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Economía creativa: innovación o desigualdad, según Scott y Pratt

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Puntos clave

  1. Scott: las industrias culturales se organizan en redes por proyectos que exigen proximidad y ocupan barrios en decadencia.
  2. Florida reconoció en 2017 que su receta produjo ciudades inasequibles y una clase de servicios mal pagada.
  3. Pratt: el trabajo creativo es precario y las políticas confunden consumo, museos y marca, con producción, talleres y estudios.

La economía creativa es el conjunto de industrias que producen bienes y servicios a partir de la creatividad y la propiedad intelectual, diseño, cine, música, publicidad, videojuegos, arquitectura, moda, y desde el declive de las industrias tradicionales se ha presentado como el nuevo motor del desarrollo urbano y, a la vez, como una fuente de desigualdad. Tres autores han fijado el debate: Richard Florida, que en La clase creativa (2002) la convirtió en receta para las ciudades; Allen J. Scott, geógrafo de la Universidad de California en Los Ángeles, que en The Cultural Economy of Cities (2000) explicó por qué esas industrias se concentran en aglomeraciones urbanas; y Andy Pratt, de la City University de Londres, que ha estudiado sus condiciones de trabajo y criticado su uso como marca.

Allen J. Scott: aglomeraciones culturales y capitalismo cognitivo-cultural

Scott aporta la explicación económica. Las industrias culturales se organizan en redes de pequeñas empresas y trabajadores autónomos que colaboran por proyectos, y esa forma de producción exige proximidad: Hollywood, el distrito de la moda de París, la música de Nashville o el diseño de Milán funcionan como aglomeraciones donde el conocimiento tácito, la reputación y los contactos circulan cara a cara. Scott muestra que esas aglomeraciones suelen ocupar antiguos distritos industriales o barrios en decadencia, que se convierten en centros de producción cultural y económica, y que la ciudad misma, su imagen y su atmósfera, se convierte en insumo de lo que producen, en lo que llama capitalismo cognitivo-cultural.

Richard Florida: la receta de la clase creativa y su autocrítica

Florida aporta la receta y su autocrítica. Su tesis de que las ciudades prosperan atrayendo a la clase creativa con tolerancia, diversidad y calidad de vida fue adoptada por alcaldes de todo el mundo, y produjo distritos creativos, festivales y campañas de imagen. En La nueva crisis urbana (2017) reconoció que las ciudades que la siguieron con éxito se volvieron inasequibles, que la clase creativa se concentra en unas pocas metrópolis y en unos pocos barrios, y que junto a ella crece una clase de servicios mal pagada que la atiende. La economía creativa, admitió, había sido catalizadora de innovación y de desigualdad a la vez.

Andy Pratt: trabajo precario y la confusión entre consumo y producción

Pratt aporta la crítica desde la producción. Sus estudios sobre las industrias creativas de Londres muestran que el trabajo creativo es en gran medida precario, por proyectos, mal pagado y dependiente de redes informales que excluyen a quien no tiene contactos ni capital para trabajar gratis al principio, y que la mayoría de quienes producen la cultura de la ciudad no pertenece a ninguna clase privilegiada. Pratt critica además que las políticas de ciudad creativa confundan consumo y producción: invierten en museos, eventos y marca para atraer visitantes y talento, mientras desatienden los talleres, estudios y espacios de trabajo asequibles donde la creación ocurre y que la revalorización expulsa.

Shoreditch, Wynwood, Raval: el resultado urbano y qué políticas corrigen

El resultado urbano es conocido. Los distritos creativos, de Shoreditch en Londres a Wynwood en Miami o el Raval en Barcelona, revitalizan barrios y después los encarecen, desplazando a residentes y a los propios creadores; la economía creativa concentra sus beneficios en propietarios de suelo, plataformas y grandes empresas mientras reparte precariedad entre los trabajadores; y la competencia entre ciudades por el talento creativo produce ganadores y perdedores a escala regional. Scott y Pratt coinciden en que el problema no es la creatividad sino la política que la usa como sustituto del empleo estable y de la vivienda asequible.

La lección de Florida, Scott y Pratt es que la economía creativa es un motor real y un distribuidor desigual. Las ciudades que quieran su innovación sin su desigualdad tienen que tratarla como producción y no solo como marca: proteger los espacios de trabajo asequibles, garantizar derechos laborales a los trabajadores por proyectos, capturar para lo público parte de la revalorización que generan y asegurar vivienda en los barrios que revitalizan. Sin esas condiciones, la ciudad creativa es una ciudad que exhibe la cultura que ya no puede permitirse producir.

Preguntas frecuentes

¿Por qué la economía creativa produce desigualdad?

Porque concentra sus beneficios en propietarios de suelo, plataformas y grandes empresas mientras reparte trabajo precario, por proyectos y mal pagado entre quienes producen la cultura, encarece los barrios que revitaliza y expulsa a residentes y creadores, y la competencia entre ciudades por el talento creativo produce ganadores y perdedores regionales.

¿Qué distingue a Allen J. Scott y Andy Pratt de Richard Florida?

Scott explica la economía creativa como producción aglomerada en redes de pequeñas empresas que exigen proximidad, y Pratt estudia sus condiciones laborales precarias y critica que las políticas inviertan en consumo y marca en lugar de en espacios de trabajo asequibles, mientras Florida propuso atraer a la clase creativa y después reconoció la desigualdad que produjo.

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