Puntos clave
- Cada coche compartido clásico retira entre nueve y trece coches privados, según las encuestas de Shaheen y Martin.
- Las plataformas de viaje compartido añaden tráfico: sustituyen viajes en transporte público, a pie o en bicicleta.
- Compartir reduce la flota solo con densidad, transporte público, bordillo regulado y espacio devuelto a modos eficientes.
La movilidad compartida es el conjunto de servicios que permiten usar un vehículo sin poseerlo: coches por horas, viajes compartidos, bicicletas y patinetes de alquiler por minutos, transporte a demanda y plataformas que combinan todos ellos en una sola aplicación. Nació con las cooperativas de coche compartido de Suiza y Alemania en los años ochenta, se profesionalizó con Zipcar en 2000 y explotó con los teléfonos inteligentes a partir de 2010. Dos investigadores han medido sus efectos con más rigor: Susan Shaheen, de la Universidad de California en Berkeley, referencia mundial en el estudio del coche compartido, y Robert Cervero, especialista en la relación entre transporte y forma urbana.
Susan Shaheen y Robert Cervero: qué mide el coche compartido
Shaheen documentó desde los años noventa el efecto del carsharing clásico, el coche que se reserva por horas y se recoge en un aparcamiento fijo. Sus encuestas en Norteamérica, con Elliot Martin, estimaron que cada vehículo compartido retira entre nueve y trece coches privados de la circulación, porque muchos usuarios venden el suyo o renuncian a comprarlo, y que los hogares que se apuntan reducen sus kilómetros en coche y usan más el transporte público, la bicicleta y el paseo. Cervero evaluó el programa City CarShare de San Francisco entre 2001 y 2005 y encontró el mismo patrón: menos propiedad, menos kilómetros y menos demanda de aparcamiento en los barrios servidos.
Uber y las plataformas: más kilómetros, no menos coches
El viaje compartido de plataforma, Uber, Lyft, Cabify, Didi, cambió el balance. Shaheen y otros investigadores comprobaron que, a diferencia del carsharing, estos servicios añaden tráfico: entre el 40 y el 60 % de sus viajes sustituyen desplazamientos que se habrían hecho en transporte público, a pie o en bicicleta, o que no se habrían hecho, y los coches circulan vacíos entre servicio y servicio. Los estudios de Bruce Schaller en Nueva York y de la autoridad de transporte de San Francisco atribuyeron a las plataformas una parte sustancial del aumento de la congestión desde 2010. La tecnología que prometía menos coches produjo, en ese segmento, más kilómetros.
Micromovilidad y bicicleta compartida: el balance favorable
La micromovilidad, bicicletas y patinetes de uso libre desde 2017, y los sistemas públicos de bicicleta compartida desde el Vélib de París en 2007, tienen un balance más favorable: sustituyen sobre todo viajes cortos en coche y en taxi, alimentan el transporte público al resolver el primer y último kilómetro, y ocupan una fracción del espacio. Sus problemas son la regulación del aparcamiento en aceras, la seguridad y la sostenibilidad económica de los operadores privados, que han quebrado o abandonado ciudades con frecuencia. Los sistemas públicos o concesionados con obligaciones de servicio han resultado más estables que los de libre mercado.
Forma urbana y regulación: cuándo compartir reduce la flota
Cervero sitúa todo esto en la forma urbana. La movilidad compartida funciona donde hay densidad, mezcla de usos y transporte público que la complemente; en la ciudad dispersa se convierte en un taxi más caro y en más coches. Y su efecto depende de la política: si las plataformas pagan por el uso del bordillo y las emisiones, si el aparcamiento se regula y se encarece, si el espacio liberado por los coches se devuelve a aceras, carriles bici y transporte público, la movilidad compartida reduce la flota urbana; si no, la aumenta. Las ciudades que han integrado los servicios en una plataforma pública de movilidad como servicio, con Helsinki como pionera desde 2016, muestran la dirección.
La revolución de la movilidad compartida es real pero no automática. Shaheen y Cervero coinciden en que compartir vehículos puede reducir la propiedad del coche, el aparcamiento y las emisiones, y en que solo lo hace cuando la ciudad lo gobierna: regulando plataformas, dando espacio y prioridad a los modos eficientes y tratando el bordillo como el bien público escaso que es. La cuestión no es cuántas aplicaciones ofrece una ciudad sino cuántos coches privados deja de necesitar.
Preguntas frecuentes
¿Reduce el carsharing el número de coches?
Sí, en su forma clásica de reserva por horas: las encuestas de Susan Shaheen y Elliot Martin en Norteamérica estiman que cada vehículo compartido retira entre nueve y trece coches privados, porque los usuarios venden el suyo o renuncian a comprarlo.
¿Por qué Uber y las plataformas aumentan la congestión?
Porque entre el 40 y el 60 % de sus viajes sustituyen desplazamientos que se habrían hecho en transporte público, a pie o en bicicleta, y los coches circulan vacíos entre servicios; los estudios de Nueva York y San Francisco les atribuyen parte del aumento del tráfico desde 2010.