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Calle y movilidad

La seguridad en muros: conjuntos cerrados, protección o segregación

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Puntos clave

  1. El muro no elimina el riesgo: lo empuja a la calle exterior, que queda sin los ojos que la vigilan, y justifica el siguiente muro.
  2. La evidencia sobre reducción del delito es mixta; los residentes se sienten más seguros pero el sentido de comunidad es menor.
  3. Sabatini y Brain: en América Latina los muros acercaron a ricos y pobres a escala metropolitana mientras los separaban a escala de calle.

La seguridad en muros es la respuesta que millones de familias latinoamericanas han dado al miedo: conjuntos cerrados con perímetro, portería, cámaras y espacios propios que privatizan funciones que antes eran urbanas, la vigilancia, el parque, el juego infantil, a veces la basura y el asfalto. La calle termina en un muro sin puerta ni acera, y una niña que va al colegio del otro lado debe bordear el perímetro casi un kilómetro por un camino sin sombra ni comercios mientras dentro hay césped, piscina y una cámara que la observa.

La pregunta no es si alguien tiene derecho a proteger su casa sino de quién es la calle cuando cada conjunto se protege por su cuenta, y la respuesta de la investigación urbana es que el muro no elimina el riesgo: lo empuja unos metros más allá y lo deja en el lado de quien no puede pagarlo.

El mecanismo: de Jane Jacobs a los enclaves fortificados de Caldeira

El mecanismo lo describió Jane Jacobs hace décadas: la seguridad real de una calle depende de los ojos que la miran desde ventanas y comercios, y un perímetro ciego elimina exactamente eso. Cuanto mejor protegido está el interior, más desierto y menos vigilado queda el exterior, y la calle vacía se percibe como peligrosa, lo que justifica el siguiente muro en un ciclo que se alimenta solo. La antropóloga Teresa Caldeira estudió ese proceso en São Paulo y lo llamó enclaves fortificados en Ciudad de muros (2000): espacios privatizados, cerrados y monitoreados para residencia, consumo y trabajo, que dan la espalda a la calle y usan la seguridad como criterio de estatus. El miedo deja de ser una reacción y se convierte en mercancía que se vende con el piso, la piscina y el gimnasio.

Forma urbana medible: manzanas grandes, coche y comercio que desaparece

La forma urbana resultante es medible. Las manzanas se agrandan hasta perder la escala peatonal, los recorridos se alargan y obligan al coche incluso para trayectos cortos, y las revisiones de la literatura sobre conjuntos cerrados señalan de forma consistente mayor dependencia del automóvil y menor caminabilidad. La mezcla desaparece: el comercio de barrio no encuentra clientes en una acera sin gente, y sin comercio la acera queda más sola. Lo que se pierde no es solo belleza urbana sino el lugar donde personas distintas coinciden sin haberlo planeado, que es la definición más simple de espacio público.

Qué dicen los datos: sensación de seguridad, delito y comunidad

Los datos son menos rotundos de lo que ambos bandos dicen. Un estudio comparativo entre conjuntos cerrados y abiertos de renta alta encontró que los residentes amurallados se sentían más seguros pero que no había diferencia significativa en la tasa real de delito, y que su sentido de comunidad era menor; otras investigaciones hallan menos robos en vivienda dentro de los recintos, y una sudafricana encontró más robos en los enclaves y su entorno. Las revisiones recientes concluyen que la evidencia sobre reducción del delito es mixta y advierten de una falsa sensación de seguridad. Setha Low, en sus entrevistas en urbanizaciones cerradas de Estados Unidos, encontró que dentro de los muros la gente relataba inseguridad, ansiedad de estatus y preocupación constante: el encierro no calmaba el miedo, lo mantenía activo.

Santiago, São Paulo, Buenos Aires y el contraargumento de Sabatini

Los casos latinoamericanos muestran hasta dónde llega el modelo. En Santiago de Chile los condominios cerrados se convirtieron en la principal forma de producción residencial para clases medias y altas, primero en el oriente acomodado y después en municipios periféricos de origen popular; en São Paulo y Buenos Aires, con Alphaville y Nordelta como emblemas, el formato se combinó con autopistas y centros comerciales hasta permitir una vida entera sin pisar una calle abierta.

El contraargumento es fuerte: Francisco Sabatini y Isabel Brain sostienen que en América Latina los muros permitieron a familias de renta alta instalarse junto a barrios populares en lugar de concentrarse en un único sector rico, reduciendo la distancia entre clases a escala metropolitana aunque levantaran una barrera a escala de calle; y en contextos de violencia real, cerrar un conjunto es una respuesta razonable de familias que no reciben protección pública suficiente.

Cabe sostener, aun así, que esa respuesta racional produce un resultado colectivo irracional: una ciudad de islas protegidas y calles abandonadas donde la seguridad se compra y la inseguridad se reparte. La alternativa no es prohibir los muros sino hacerlos innecesarios: presencia policial legítima y servicios en los barrios donde la violencia es real, normas que obliguen a los conjuntos a mantener fachadas activas, aceras continuas y accesos públicos, y espacio público de calidad que devuelva a la calle los ojos que la vigilan. La seguridad que se construye con muros protege a quien puede pagarla; la que se construye con ciudad protege a todos.

Preguntas frecuentes

¿Los conjuntos cerrados reducen el delito?

La evidencia es mixta: un estudio comparativo encontró que los residentes amurallados se sentían más seguros sin diferencia significativa en la tasa real de delito y con menor sentido de comunidad, otras investigaciones hallan menos robos en vivienda dentro y una sudafricana encontró más robos en los enclaves y su entorno; las revisiones advierten de una falsa sensación de seguridad.

¿Qué son los enclaves fortificados según Teresa Caldeira?

Son los espacios privatizados, cerrados y monitoreados para residencia, consumo y trabajo que Caldeira describió en São Paulo en Ciudad de muros: dan la espalda a la calle, usan la seguridad como criterio de estatus y convierten el miedo en una mercancía que se vende con el piso, la piscina y el gimnasio.

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