Saltar al contenido
Ciudades del Futuro Buscar
ES EN
Guía · Forma urbana

Historia del urbanismo: guía completa

De Haussmann a Jane Jacobs: cómo nació la planificación moderna, qué prometió cada corriente y qué queda de todas ellas hoy.

El urbanismo moderno nació de una emergencia sanitaria. Las ciudades industriales del siglo XIX mataban a sus habitantes, y la respuesta fue darle al Estado el poder de decidir dónde se construye, cuánto y para qué. Todo lo que ha venido después, las avenidas de Haussmann, la ciudad jardín, la carta de Atenas, los polígonos y el retorno a la calle, son variaciones sobre ese poder y sobre quién lo ejerce.

Esta guía recorre esa historia sin nostalgia: qué problema real intentaba resolver cada corriente, qué consiguió, qué destruyó por el camino y qué parte de ella sigue en vigor en el plan general de tu ciudad, muchas veces sin que nadie recuerde de dónde salió.

El problema que lo empezó todo: la ciudad industrial

Entre 1800 y 1850, Manchester pasó de setenta y cinco mil a más de trescientos mil habitantes. Las casas se construyeron espalda contra espalda, sin ventilación cruzada, sin alcantarillado y con letrinas compartidas por decenas de familias. La esperanza de vida de un obrero en los peores barrios era la mitad que la de un propietario en la misma ciudad.

Friedrich Engels recorrió esos barrios en 1844 y publicó La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845), el primer estudio urbano moderno, donde además observó que el trazado de las avenidas comerciales ocultaba la miseria a quien iba del centro a las villas. Edwin Chadwick, desde el otro extremo político, llegó a conclusiones sanitarias parecidas y su informe de 1842 impulsó las leyes de salud pública británicas.

De ahí sale la primera herramienta del urbanismo: la ordenanza. Anchura mínima de calle, altura máxima en función de esa anchura, patio obligatorio, retrete por vivienda, conexión a la red. Son reglas modestas y salvaron más vidas que casi cualquier plan posterior. Buena parte de la normativa actual desciende directamente de ellas.

Haussmann y la cirugía urbana

Entre 1853 y 1870, el barón Haussmann rehízo París por encargo de Napoleón III: abrió los grandes bulevares, construyó la red de alcantarillado, llevó el agua, creó parques y fijó una normativa de fachadas que dio a la ciudad su aspecto reconocible. La operación es el modelo fundacional del urbanismo autoritario: se decide arriba, se expropia, se demuele y se reconstruye.

Los resultados fueron reales. París pasó de ser una ciudad insalubre y epidémica a tener infraestructura moderna, y su trama sigue funcionando siglo y medio después. Los costes también: decenas de miles de familias pobres fueron desplazadas del centro a la periferia sin realojo, y la operación se financió con una revalorización del suelo que enriqueció a los propietarios y a los especuladores próximos al poder.

David Harvey analizó la operación en París, capital de la modernidad (2003) como el ejemplo canónico de lo que llama arreglo espacial: la inversión en el entorno construido como vía para absorber capital excedente. El modelo se exportó a Barcelona, Viena, Bruselas, Buenos Aires y Ciudad de México, y su influencia llega hasta las operaciones de renovación del siglo XX.

Las utopías: ciudad jardín, ciudad industrial, ciudad radiante

Ebenezer Howard publicó en 1898 la ciudad jardín: núcleos de unos treinta mil habitantes rodeados de cinturón verde agrícola, con industria propia, viviendas con jardín y, este es el punto que casi siempre se olvida, la propiedad del suelo en manos de la comunidad, de modo que la revalorización financiara los servicios. Letchworth y Welwyn se construyeron; la idea se copió en medio mundo quedándose con el jardín y tirando la propiedad común, que era lo más innovador.

Le Corbusier propuso lo contrario desde la misma insatisfacción: si el problema es la congestión, hay que separar los usos y construir en altura para liberar suelo. La Ville Radieuse y la Carta de Atenas de 1933 fijaron el programa funcionalista, con sus cuatro funciones separadas, habitar, trabajar, recrearse y circular, y su desprecio explícito por la calle corredor.

Ese programa, más que ninguna otra doctrina, define la ciudad que se construyó en Europa y América entre 1945 y 1975: bloques abiertos rodeados de espacio libre, separación estricta de usos, jerarquía viaria y coche en el centro del esquema. Se construyó deprisa, alojó a millones de personas que venían de infraviviendas, y una parte considerable envejeció mal, no tanto por su forma como por el abandono del mantenimiento y por concentrar pobreza.

1961: el año en que la calle contraatacó

Jane Jacobs publicó en 1961 Muerte y vida de las grandes ciudades, el libro que rompió el consenso. Su argumento no era estético sino empírico: los barrios que los planificadores consideraban caóticos y condenaban a demolición funcionaban mejor que los que construían para sustituirlos. Su explicación son los ojos en la calle, la vigilancia natural que producen usos mezclados, manzanas cortas, edificios de distintas edades y densidad suficiente.

Jacobs no era académica, y eso fue parte de su fuerza: escribía desde la observación directa de Hudson Street y desde la lucha contra los planes de Robert Moses para atravesar el Village con una autopista. Robert Caro contó la otra mitad de esa historia en The Power Broker (1974), la anatomía del poder no electo que rehízo Nueva York.

La crítica llegó desde varios lados a la vez. Christopher Alexander demostró en 1965 que la ciudad no es un árbol, es decir, que las jerarquías limpias que dibujan los planificadores no se corresponden con cómo se usa realmente una ciudad. Kevin Lynch había mostrado en 1960 que la gente navega la ciudad con mapas mentales hechos de sendas, bordes, barrios, nodos e hitos. Y Jan Gehl empezó a medir sistemáticamente qué hace la gente en el espacio público, no qué debería hacer.

Del plan al proceso: participación, crítica y mercado

Los años sesenta y setenta cuestionaron quién planifica. Sherry Arnstein publicó en 1969 su escalera de la participación, que distingue entre informar, consultar y ceder poder de verdad. Paul Davidoff propuso el urbanismo abogado, en el que el técnico trabaja para la comunidad afectada y no para la administración. John Turner defendió, a partir de las barriadas peruanas, que la gente construye mejor su vivienda que el Estado si se le dan suelo, seguridad jurídica y servicios.

Al mismo tiempo, la crítica marxista cambió la pregunta. Henri Lefebvre publicó El derecho a la ciudad (1968) y sostuvo que el espacio no es un escenario neutral sino un producto social. Manuel Castells discutió en La cuestión urbana (1972) la existencia misma de lo urbano como objeto, y David Harvey mostró en Urbanismo y desigualdad social (1973) que la localización redistribuye renta real de manera silenciosa.

La respuesta política de los años ochenta fue en dirección contraria: menos plan y más mercado. Las operaciones emblemáticas, los Docklands de Londres, el puerto de Baltimore, la Barcelona olímpica, se hicieron con sociedades mixtas, suelo público y grandes proyectos de imagen. Es el urbanismo de la ciudad empresa que David Harvey describió en 1989, y que produjo regeneraciones espectaculares y desplazamientos igual de notables.

Qué se ha ido acumulando desde entonces

El nuevo urbanismo, desde 1993, recuperó la calle, la manzana y la mezcla de usos como programa, con Peter Calthorpe formulando el desarrollo orientado al transporte y Andrés Duany y Elizabeth Plater-Zyberk redactando códigos de forma. Su crítica más certera es que muchos de sus desarrollos son suburbios caros con aspecto de pueblo, sin la diversidad social que decían buscar.

El urbanismo táctico invirtió la escala: intervenciones baratas y reversibles, pintura, jardineras, bolardos y sillas, para probar un cambio antes de gastar en obra. Funciona muy bien como prueba y muy mal como sustituto permanente de la inversión.

Y el eje que ordena hoy casi todo lo demás es el climático: la ciudad de los quince minutos de Carlos Moreno, las supermanzanas de Salvador Rueda, el drenaje sostenible, la infraestructura verde y la rehabilitación energética del parque existente. Es significativo que, después de siglo y medio, el argumento vuelva a ser el de 1845: la forma de la ciudad determina la salud de quien la habita.

Qué queda de cada corriente en el plan de tu ciudad

Casi todo sigue ahí, superpuesto. De la ordenanza higienista vienen las alturas, los patios, la ventilación y las distancias. De Haussmann, la expropiación por utilidad pública y las grandes operaciones de apertura. De la ciudad jardín, el cinturón verde, las ciudades nuevas británicas y, mal entendida, la urbanización de chalets. Del funcionalismo, la zonificación por usos, la jerarquía viaria y los estándares de dotaciones por habitante.

De Jacobs y sus contemporáneos vienen la protección del tejido existente, la mezcla de usos y la desconfianza hacia la demolición. De los años sesenta, los trámites de información pública y los procesos participativos. De los ochenta, los convenios urbanísticos y las sociedades público-privadas. Y de la última década, las ordenanzas de eficiencia energética y los planes de adaptación climática.

La utilidad de conocer esta historia es práctica: cuando una norma parezca absurda, casi siempre resuelve un problema real de otra época. Saber cuál era ese problema permite decidir con criterio si sigue existiendo, y ese es exactamente el punto en el que James Scott advirtió lo contrario: que el mayor daño no lo hacen las reglas viejas, sino la certeza de que esta vez sí sabemos cómo debe vivir la gente.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo nació el urbanismo moderno?
A mediados del siglo XIX, como respuesta sanitaria a la ciudad industrial. El informe Chadwick de 1842 en Gran Bretaña y el libro de Engels de 1845 sobre Manchester documentaron la mortalidad de los barrios obreros y dieron origen a las primeras ordenanzas de higiene urbana.
¿Qué fue la Carta de Atenas?
El documento funcionalista de 1933 impulsado por Le Corbusier que fijó la separación estricta de cuatro funciones urbanas: habitar, trabajar, recrearse y circular. Definió el urbanismo occidental entre 1945 y 1975 y es el origen de la zonificación por usos.
¿Por qué es tan importante Jane Jacobs?
Porque demostró en 1961, observando su propia calle, que los barrios que los planificadores querían demoler funcionaban mejor que sus sustitutos. Su concepto de ojos en la calle explica la seguridad por la presencia de gente, no por la vigilancia policial.
¿Qué propuso realmente la ciudad jardín?
Núcleos de unos treinta mil habitantes con cinturón verde, industria propia y, sobre todo, propiedad comunitaria del suelo para que la revalorización financiara los servicios. Esa última parte, la más innovadora, es la que casi nunca se copió.
¿Sigue vigente el urbanismo funcionalista?
En buena medida sí, aunque nadie lo defienda ya. La zonificación por usos, la jerarquía de calles y los estándares de dotaciones por habitante que usan los planes generales proceden directamente de él, y siguen condicionando lo que es legal construir.

Vídeos de esta guía (20)

Ver el canal