Puntos clave
- Florida mide la clase creativa con las tres T: índices de talento, tecnología, bohemio, crisol y gay combinados en un índice de creatividad.
- Glaeser encontró que el efecto desaparece al controlar por titulados universitarios; Hoyman y Faricy no hallaron relación con el crecimiento.
- Las ciudades que más clase creativa atrajeron son las más desiguales y con vivienda más inasequible, como el propio Florida reconoció en 2017.
La clase creativa, según Richard Florida, es el grupo de trabajadores cuya función es crear nuevas ideas, tecnología o contenido, científicos, ingenieros, arquitectos, diseñadores, artistas y profesionales del conocimiento, y su tesis en The Rise of the Creative Class (2002) es que las ciudades que la atraen prosperan y las que no la atraen decaen. Florida calculó que ese grupo suponía en torno al 30 % de la fuerza de trabajo estadounidense, unos 38 millones de personas, y sostuvo que, a diferencia de la era industrial en que la gente seguía a las empresas, ahora las empresas siguen al talento y el talento elige lugares abiertos, diversos y con vida urbana. La pregunta es si esa teoría describe el futuro de las ciudades o una receta de desigualdad, y la respuesta exige mirar cómo se mide.
Las tres T y los índices: cómo mide Florida la clase creativa
El aparato de medición es la parte más original del libro. Florida resumió las condiciones del crecimiento en las tres T, tecnología, talento y tolerancia, y construyó índices para cada una: el índice de talento con la proporción de titulados universitarios, el índice tecnológico con la concentración de alta tecnología, y para la tolerancia el índice bohemio, que cuenta artistas y músicos, el índice de crisol, que mide la población nacida en el extranjero, y el índice gay, elaborado con el demógrafo Gary Gates, que mide la proporción de parejas del mismo sexo como indicador de apertura. Combinados en un índice de creatividad, situaban en cabeza a San Francisco, Austin, San Diego, Boston y Seattle, y la correlación entre tolerancia y crecimiento fue el hallazgo que dio la vuelta al mundo.
De la teoría a la política rápida: Cool Cities y la consultoría
La receta se convirtió rápidamente en política. Florida fundó una consultora y decenas de ciudades encargaron estrategias creativas, Michigan lanzó en 2003 su programa Cool Cities, y alcaldes de Europa y América invirtieron en distritos artísticos, carriles bici, festivales y marketing de tolerancia para atraer a jóvenes profesionales. El geógrafo Jamie Peck describió en 2005 esa difusión como política rápida: un paquete barato, compatible con cualquier gobierno y que no exigía tocar la desigualdad, ideal para ciudades en competencia. La clase creativa se convirtió en la marca del urbanismo de principios de siglo.
Glaeser, Hoyman y Faricy, Storper y Markusen: qué dice la evidencia
La evidencia posterior fue menos amable. El economista Edward Glaeser reanalizó los datos de Florida y encontró que el efecto de la clase creativa desaparecía al controlar por la proporción de titulados universitarios: lo que predice el crecimiento es el capital humano, no la bohemia. Michele Hoyman y Christopher Faricy no hallaron en 2009 relación entre la presencia de la clase creativa y el crecimiento del empleo o los ingresos en las áreas metropolitanas estadounidenses. Michael Storper y Allen Scott sostuvieron en 2009 que la causalidad va al revés, la gente sigue a los empleos, y Ann Markusen criticó la categoría misma, que agrupa a poetas y contables por su ocupación y no por su creatividad. Florida ha reconocido en trabajos posteriores que la correlación no demostraba causalidad.
Ciudades ganadoras y clase de servicios: la receta de desigualdad
El coste distributivo es la crítica más grave. Las ciudades que más clase creativa atrajeron son también las que registran mayor desigualdad de ingresos y vivienda más inasequible, y el propio Florida documentó en La nueva crisis urbana (2017) que el éxito de las ciudades ganadoras expulsaba a la clase de servicios que las sostiene. Las políticas creativas subvencionaron el consumo de los profesionales, cafés, lofts, distritos artísticos, mientras los salarios de limpiadoras, camareros y cuidadores, que Florida clasifica como clase de servicios, no seguían el precio de la vivienda que esos mismos profesionales hacían subir.
El contraargumento merece exponerse: Florida acertó al señalar que el talento se concentra y que la calidad de vida urbana, la apertura y la diversidad importan para la economía, y muchas de sus recomendaciones, espacio público, cultura, tolerancia, son buenas por sí mismas. La lección es que la teoría describía una correlación real y la convirtió en una receta que no crecía sola: atraer talento sin vivienda asequible ni salarios dignos para quienes sirven a ese talento produce ciudades más ricas y más desiguales. El futuro de las ciudades, si la clase creativa forma parte de él, depende de a quién se le permite quedarse cuando llega.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la clase creativa de Richard Florida?
El grupo de trabajadores cuya función es crear ideas, tecnología o contenido, científicos, ingenieros, diseñadores, artistas y profesionales del conocimiento, en torno al 30 % de la fuerza laboral estadounidense según su cálculo; Florida sostiene que las empresas siguen al talento y que el talento elige ciudades tecnológicas, cualificadas y tolerantes.
¿Ha resistido la teoría de la clase creativa la comprobación empírica?
Mal: Glaeser mostró que el efecto desaparece al controlar por el nivel educativo, Hoyman y Faricy no encontraron relación con el crecimiento, Storper y Scott sostienen que la gente sigue a los empleos y no al revés, y las ciudades creativas resultaron ser las más desiguales.