Puntos clave
- El espacio urbano reproduce divisiones de género y trabajo doméstico, según Dolores Hayden.
- El diseño arquitectónico organiza actividades cotidianas y puede reforzar relaciones sociales desiguales.
- La memoria pública y el paisaje urbano influyen en quién se reconoce en la ciudad y quién queda fuera.
Transformar espacios transforma el género, porque una vivienda, una calle suburbana y un paisaje público pertenecen a la misma pregunta: cómo el espacio cotidiano reproduce las relaciones sociales que una sociedad afirma querer cambiar. Dolores Hayden, historiadora de la arquitectura en Yale, colocó esa pregunta en el centro de una lectura feminista de la historia urbana, desde La gran revolución doméstica (1981) y su ensayo de 1980 Cómo sería una ciudad no sexista hasta Redesigning the American Dream (1984), The Power of Place (1995) y Building Suburbia (2003). Su tesis es que la vivienda, los suburbios y la organización espacial no son escenarios neutrales sino disposiciones que reparten trabajo doméstico, movilidad y visibilidad por género, y que el paisaje recuerda unas vidas mientras borra otras.
La gran revolución doméstica: casas sin cocina y trabajo doméstico socializado
Hayden recuperó una historia olvidada. La gran revolución doméstica documentó a las feministas materialistas del siglo XIX, de Melusina Fay Peirce a Charlotte Perkins Gilman, que propusieron casas sin cocina, cocinas cooperativas, lavanderías comunitarias y cuidado infantil colectivo para que el trabajo doméstico se socializara y se pagara en lugar de realizarse gratis por mujeres aisladas en viviendas unifamiliares. Sus experimentos de gestión doméstica cooperativa y hoteles de apartamentos fueron derrotados por el modelo del siglo XX de casa suburbana aislada con cocina privada, y Hayden mostró que esa derrota fue una decisión sobre el género incorporada al plano.
La casa suburbana y la ciudad no sexista
El mecanismo empieza cuando la organización espacial distribuye tareas, movimientos y visibilidad de forma concreta y la repetición vuelve normales esas disposiciones. La casa suburbana, sostuvo Hayden en Redesigning the American Dream, se diseñó alrededor de un ama de casa a tiempo completo: lejos de empleos y servicios, dependiente del coche, con una cocina para una familia y sin instalaciones compartidas, encerró a las mujeres en el trabajo no remunerado y los desplazamientos largos, y se ajustó mal a los hogares que realmente existían, madres solas, mujeres trabajadoras, mayores que viven solos. Su ciudad no sexista proponía convertir manzanas suburbanas en instalaciones compartidas, construir vivienda cerca del empleo y el transporte y diseñar para los hogares que existen y no para el que el plan imaginaba.
The Power of Place: Biddy Mason y la memoria de las borradas
The Power of Place llevó el argumento a la memoria pública. Trabajando en Los Ángeles con artistas e historiadores, el proyecto de Hayden marcó los lugares de mujeres, trabajadores y minorías que el patrimonio oficial había ignorado: la finca de Biddy Mason, una mujer negra nacida esclava que llegó a ser propietaria y fundó la primera iglesia afroamericana de la ciudad, el mercado de flores de los horticultores japoneses-americanos, la sede sindical de las costureras latinas. Hacer visibles esas historias, sostuvo, cambia quién aparece como protagonista de la ciudad y quién puede reconocerse en sus espacios; recordar es una práctica espacial con consecuencias para la pertenencia y la justicia.
Building Suburbia, el contraargumento y lo que el diseño puede hacer
Building Suburbia completó el cuadro con una historia del suburbio estadounidense desde las tierras de frontera de 1820 hasta las ciudades de borde de los años noventa, mostrando cómo subvenciones federales, promotores e ideales culturales produjeron un paisaje que separó el hogar del trabajo y a las mujeres de la ciudad pública. El contraargumento es que la desigualdad de género no se explica solo por la arquitectura y que cambiar una casa no transforma automáticamente las relaciones que hay dentro; la respuesta de Hayden es precisa: el espacio participa en las relaciones sociales mientras esas relaciones moldean el espacio, de modo que el diseño no tiene poderes mágicos pero es uno de los lugares donde la desigualdad se vuelve ordinaria y puede hacerse visible y deshacerse.
La lección de Hayden es que preguntar si un espacio funciona es insuficiente; hay que preguntar para quién funciona y qué organización social ayuda a mantener. Su influencia recorre el urbanismo feminista, del urbanismo de género de Viena a Ciudad feminista de Leslie Kern, y los movimientos patrimoniales que señalan los lugares de mujeres y minorías. Transformar los espacios, muestra, cambia quién hace el trabajo, quién se mueve libremente y quién es recordado, y por eso la justicia urbana también se diseña.
Preguntas frecuentes
¿Cómo sería una ciudad no sexista según Dolores Hayden?
Una ciudad que diseña para los hogares que realmente existen y no para un ama de casa a tiempo completo: vivienda cerca del empleo y el transporte, manzanas suburbanas convertidas en instalaciones compartidas de cuidado, cocina y lavandería, y espacios que reparten trabajo doméstico, movilidad y visibilidad sin encerrar a las mujeres en el trabajo no remunerado.
¿Puede la arquitectura por sí sola cambiar las relaciones de género?
No, y Hayden no lo afirma: el espacio participa en las relaciones sociales mientras esas relaciones moldean el espacio, de modo que el diseño no tiene poderes mágicos, pero es uno de los lugares donde la desigualdad se vuelve ordinaria y repetida, y donde puede hacerse visible y deshacerse.