no lo eligió, no gana con él y no podía decir que no, se trata de un ensayo en terceros y no de cooperación.