Puntos clave
- Moser: el triple rol productivo, reproductivo y comunitario de las mujeres pobres se intensifica en las crisis a costa de su salud y tiempo.
- Los barrios pobres son desiertos alimentarios: inseguridad alimentaria y obesidad conviven por dietas baratas y ultraprocesadas.
- Comedores populares, ollas comunes y huertos son una infraestructura alimentaria informal que sostiene a millones de personas.
La seguridad alimentaria urbana es la capacidad de los hogares de una ciudad para acceder de forma estable a alimentos suficientes, nutritivos y asequibles, y en las comunidades pobres depende en gran medida del trabajo, casi siempre no remunerado y poco reconocido, de las mujeres. Caroline Moser, la investigadora británica que durante tres décadas siguió a las familias del barrio de Cisne Dos en Guayaquil, mostró en su marco de vulnerabilidad y activos cómo las mujeres gestionan los recursos del hogar, estiran los ingresos, cocinan colectivamente y organizan redes de intercambio para que haya comida en la mesa cuando el empleo, el salario y los servicios fallan.
Caroline Moser: el triple rol y las estrategias de las mujeres en la crisis
Moser parte del triple rol de las mujeres pobres: productivo, en empleos informales y mal pagados; reproductivo, en el cuidado de la casa, los hijos y los mayores; y comunitario, en la gestión de servicios colectivos como comedores, guarderías y ollas comunes. En contextos de crisis, ajuste estructural o inflación, ese triple rol se intensifica: las mujeres trabajan más horas fuera, reducen su propio consumo para alimentar a los demás, cambian a dietas más baratas y menos nutritivas y multiplican las estrategias informales, desde la venta ambulante hasta el crédito del tendero. Moser documentó cómo en los años ochenta y noventa esas estrategias amortiguaron el ajuste en América Latina a costa de la salud y el tiempo de las mujeres.
Desiertos alimentarios, distancia y tiempo: las barreras de acceso
El acceso físico a la comida es la segunda barrera. Los barrios pobres de muchas ciudades son desiertos alimentarios, zonas sin mercados ni tiendas que ofrezcan productos frescos a precios justos, donde la oferta se reduce a pequeños comercios caros y a alimentos ultraprocesados; a ello se suma la distancia, porque las mujeres que hacen la compra dependen del transporte público y de trayectos a pie, y el tiempo, porque la compra, la preparación y la cocina se añaden a jornadas ya largas. El resultado es la paradoja de la pobreza urbana contemporánea: hogares con inseguridad alimentaria y, a la vez, con obesidad y enfermedades crónicas derivadas de dietas baratas y densas en calorías.
Comedores populares, ollas comunes y huertos: la infraestructura invisible
Las respuestas colectivas de las mujeres son la parte menos visible de la seguridad alimentaria. Los comedores populares de Lima, nacidos en los años setenta y ochenta y organizados por decenas de miles de mujeres, las ollas comunes que se multiplicaron en Perú y Chile durante la pandemia de 2020, los huertos comunitarios de Rosario o de Nairobi y los grupos de compra conjunta muestran una infraestructura alimentaria informal que sostiene a millones de personas. Moser insiste en que esas organizaciones son capital social real, y en que las políticas que las ignoran o las sustituyen por transferencias individuales pierden la capacidad colectiva que las hace eficaces.
Política alimentaria urbana: Belo Horizonte, Toronto y el Pacto de Milán
La política alimentaria urbana ha empezado a reconocerlo. Programas como el de Belo Horizonte, que desde 1993 combina restaurantes populares, mercados subvencionados y apoyo a la agricultura familiar con presupuesto municipal y participación de las organizaciones de mujeres, o los consejos de política alimentaria de Toronto y de ciudades del Pacto de Milán de 2015, muestran que las ciudades pueden garantizar el acceso a la comida como servicio público. Las claves comunes son mercados de proximidad en los barrios pobres, transporte y tiempo, apoyo a las organizaciones colectivas de mujeres y reconocimiento del trabajo de cuidado que sostiene la alimentación.
La lección de Moser y de la investigación sobre alimentación urbana es que la seguridad alimentaria de los pobres se produce en los hogares y en las redes de mujeres antes que en los mercados, y que esa producción tiene un coste en salud, tiempo y oportunidades que las políticas rara vez cuentan. Una ciudad que quiera alimentar a sus habitantes tiene que llevar comida fresca y asequible a los barrios que no la tienen, sostener las organizaciones que ya la reparten y aliviar la carga de quienes hoy garantizan, con su trabajo invisible, que sus familias coman.
Preguntas frecuentes
¿Por qué las mujeres son centrales en la seguridad alimentaria urbana?
Porque, como mostró Caroline Moser en Guayaquil, gestionan los recursos del hogar, estiran los ingresos, reducen su propio consumo, cocinan colectivamente y organizan redes de intercambio, comedores y ollas comunes que garantizan comida cuando el empleo, el salario y los servicios fallan, un trabajo no remunerado que las políticas rara vez cuentan.
¿Qué es un desierto alimentario?
Es una zona urbana, habitualmente pobre, sin mercados ni tiendas que ofrezcan alimentos frescos a precios justos, donde la oferta se reduce a pequeños comercios caros y productos ultraprocesados, lo que produce a la vez inseguridad alimentaria y obesidad y enfermedades crónicas.