El espacio público es el suelo de la ciudad que no pertenece a nadie en particular y por eso pertenece a todos: calles, plazas, parques, paseos, mercados, escalinatas y orillas. Es donde la ciudad se hace visible a sí misma, donde se cruzan los que no se conocen, donde se protesta, se juega, se vende y se espera. Y es también el espacio más disputado: cada metro de calle que va al coche, a la terraza de pago o a la valla de un centro comercial deja de estar disponible para lo demás.
Esta guía reúne lo que la investigación y la experiencia de las ciudades saben sobre el espacio público: qué hace que una plaza funcione y otra se vacíe, según William Whyte, Jan Gehl y Jane Jacobs; cómo se privatiza sin que se note; qué es el diseño hostil; por qué el espacio público no es igual para mujeres, niños, mayores y personas con discapacidad; qué aportan el urbanismo táctico y las supermanzanas, y qué lecciones dejaron Copenhague, Nueva York, Barcelona, Medellín o Bogotá. Al final enlaza los vídeos del canal sobre espacio público, vida en la calle, psicología urbana y accesibilidad.
Qué es el espacio público y por qué importa
En sentido estricto, el espacio público es el suelo de titularidad pública y acceso libre: la calle, la plaza, el parque. En sentido amplio, es todo lugar donde cualquiera puede estar sin pagar ni pedir permiso, y por eso la discusión incluye también los vestíbulos, los centros comerciales, las estaciones o las plazas de propiedad privada y uso público. Lo que define al espacio público no es el título de propiedad sino tres condiciones: que sea accesible a todos, que permita usos no programados y que en él se pueda ver y ser visto por desconocidos.
Importa por razones que van más allá del ocio. Jane Jacobs mostró en 1961 que la seguridad de una calle no la dan la policía ni las cámaras sino los ojos en la calle, la vigilancia natural de vecinos, tenderos y paseantes que solo existe donde hay razones para estar. Richard Sennett describió la ciudad como el lugar donde aprendemos a convivir con quien no se nos parece, y esa educación solo ocurre en espacios compartidos. Y la salud pública ha medido que quien vive cerca de parques y calles caminables camina más, pesa menos y sufre menos depresión.
El espacio público es además el escenario de la política: de la plaza griega a la Puerta del Sol de 2011, de la plaza Tahrir a las manifestaciones de cada sábado, la democracia necesita un lugar donde reunirse que nadie pueda cerrar. Don Mitchell lo resumió en El derecho a la ciudad (2003): el espacio público no existe de antemano, se conquista cada vez que un grupo lo usa para hacerse visible, y se pierde cada vez que se cierra con la excusa del orden, la limpieza o la seguridad.
Qué hace que una plaza funcione: Whyte, Gehl y Jacobs
William H. Whyte pasó los años setenta filmando plazas de Nueva York a cámara lenta para saber por qué unas se llenaban y otras, a pocos metros, se quedaban vacías. Sus conclusiones, publicadas en La vida social de los pequeños espacios urbanos (1980), siguen siendo el manual: la gente se sienta donde hay sitio para sentarse, y lo que más falta son asientos; los mejores lugares tienen sol en invierno y sombra en verano, árboles, agua que se pueda tocar y comida cerca; la esquina de la plaza con la calle es su parte más viva, porque la gente se queda en el borde del flujo, no lejos de él; y lo que atrae a la gente es, sobre todo, otra gente.
Whyte descubrió además la triangulación: un músico, una escultura o un puesto de comida hacen que dos desconocidos se hablen, y esos estímulos convierten un espacio en un lugar. Sus hallazgos cambiaron la ordenanza de Nueva York en 1975, que desde entonces exige a las plazas privadas de uso público asientos, árboles y acceso desde la acera. Jan Gehl llegó a lo mismo desde Copenhague con La vida entre los edificios (1971): distinguió las actividades necesarias, ir al trabajo, de las opcionales, pasear o sentarse, y de las sociales, que nacen de las dos anteriores, y mostró que solo en un buen espacio las opcionales y las sociales crecen.
De Jacobs viene el resto: la calle necesita usos mezclados para tener gente a distintas horas, manzanas cortas para que haya esquinas y cruces, edificios de distintas épocas para que haya alquileres baratos y densidad para que todo lo anterior tenga clientes. Las tres lecciones coinciden en un método: mirar y contar antes de diseñar. Gehl lo convirtió en oficio, los public life studies que hoy encargan ciudades de todo el mundo, y en una regla: primero la vida, luego el espacio, luego los edificios.
La privatización del espacio público
El espacio público se privatiza de varias formas, y casi ninguna consiste en vender una plaza. La más visible es el centro comercial, que reproduce la calle bajo techo con guardias, horarios y derecho de admisión, y que Michael Sorkin describió en Variations on a Theme Park (1992) como la ciudad convertida en parque temático. La más silenciosa es la plaza privada de uso público, los POPS: en Nueva York hay más de quinientas, obtenidas a cambio de metros edificables extra, y Jerold Kayden comprobó en 2000 que la mitad no cumplía las condiciones de acceso y asiento que la ciudad les exigió.
Anna Minton documentó en Ground Control (2009) el modelo británico: centros enteros, como Liverpool One o Canary Wharf, con calles que parecen públicas pero tienen dueño, reglamento y seguridad privada que puede expulsar a quien fotografíe, se manifieste o simplemente no consuma. Los distritos de mejora empresarial, BID, financiados por los comerciantes, extienden ese control a calles que sí son públicas. Y la terraza de bar, que en las ciudades españolas ocupa ya buena parte de las plazas, es la privatización más cotidiana: espacio público alquilado por metros a quien puede pagarlo.
El problema no es la propiedad sino la exclusión. Un mercado o una terraza dan vida a una plaza; el problema empieza cuando el uso comercial deja sin sitio al que no compra, cuando el reglamento prohíbe lo que la ley permite y cuando el diseño decide quién es bienvenido. La respuesta de las ciudades ha sido regular: Nueva York obliga desde 2017 a señalizar cada POPS con sus horarios y derechos; Londres discute un código para los espacios privados de uso público, y muchas ciudades españolas limitan la superficie de terrazas.
Diseño hostil: cuando la ciudad decide quién sobra
El diseño hostil o arquitectura defensiva es el conjunto de dispositivos que impiden usos no deseados del espacio público sin prohibirlos: bancos con reposabrazos en medio para que nadie se tumbe, pinchos en los alféizares, bolardos bajo los puentes, aspersores nocturnos, luz azul en los baños para que no se vean las venas, sonidos agudos que solo oyen los jóvenes. El banco Camden, instalado en Londres en 2012, es el ejemplo de manual: una pieza de hormigón en la que no se puede dormir, patinar, pintar ni dejar nada.
Su objetivo declarado es la seguridad y la limpieza; su efecto es expulsar a las personas sin hogar, a los adolescentes y a cualquiera que quiera quedarse más de lo previsto. Los pinchos antimendigos de un portal de Londres provocaron en 2014 una protesta que obligó a retirarlos, y desde entonces colectivos y periodistas los catalogan en decenas de ciudades. Lo que revelan es una idea del espacio público como lugar de paso, no de estancia, y una decisión política disfrazada de mobiliario.
La alternativa no es dejar de diseñar sino diseñar para todos los usos legítimos: bancos donde uno pueda tumbarse, fuentes, baños públicos, sombra, y servicios sociales para quien vive en la calle en lugar de mobiliario que lo mueva a la esquina siguiente. Las ciudades que han retirado el diseño hostil, como algunas de Francia tras las campañas de 2020, no han visto crecer el desorden: han visto volver a la gente.
Un espacio público para todos: género, infancia, edad y accesibilidad
El espacio público se ha diseñado durante un siglo desde la experiencia de un adulto varón, sano, con coche y sin cargas de cuidado. Para todos los demás funciona peor. Las mujeres hacen más viajes cortos y encadenados, a pie y en transporte público, cargando compras y niños, y evitan a ciertas horas las calles mal iluminadas, los pasos subterráneos y los parques sin salidas. Viena aplicó desde los años noventa, con Eva Kail, la perspectiva de género a la planificación: aceras más anchas, iluminación, escaleras con rampas, parques con zonas para chicas adolescentes, y el colectivo barcelonés Punt 6 ha convertido esa mirada en método de auditoría.
Los niños han desaparecido de la calle en dos generaciones. Francesco Tonucci lo midió en Italia y propuso desde 1991 en Fano la ciudad de los niños: que un niño de seis años pueda ir solo a la escuela es la mejor prueba de que una ciudad funciona, y los caminos escolares de Pontevedra o Barcelona, las calles escolares cerradas al tráfico a las horas de entrada y salida y las plazas con juego libre y no solo con columpios vallados van en esa dirección. Las personas mayores necesitan lo mismo con otro nombre: bancos cada cien metros, baños, sombra, tiempo suficiente en los semáforos y aceras sin obstáculos.
La accesibilidad universal es la condición de todo lo anterior. La ley estadounidense de 1990 que obligó a rebajar los bordillos produjo el efecto bordillo: los rebajes pensados para las sillas de ruedas los usan los carritos, las maletas, las bicicletas y los repartidores. Lo que es accesible para una persona con discapacidad es más cómodo para todos, y la medida de un buen espacio público es la persona que peor lo tiene: si ella puede usarlo, todos pueden.
Urbanismo táctico, supermanzanas y placemaking
El urbanismo táctico es la transformación rápida, barata y reversible del espacio público para probar antes de construir: pintura, macetas, bancos y bolardos en lugar de obra. Su origen está en acciones ciudadanas como el Park(ing) Day de San Francisco en 2005, cuando un colectivo alquiló una plaza de aparcamiento y puso césped y un banco, y su consagración en Nueva York en 2009, cuando Janette Sadik-Khan cerró Times Square al tráfico con pintura y sillas de playa como prueba de seis meses. Los peatones aumentaron, los accidentes bajaron y el cierre se hizo permanente. Mike Lydon y Anthony Garcia lo sistematizaron en Tactical Urbanism (2015).
Las supermanzanas de Barcelona son la versión estructural: agrupar nueve manzanas del Eixample, sacar el tráfico de paso al perímetro y convertir las calles interiores en espacio de estancia con velocidad limitada, juego y vegetación. La primera, en Poblenou en 2016, empezó con pintura y bancos, es decir, con urbanismo táctico, y las de Sant Antoni y las de los ejes verdes se han hecho ya con obra. Los estudios de la Agencia de Salud Pública de Barcelona estiman que el plan completo evitaría cientos de muertes prematuras al año por contaminación, ruido y calor.
El placemaking, promovido por Project for Public Spaces, la organización que nació del trabajo de Whyte, es el método participativo: preguntar a quienes usan un lugar qué le falta y añadirlo poco a poco, con la regla de que un buen lugar tiene diez cosas que hacer. Sus críticos advierten de que el placemaking sin política puede convertirse en decoración, y de que un espacio público mejorado sube los precios alrededor: el High Line de Nueva York, inaugurado en 2009, es el ejemplo de un parque espléndido que aceleró la gentrificación de su entorno.
Casos: Copenhague, Nueva York, Medellín, Madrid Río y Seúl
Copenhague peatonalizó la calle Strøget en 1962 entre protestas de los comerciantes que anunciaban su ruina; hoy es el centro de una red de calles y plazas para personas que Gehl midió durante cuarenta años, y esa medición, repetida cada década, es lo que permitió a la ciudad ir más lejos cada vez. Nueva York cerró Times Square y Herald Square en 2009, construyó más de setenta plazas en calzadas sobrantes con el programa NYC Plaza y aprendió que la prueba con pintura vence a la oposición mejor que cualquier plano.
Medellín hizo del espacio público la herramienta central de su urbanismo social: los parques biblioteca en las laderas más pobres, el Metrocable que llegó en 2004 a barrios donde no había subido nunca el Estado y las escaleras mecánicas de la Comuna 13 en 2011 devolvieron a la ciudad lugares que el conflicto había cerrado. Madrid enterró en 2011 la autopista M-30 a su paso por el Manzanares y construyó encima Madrid Río, diez kilómetros de parque que unieron barrios separados durante cuarenta años. Seúl demolió en 2003 la autopista elevada de Cheonggyecheon y recuperó el río que corría debajo.
Bogotá mantiene desde 1974 la Ciclovía dominical, que cierra al coche más de cien kilómetros de calles y saca a la calle a más de un millón de personas cada domingo; es la política de espacio público más copiada de América Latina. Y Pontevedra, en Galicia, mostró que una ciudad pequeña puede devolver al peatón todo su centro. En todos los casos la secuencia fue la misma: una decisión política, una prueba visible, resistencia, y después la evidencia de que la gente vuelve.
Preguntas frecuentes
- ¿Qué es el espacio público?
- El suelo de la ciudad de acceso libre para todos, calles, plazas, parques y paseos, y por extensión cualquier lugar donde se pueda estar sin pagar ni pedir permiso. Lo definen tres condiciones: acceso para todos, usos no programados y la posibilidad de ver y ser visto por desconocidos.
- ¿Qué hace que una plaza funcione?
- Según William Whyte y Jan Gehl: sitio para sentarse, sol en invierno y sombra en verano, árboles, agua, comida cerca, bordes vivos en contacto con la calle y, sobre todo, otra gente. Los espacios se llenan cuando invitan a quedarse y no solo a pasar.
- ¿Qué es el diseño hostil?
- El mobiliario y los dispositivos que impiden usos no deseados sin prohibirlos: bancos con reposabrazos para que nadie se tumbe, pinchos, bolardos bajo los puentes o aspersores. Expulsan a personas sin hogar y adolescentes y convierten el espacio público en lugar de paso en vez de estancia.
- ¿Qué es el urbanismo táctico?
- La transformación rápida, barata y reversible del espacio público con pintura, macetas y bancos para probar antes de construir. Times Square se cerró al tráfico así en 2009 y la primera supermanzana de Barcelona, en Poblenou en 2016, empezó del mismo modo.
- ¿Por qué el espacio público no es igual para todos?
- Porque se ha diseñado desde la experiencia de un adulto varón con coche y sin cargas de cuidado. Mujeres, niños, mayores y personas con discapacidad necesitan iluminación, bancos, sombra, aceras sin obstáculos y calles seguras, y la medida de un buen espacio es que lo pueda usar quien peor lo tiene.