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Calle y movilidad

La bicicleta transforma tu salud y mejora tu barrio

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Puntos clave

  1. Ir en bicicleta al trabajo se asoció con un 41 % menos de riesgo de muerte en un estudio del BMJ con más de 260.000 trabajadores.
  2. Donde aparca un coche caben diez bicicletas; Copenhague y Ámsterdam se hicieron ciclistas con décadas de carriles seguros.
  3. Los ciclistas visitan el comercio de barrio más a menudo; el carril de la Novena Avenida de Nueva York subió las ventas cerca de la mitad.

La bicicleta transforma tu salud y mejora tu barrio en el mismo gesto: una persona sale de casa en bicicleta y otra arranca el coche a la misma hora, recorren la misma distancia por la misma ciudad, y la primera llega despierta, con el pulso alto y la cabeza despejada, mientras la segunda llega tensa, atrapada en el atasco, mirando el reloj. Al final del año sus cuerpos y sus calles cuentan historias distintas. La bicicleta parece un asunto menor, casi un detalle, y sin embargo mueve mucho más de lo que aparenta, porque lo que es bueno para quien pedalea resulta bueno para todos los que comparten la calle.

El cuerpo: una dosis diaria de salud escondida en el trayecto

Empecemos por el cuerpo. Pedalear es ejercicio suave y constante repartido a lo largo del día: no hace falta gimnasio porque el trayecto ya lo es, el corazón bombea mejor, los músculos trabajan, suben las endorfinas y baja el estrés, y muchas personas llegan al trabajo más despiertas y de mejor humor que quienes van encerradas en un coche. La evidencia es contundente: un estudio con más de 260.000 trabajadores británicos publicado en el BMJ en 2017 encontró que ir en bicicleta al trabajo se asociaba con un riesgo de muerte un 41 % menor durante el seguimiento y con cerca de un 45 % menos de riesgo de cáncer, beneficios que caminar solo igualaba en parte. Moverse deja de ser tiempo perdido y pasa a ser tiempo que cuida.

La calle: espacio, aire, ruido y la regla de Gehl

Ahora subamos de escala, del cuerpo a la calle. Una bicicleta ocupa una fracción del espacio de un coche: donde aparca un coche caben diez bicicletas, y donde circula uno pedalean varias personas. La bicicleta no contamina, no hace ruido y apenas desgasta el asfalto, y cuando mucha gente cambia el coche por el pedal bajan los atascos, mejora el aire y se calma el ruido.

El espacio que tragaban los coches vuelve a las personas, aparecen aceras anchas, terrazas, árboles y juegos, y la misma calle con menos coches se vuelve más amable. Jan Gehl lo resume en una frase: primero damos forma a las calles y después las calles nos dan forma a nosotros. Copenhague y Ámsterdam no nacieron ciclistas; lo fueron por décadas de decisiones, construyendo carriles seguros y separados a los que la gente respondió. La infraestructura crea el hábito, no al revés.

El comercio: los ciclistas vuelven más veces

Hay un beneficio que suele pasar desapercibido, el del comercio. Una persona en bicicleta se detiene con facilidad, aparca en la puerta, entra, compra y sigue, y estudios de Toronto, Portland y Nueva York muestran que los ciclistas visitan las tiendas del barrio bastante más a menudo que los conductores: gastan menos por visita pero vuelven muchas más veces, y a final de mes mantienen viva la panadería, el mercado y el bar de la esquina. Cuando Nueva York construyó un carril protegido en la Novena Avenida, las ventas del comercio a lo largo del tramo subieron cerca de la mitad. El coche empuja hacia las grandes superficies lejanas; la bicicleta teje una economía de proximidad, y la calle deja de ser un tubo para vehículos y vuelve a ser un lugar donde pasa la vida.

Límites y condiciones: eléctricas, de carga y carriles protegidos

Sería ingenuo pintar solo la cara luminosa. La bicicleta no sirve para todo ni para todos: hay distancias largas, cuestas duras, lluvia y calor extremo, personas mayores, con movilidad reducida o con cargas pesadas, y ciudades peligrosas sin un solo carril seguro, donde pedir a alguien que pedalee entre coches rápidos es pedirle que arriesgue la vida. Ahí está la clave: el problema casi nunca es la bicicleta sino la falta de condiciones. La bicicleta eléctrica resuelve las cuestas y las distancias, la de carga resuelve los bultos y el carril protegido resuelve el miedo. La bicicleta no es una orden para todos sino una opción que la ciudad debe hacer posible y segura.

La bicicleta no es solo un vehículo sino un modelo de ciudad. Elegir el pedal es elegir calles a escala humana, aire limpio y cuerpos activos, no prohibir el coche sino dejar de darle todo el espacio, y cuando una ciudad reparte mejor la calle ganan todos, también los conductores, porque menos coches son menos atascos para quien aún necesita conducir. Invertir en carriles seguros no es un coste para una minoría sino una mejora para el conjunto, y cada pedalada cuida un corazón mientras libera un poco de calle. Quizá por eso la bicicleta molesta a quienes imaginan la ciudad solo para el coche: un objeto humilde demuestra que otra forma de moverse, y de vivir, es posible.

Preguntas frecuentes

¿Cómo mejora la salud la bicicleta?

Pedalear es ejercicio suave y constante repartido a lo largo del día que mejora el corazón, trabaja los músculos y baja el estrés, y un estudio del BMJ de 2017 con más de 260.000 trabajadores británicos encontró que ir en bicicleta al trabajo se asociaba con un 41 % menos de riesgo de muerte y cerca de un 45 % menos de riesgo de cáncer durante el seguimiento.

¿Qué necesita la bicicleta para funcionar en una ciudad?

Condiciones más que exhortaciones: carriles protegidos que quiten el miedo, bicicletas eléctricas para cuestas y distancias, bicicletas de carga para los bultos y una calle que deje de dar todo su espacio al coche, porque la infraestructura crea el hábito ciclista, como mostraron Copenhague y Ámsterdam, y no al revés.

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