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Andy Pratt: transformar ciudades a través de la creatividad

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Puntos clave

  1. Pratt: la cultura es una economía real con cadena de producción propia, no un adorno del desarrollo urbano.
  2. Hoxton y Shoreditch mostraron que la revalorización alimentada por la imagen creativa expulsa a los estudios y artistas que la generaron.
  3. Las políticas de ciudad creativa confunden consumo con producción; el talento sigue al empleo y la cultura la producen trabajadores locales precarios.

Andy Pratt es el geógrafo británico, profesor de economía cultural en la City University de Londres tras años en la London School of Economics, que ha estudiado desde los años noventa cómo las industrias creativas transforman las ciudades postindustriales y que, a la vez, ha sido uno de los críticos más consistentes de la ciudad creativa como receta. Su tesis es que la cultura no es un adorno del desarrollo urbano sino una economía real, con cadenas de producción, empleo y localización propias, y que precisamente por eso las políticas que la tratan como marca, consumo o atracción de talento fallan: no entienden cómo se produce la cultura ni quién la produce, y acaban expulsando de los barrios a las personas cuyo trabajo prometían impulsar.

Definir la economía cultural: cadena de producción y sectores concretos

Pratt aportó primero la definición. Frente a la vaguedad de la clase creativa de Richard Florida, propuso medir las industrias culturales por su cadena de producción, creación, fabricación, distribución, exhibición y archivo, y por los sectores concretos que la componen, del diseño y la publicidad al cine, la música, los videojuegos y la moda; con esa definición mostró en los años noventa que el empleo cultural de Londres era mucho mayor y más disperso de lo que las estadísticas reconocían, y que se concentraba en aglomeraciones de pequeñas empresas y autónomos que dependen de la proximidad para colaborar por proyectos.

Hoxton y Shoreditch: el barrio creativo que expulsó a sus creadores

Su estudio de Hoxton y Shoreditch, en el este de Londres, es la referencia. Pratt siguió cómo un barrio industrial en declive se llenó en los años noventa de estudios, galerías y empresas de diseño y nuevos medios atraídas por naves baratas y redes informales, cómo esa aglomeración produjo innovación y empleo real, y cómo la revalorización posterior, alimentada por la imagen del barrio creativo, expulsó a las mismas empresas y artistas que la habían generado hacia el este. La lección que extrajo es que la producción cultural necesita espacios de trabajo asequibles y estables, y que la política urbana que celebra el barrio creativo mientras deja subir sus alquileres destruye lo que celebra.

Consumo frente a producción: la crítica a la ciudad creativa

De ahí su crítica a la ciudad creativa. Pratt sostiene que las políticas inspiradas en Florida confunden consumo con producción: invierten en museos, festivales, cafés y campañas de imagen para atraer a una supuesta clase creativa móvil, cuando la evidencia muestra que el talento sigue al empleo y que la cultura la producen trabajadores locales en condiciones cada vez más precarias, por proyectos, mal pagados y dependientes de redes que excluyen a quien no puede trabajar gratis al principio. La ciudad creativa, en su lectura, es a menudo una estrategia inmobiliaria con vocabulario cultural.

Gobernar la economía cultural: espacios, derechos y ecosistemas locales

Su obra posterior ha ampliado el foco. Con Paul Jeffcutt editó Creativity, Innovation and the Cultural Economy (2009), ha estudiado las industrias culturales de ciudades del Sur global y de Asia oriental, ha asesorado a la UNESCO y a gobiernos locales sobre políticas culturales y ha defendido una gobernanza de la economía cultural que atienda a la producción: espacios de trabajo protegidos, formación, derechos laborales para el trabajo creativo y ecosistemas locales en lugar de iconos importados. Sus críticos señalan que su definición sectorial puede dejar fuera la cultura no mercantil; él responde que medir es el primer paso para proteger.

La lección de Andy Pratt es que una ciudad que quiera vivir de la creatividad tiene que cuidar a quienes la producen y los lugares donde la producen, no solo venderla. Las industrias creativas revitalizan barrios postindustriales cuando encuentran naves baratas, redes y tiempo, y los abandonan cuando la imagen que crearon los vuelve inasequibles; entender esa secuencia, y frenarla con suelo y espacios de trabajo protegidos, es la diferencia entre una economía cultural y un escaparate cultural.

Preguntas frecuentes

¿Cómo define Andy Pratt las industrias creativas?

Por su cadena de producción, creación, fabricación, distribución, exhibición y archivo, y por sectores concretos como el diseño, la publicidad, el cine, la música, los videojuegos y la moda, frente a la vaguedad de la clase creativa, lo que le permitió mostrar que el empleo cultural de Londres era mucho mayor de lo que las estadísticas reconocían.

¿Por qué critica Pratt la ciudad creativa?

Porque las políticas inspiradas en Florida invierten en museos, festivales y campañas de imagen para atraer talento cuando la evidencia muestra que el talento sigue al empleo y que la cultura la producen trabajadores locales en condiciones precarias, de modo que la ciudad creativa es a menudo una estrategia inmobiliaria con vocabulario cultural que expulsa a sus productores, como ocurrió en Hoxton y Shoreditch.

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