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Urbanización china: suelo, superbloques, hukou y ciudades fantasma

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Puntos clave

  1. Menos del 20 % de los chinos vivía en ciudades en 1978; en 2023, más del 66 %, más de 900 millones de personas.
  2. La financiación basada en el suelo supuso durante años más de un tercio de los ingresos municipales chinos.
  3. El hukou deja a cientos de millones de migrantes como urbanos de cuerpo y rurales de papel, sin servicios plenos.

La urbanización china es el mayor traslado de población del campo a la ciudad de la historia: en 1978, cuando empezaron las reformas de Deng Xiaoping, menos del 20 % de los chinos vivía en ciudades, y en 2023 la proporción superaba el 66 %, más de 900 millones de personas, según la Oficina Nacional de Estadística. Entre 2011 y 2013 China consumió más cemento que Estados Unidos en todo el siglo XX. Ese crecimiento no fue espontáneo sino el resultado de un sistema con cuatro piezas que explican sus logros y sus contradicciones: la propiedad estatal del suelo, el superbloque como unidad de construcción, el registro de residencia hukou y la sobreconstrucción que produjo las ciudades fantasma.

Financiación basada en el suelo: crecer es el negocio

La primera pieza es el suelo. En China el suelo urbano pertenece al Estado y no se vende: se conceden derechos de uso por 40, 50 o 70 años. Los gobiernos municipales descubrieron en los años noventa que podían tomar suelo rural, reclasificarlo como urbano, urbanizarlo y subastar los derechos de uso a promotores por cifras enormes, y financiar con ese dinero metro, autopistas, parques y aeropuertos que a su vez revalorizaban el siguiente terreno. Los economistas lo llaman financiación basada en el suelo, y durante años supuso más de un tercio de los ingresos municipales. La consecuencia es que las ciudades chinas crecen porque crecer es el negocio, con o sin población que las llene.

El superbloque: la ciudad estampada y la rectificación de 2016

La segunda pieza es el superbloque. Mientras una manzana del Ensanche de Barcelona mide poco más de cien metros, un superbloque chino puede medir medio kilómetro de lado: un recinto residencial, a menudo cerrado, con miles de viviendas idénticas diseñadas y construidas de una vez, rodeado de avenidas de ocho o diez carriles. Es más rápido aprobar y financiar un paquete de diez mil viviendas que mil proyectos pequeños, y la ciudad se estampa en lugar de tejerse. El precio son calles sin vida y distancias imposibles a pie, y en 2016 el Consejo de Estado ordenó abrir los recintos cerrados y volver a manzanas pequeñas y calles densas, una rectificación que avanza despacio porque deshacer hormigón cuesta más que verterlo.

Hukou: urbanos de cuerpo, rurales de papel

La tercera pieza es el hukou, el registro de residencia heredado de los padres que clasifica a cada ciudadano como urbano o rural y lo vincula a un lugar, y que decide el acceso a escuela, sanidad y pensión. Cerca de 300 millones de trabajadores migrantes viven en ciudades donde no tienen hukou local: construyen los rascacielos de Shenzhen y reparten la comida de Shanghái, pero sus derechos se quedaron en la aldea. Es la paradoja central del modelo: la urbanización más masiva de la historia se hizo con un freno demográfico incorporado, que abre la ciudad al trabajo pero no a la ciudadanía plena. Las reformas recientes relajan el hukou en ciudades medias y lo mantienen estricto en Pekín y Shanghái.

Ciudades fantasma, aldeas urbanas y la deuda de Evergrande

La cuarta pieza es la sobreconstrucción. Cuando construir es el negocio se construye de más, y así nacieron las ciudades fantasma: distritos nuevos con torres, museos y estadios y casi nadie dentro, como Kangbashi en Ordos, Mongolia Interior, planificada para cientos de miles de habitantes y vacía durante años. El matiz es que muchos de esos distritos acabaron llenándose, porque China construye primero y puebla después; el problema real es la deuda que los financió y el colapso de promotoras como Evergrande desde 2021. Otra contradicción son las aldeas urbanas, pueblos rurales engullidos por la ciudad que conservan propiedad colectiva y alojan a millones de migrantes en edificios densísimos, como los de Shenzhen.

La lección de la urbanización china es que un Estado con control del suelo puede construir en treinta años lo que otros tardaron un siglo, y que la velocidad tiene costes: dependencia municipal de la venta de suelo, ciudades diseñadas para el coche, cientos de millones de ciudadanos de segunda y una deuda inmobiliaria que amenaza la economía. El propio gobierno intenta ahora corregir el modelo con manzanas abiertas, relajación del hukou y límites a la especulación. Para el urbanismo, China es a la vez la prueba de lo que puede la planificación y la advertencia de lo que ocurre cuando crecer se convierte en el fin.

Preguntas frecuentes

¿Cómo se financió la urbanización china?

Mediante la financiación basada en el suelo: los municipios toman suelo rural, lo reclasifican como urbano y subastan derechos de uso por 40, 50 o 70 años a promotores, y con ese dinero construyen metro, autopistas y parques que revalorizan el siguiente terreno; durante años supuso más de un tercio de los ingresos municipales.

¿Qué son las ciudades fantasma chinas?

Distritos nuevos con torres, museos y estadios construidos antes de tener habitantes, como Kangbashi en Ordos; muchos acabaron llenándose porque China construye primero y puebla después, pero la deuda que los financió alimentó el colapso de promotoras como Evergrande desde 2021.

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