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Forma urbana

Christine Boyer: cómo la ciudad convierte la memoria en poder

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Puntos clave

  1. Boyer: la memoria urbana se produce políticamente mediante prácticas que clasifican, conservan e interpretan las huellas del pasado.
  2. Tres modos de representar la ciudad: obra de arte, panorama y espectáculo, donde el patrimonio se vuelve escenografía de consumo.
  3. South Street Seaport conserva la imagen del pasado mientras borra sus usos, trabajadores y conflictos.

La ciudad convierte la memoria en herramienta de poder cuando decide qué pasado se conserva, cómo se muestra y quién lo explota, y M. Christine Boyer, historiadora de la arquitectura y profesora en Princeton, hizo de esa operación el objeto de La ciudad de la memoria colectiva (1994). Una plaza histórica conserva sus fachadas, pero sus imágenes aparecen ahora en tiendas, anuncios y pantallas, y el pasado parece contar una historia cuidadosamente seleccionada. La pregunta de Boyer es quién controla la memoria con la que una ciudad se representa, y su respuesta une planificación, patrimonio e imágenes urbanas con relaciones de poder: el espacio no es un escenario donde la historia deja huellas sino algo construido, interpretado y mercantilizado, y la memoria urbana es un terreno de disputa sobre qué permanece visible y qué desaparece.

Genealogía de la memoria urbana: cómo el pasado adquiere autoridad

Boyer sigue el método genealógico de Michel Foucault, que ya había aplicado en Dreaming the Rational City (1983) a la historia de la planificación estadounidense. Genealogía significa reconstruir los procesos, rupturas y relaciones de poder detrás de lo que hoy parece natural: cómo un edificio se selecciona como patrimonio, cómo una imagen convierte un barrio en símbolo de identidad, cómo una intervención decide qué fragmentos del pasado permanecen. No se trata de encontrar un origen sino de entender cómo ciertas maneras de representar el espacio adquieren autoridad. La memoria colectiva, en su lectura, se produce políticamente: el pasado existe, pero su presencia pública depende de prácticas que clasifican, conservan, interpretan y reorganizan sus huellas.

Obra de arte, panorama y espectáculo: tres modos de representar la ciudad

El libro recorre tres modos de representar la ciudad. La ciudad como obra de arte, la de los siglos XVII y XVIII, ordenada por perspectivas, monumentos y plazas que escenificaban el poder. La ciudad como panorama, la del siglo XIX, vista desde arriba y desde el tren, cartografiada, fotografiada y expuesta en las exposiciones universales como espectáculo del progreso. Y la ciudad como espectáculo, la contemporánea, donde el patrimonio y la historia se convierten en escenografía para el consumo y el turismo, y donde los centros históricos restaurados, los distritos temáticos y los frentes marítimos rediseñados ofrecen un pasado sin conflicto que vende.

South Street Seaport y Battery Park City: la memoria fabricada

Nueva York es su caso. Boyer analiza South Street Seaport, el antiguo puerto convertido en los años ochenta en centro comercial con fachadas históricas restauradas y tiendas de cadena, y Battery Park City, construido con una arquitectura que imita la Nueva York de preguerra sobre suelo ganado al río, como ejemplos de una memoria fabricada que conserva la imagen del pasado mientras borra sus usos, sus trabajadores y sus conflictos. La ciudad histórica se convierte en una colección de fragmentos escenificados, y la conservación, que debía proteger la historia, produce una versión de ella al servicio de la promoción inmobiliaria y del turismo.

Influencia, críticas y por qué conservar no es neutral

Su análisis dialoga con Sharon Zukin sobre la economía simbólica, con David Harvey sobre la ciudad empresarial y con los estudios de la memoria de Pierre Nora, y ha influido en la crítica del patrimonio, en los debates sobre monumentos y memoriales, y en la planificación de centros históricos que se preguntan a quién sirven las fachadas restauradas. Sus críticos señalan que la mirada genealógica puede subestimar la capacidad de los ciudadanos para apropiarse de los lugares de memoria y contradecir la narrativa oficial; Boyer responde que precisamente por eso importa saber quién fija la narrativa, porque esa es la memoria contra la que los demás tienen que luchar.

La lección de Boyer es que conservar no es neutral. Cada decisión sobre qué edificio se protege, qué historia se cuenta en la placa y qué barrio se convierte en distrito histórico distribuye reconocimiento y valor, y una ciudad que administra su memoria como marca produce un pasado sin conflicto que legitima el presente. Preguntar quién controla la memoria, qué se muestra y qué se ha borrado es la condición para un patrimonio que sirva a los habitantes y no solo a la imagen que se vende de ellos.

Preguntas frecuentes

¿Qué sostiene Christine Boyer en La ciudad de la memoria colectiva?

Que la memoria con la que una ciudad se representa no es un reflejo del pasado sino una construcción política: la planificación, el patrimonio y las imágenes urbanas seleccionan qué se conserva, cómo se muestra y quién lo explota, y en la ciudad contemporánea la historia se convierte en escenografía para el consumo y el turismo.

¿Por qué la conservación del patrimonio no es neutral según Boyer?

Porque cada decisión sobre qué edificio se protege, qué historia se cuenta y qué barrio se convierte en distrito histórico distribuye reconocimiento y valor, y casos como South Street Seaport muestran que la conservación puede producir una versión del pasado sin conflicto al servicio de la promoción inmobiliaria.

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